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Cómo los comunistas de Cuba se aferran al poder

Redacción República
18 de julio, 2021

Una mezcla de represión despiadada y oportunismo astuto hace que el régimen de Cuba sea resistente.

Cuando estallaron las protestas en Cuba el fin de semana pasado, el país enfrentó su prueba más severa desde la caída de la Unión Soviética. Pero el sistema que fundó Fidel Castro es resistente y los responsables están decididos.

Las autoridades, sorprendidas inicialmente por las protestas, respondieron rápida y enérgicamente. Cortaron el servicio de Internet y complementaron a las fuerzas policiales con grupos violentos de partidarios del régimen para detener las protestas que se extendían rápidamente.

Cuba y su caída

Muchos observadores esperaban que el régimen se desintegrara en la década de 1990. Cuando el colapso soviético dejó a la isla políticamente aislada y aislada de los subsidios que habían mantenido a flote su economía en apuros.

La escasez generalizada de alimentos y energía marcó lo que Castro llamó el “período especial”. Pero una mezcla de represión despiadada y oportunismo astuto mantuvo al Partido Comunista en el poder.

Castro encontró nuevas fuentes de ingresos para reemplazar a la Unión Soviética. El turismo trajo divisas de europeos y canadienses que buscaban sol y sexo. La Venezuela de Hugo Chávez proporcionó energía a cambio de asistencia política y militar cubana.

La Habana alquiló a su personal médico en el extranjero, pagando directamente al gobierno por sus servicios y proporcionando a los trabajadores sanitarios reclutados sólo una miseria. Por otra parte, Castro utilizó cínicamente como arma los lazos familiares entre los cubanoamericanos y sus parientes en la isla.

Permitir que los cubanoamericanos visitaran la isla y enviar dinero a sus familiares que sufren, trajo dólares desesperadamente necesarios a Cuba. Y el gobierno estableció una red de tiendas, solo en dólares, que venden productos escasos a precios altos para capturar estos ingresos para sí mismo.

Castro siempre miró con recelo las fuerzas del mercado y, a pesar de los consejos de Pekín, optó por no seguir el modelo chino o vietnamita. Sin embargo, introdujo reformas de mercado cuidadosamente limitadas cuando los tiempos eran difíciles y las hizo retroceder cuando las condiciones mejoraron.

También manipuló el flujo de recursos para reforzar el régimen. La Habana no permitiría un sector empresarial independiente en la isla y los inversionistas extranjeros fueron monitoreados cuidadosamente.

No se permitió a ningún inversionista, ya sea corporativo o individual, acumular suficientes activos para representar algún tipo de amenaza política para la estructura de poder.

Raúl Castro, al frente de las fuerzas armadas, aseguró que los oficiales leales fueran los principales beneficiarios de la floreciente industria turística. Que el ejército, el estado o el Partido Comunista fueran el socio privilegiado en las empresas mixtas con inversionistas extranjeros.

Este sistema no hizo que la isla prosperara, pero mantuvo a los hermanos Castro en control. Respaldado por el ejército, el Partido Comunista, que mantiene una red nacional de fisgones y ejecutores que protegen el régimen. El régimen garantiza que sus partidarios tengan acceso prioritario a los recursos disponibles.

La relación con Estados Unidos

Nadie debería pensar que el gobierno cubano quiere una relación comercial normal con Estados Unidos. El embargo estadounidense, que permite el comercio de alimentos y suministros médicos, es una excusa conveniente y una importante herramienta política para La Habana.

Es una racionalización universal para 60 años de fracaso económico (aunque el ejemplo de la vecina Venezuela demuestra que el socialismo puede producir pobreza y miseria masivas, incluso sin un embargo estadounidense).

También evita la mayor pesadilla de los leales al régimen: una oleada de inversiones cubanoamericanas que regenera la economía cubana. Y pone fin al monopolio de los recursos que mantiene al gobierno en el poder.

La pregunta para La Habana es si este sistema chirriante todavía puede entregar bienes a los partidarios acérrimos de quienes dependen los herederos de Castro.

¿Están los soplones y matones que forman la columna vertebral del poder comunista dispuestos a enfrentarse a la oposición durante el tiempo que sea necesario?

Hasta el momento, han respondido al llamado del presidente, Miguel Díaz-Canel. Que “todos los revolucionarios del país, todos los comunistas, tomen las calles”. ¿Perseverarán? Sin ingresos por turismo, ¿qué tan felices están los militares? Y, en el último extremo, ¿es lo suficientemente leal como para derribar a los manifestantes en las calles?

Las respuestas a estas preguntas determinarán, por ahora, el curso de los acontecimientos en Cuba.

A más largo plazo, la pregunta es si el parásito puede encontrar nuevos anfitriones: ¿Puede el gobierno cubano monetizar la hostilidad china y rusa hacia Estados Unidos para proporcionar una nueva fuente de ingresos a largo plazo?

Si bien Díaz-Canel culpa a Estados Unidos de los disturbios actuales, la administración de Biden no agradecería la inestabilidad en la isla. En 1980, Castro respondió a los disturbios permitiendo que unos 125.000 cubanos huyeran a Estados Unidos, lo que generó un gran dolor de cabeza político para Jimmy Carter. Influenciada, sin duda, por los sentimientos anticomunistas del presidente de Relaciones Exteriores del Senado, Bob Menéndez, así como por el poder de Florida en el Colegio Electoral, la administración Biden ha dejado vigentes las sanciones de la era Trump contra Cuba.

Sin embargo, a menos que los eventos en la isla se salgan rápidamente de control, es más probable que Washington se tape la nariz y se adapte al statu quo cubano que presiona con fuerza para lograr un cambio político.

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