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Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

Rehenes de alto calibre

El comisario dejo hasta de parpadear. Varias gotas de sudor descendieron tímidamente de su rostro para anclarse en el cuello de la camisa de su uniforme. Los dos hombres que lo amenazaban a él apretaban los cañones de sus armas contra los muchachos que además de permanecer golpeados por el impacto de los autos, se encontraban a punto de entrar en shock.

Enio había corrido debajo del paso a desnivel del trébol de San Lázaro para salir atrás de los atacantes. Una de sus piernas había sido rozada por una de las balas. Sangraba un poco, pero su ímpetu podía más que la hemoglobina.

Wenceslao optó por bajar el arma y subir ambas manos.

—Suelten a esos patojos. No tienen nada que ver. Solo ustedes y yo.

—Hacete sho, coche hijodeputa. Llamá para que los refuerzos no vengan —graznó la voz del hombre que evidentemente era el líder del grupo. Su ovalado rostro lo delataba furioso. Era corto de estatura, pero su porte regordete lo hacía parecer más alto de lo que en verdad era.

El otro hombre, delgado, con la cabeza rapada, volteaba a ver a su compañero, como esperando cualquier orden. Se notaba nervioso, hasta parecía que no se sentía cómodo apretando el cañón de su arma contra la cabeza del otro muchacho que lloraba en silencio de la cólera e impotencia.

Algunos curiosos habían detenido sus autos cerca. Aunque Wenceslao había pedido con sus manos que continuaran. Cada vez se amontonaban en las cercanías. Los Próceres, el bulevar Vista Hermosa y la carretera a El Salvador permanecían congestionadas. Aunque había cierta tensa calma, parecía que todo explotaría en cualquier momento.

El origen de Chanan, y el CAPÍTULO 2

Wenceslao sabía que estaba en desventaja y en ese momento todavía más, pues su arma permanecía en el suelo. Aunque cargaba una .22 en la espalda, no era suficiente para enfrentarlos, ya que lo superaban en número y en calibre.

Tomo su radio y ordenó que no se acercaran agentes al punto, pues los dos chicos podrían ser asesinados por los malhechores.

Antes de soltar su radio, el comisario escuchó la voz chillona del ministro de seguridad quien le suplicaba que salvara a los muchachos a toda costa: —Son los hijos del embajador de Suecia, comisario. Haga lo que sea…

Para el comisario salvar la vida de un rehén no tenía nacionalidad, ni género, ni mucho menos etnia. Se trataba de cumplir con su trabajo a toda costa.

—No tengo la menor idea de quiénes son ustedes. Nos interesaba contactarlos para saber su relación con la familia Figueroa. Las circunstancias nos tienen acá. Suelten a los muchachos que nada tienen que ver. Les repito. Suéltenlos y conversemos nosotros. En todo caso, me ofrezco para que cambiemos.

Unos zumbidos pasaron muy cerca del comisario en respuesta a su solicitud. Los adolescentes suecos se quejaron por la presión de las armas en sus cabezas.

Enio había dado toda la vuelta y se encontraba de espaldas a los delincuentes. Sin embargo, estaba consciente que si realizaba un disparo, el que se escondía dentro de la cabina dispararía contra Wenceslao y el otro, contra el adolescente.

Qué situación más fregada, se lamentó el detective. Nunca habían atravesado por una situación como esa. Recordó el caso de la cerveza azul y el bar el Unicornio. Hubo una situación de intercambio de balazos.

Ahora se encontraban a pocos metros de la muerte.

La multitud no ayudaba, pues los gritos y las bocinas tensaban más el ambiente.

Enio se rascaba la cabeza con insistencia. Guardaba y sacaba el arma, sin tomar una decisión definitiva. Su puntería era insuperable. Siempre ganó concursos de tiro y hasta estuvo a punto de formar parte de la selección nacional, pero se decidió por la carrera policial para la protección de los ciudadanos.

De pronto sintió la presión de una mano en su hombro. Antes de empuñar el arma, una mano se la detuvo. Cuando Enio volteó a ver de quién se trataba. Su corazón se aceleró al máximo. Casi contuvo la respiración. Sin embargo, el alma le volvió al cuerpo tras observar el rostro de Fabio, quien tras poner un dedo en su boca le entregó un rifle y le guiñó el ojo.

¿Cómo saldrá el comisario ileso de esta toma de rehenes?

No se pierda el siguiente capítulo.

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Estas son las Crónicas policiales del Comisario W.P. Chanan. Comenzamos con Si Dios me quita la vida. El autor es Francisco Alejandro Méndez. República la publicará domingo a domingo. Para más información consultá el correo [email protected] o en Twitter: @elgranfascinado

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