Consideraciones sobre una serie de sucesos peligrosos

La cruda realidad es que en Guatemala no hay un Estado de Derecho. No hay un “Imperio de la Ley” ni hay una Constitución realmente fuerte en principios y normas que garantice que yo me sienta tan protegido ante el ladrón de cuchillo en la calle como ante el ladrón de corbata en el Congreso.

La potestad Legislativa es, sin duda, una necesidad para la República, pero cuando el sistema de representatividad y democracia es tan débil como ha resultado ser en nuestro pedacito de tierra, cualquier cosa puede ser Ley. Dos ejemplos: una serie de reformas al Código Penal que garanticen la inmunidad de quienes están siendo investigados, por un lado, y -otro menos conocido- serie de reformas al Código de Trabajo que se derogue a sí mismo al final de los artículos. Sí, ambos tan aterradores como reales. Fueron aprobados por el mismo Congreso en menos de seis meses.

Claro que sería un error monumental no individualizar la culpa: los responsables de tales atrocidades (y de tantas otras que hemos sufrido) no son más que quienes votaron a su favor, contados uno por uno. Digo, porque hay diputados que de verdad demuestran voluntad política.

Y es que aquí viene el problema: el resto, o sea, los que no demuestran voluntad política para mejorar, no nos representan. Entonces resulta inminente la renovación del sistema electoral actual, en el que la forma de elegir sea señalar con el dedo al individuo que queremos que nos gobierne, y no caminar en un cuarto oscuro y que cualquier opción sea tan mala como la anterior, que no es otra cosa que el sistema actual de escaños.

Pero el sistema electoral es solo un paso. Lo que cada diputado (o político) proponga, es harina de otro costal.

Y tan imperativo resulta cambiar el sistema electoral como la mentalidad de quienes la exigimos.

Veámoslo así: de nada sirve ser un país independiente desde hace 196 años si como individuos no somos tampoco independientes. Esa codependencia, ese paternalismo, son precisamente las puertas abiertas a la corrupción. No puede ser de otra forma, si el sistema jurídico de Guatemala es un constante crecer del Gobierno, como una nube negra que cubre todo y que puede estallar en cualquier instante.

Mientras más gobierno tenemos, más propenso es este a corromperse. Y así, no hay Estado de Derecho que exigir.

Por eso, más que una protesta, esta es una propuesta: forcemos la eliminación de leyes malas, de legisladores malos. Exijamos la renovación de leyes que deben ser reformadas, y reformemos la idea actual de ciudadano que tenemos (destrozar todo lo que encontremos, gritar más fuerte que el otro). El país que queremos se construye, no se destruye. Y hoy, nuestras actitudes y leyes nos destruyen.

Hannah Arendt dijo: “El mal no es nunca radical, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie.” ¿Suena similar a algo?

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo