Hace unos días, el periodista de origen español Ignacio Laclériga publicó un reportaje sobre Cementos Progreso en el periódico digital Nómada (en dos artículos consecutivos).

En esencia, Laclériga critica el monopolio ejercido por la compañía cementera, monopolio que se ve reforzado por las inversiones (y deudas) gubernamentales en infraestructuras que, necesariamente, han de hacer uso de los materiales de Cementos Progreso.

No comparto muchos de los argumentos que Laclériga utiliza para explicar el hoy de Cementos Progreso. Es cierto que la familia fundadora, los Klée Novella, tienen unos antepasados de singular historia. Sin embargo, no pienso que yo (o cualquiera) haya de ser responsable, ni pagador de los pecados de mis abuelos. Es más, que mis abuelos hayan tenido éxito por el medio que fuera, no implica que yo vaya a tenerlo. He de volver a conseguirlo.

De igual forma, la explicación que Laclériga da sobre los eventos ocurridos hace meses en San Juan Sacatepéquez cae en el mismo partidismo que las visiones contrarias que el propio Laclériga denuncia (con razón).

Pero lo más curioso de esta polémica, es que los críticos con Ignacio, no entraban en detalles epistemológicos sobre cómo utilizar la historia en un reportaje periodístico o qué sabemos realmente sobre San Juan Sacatepéquez.

Ni siquiera, se ha entrado al corazón de la denuncia, más que pertinente, de las prácticas monopolísticas de Cementos Progreso avaladas por el gobierno de turno. Los golpes a Laclériga han venido por su origen español, por aquello de cómo un extranjero puede atreverse a denunciar lo que no conoce, un extranjero que posiblemente estará financiado por esas ONGs que sólo buscan desestabilizar, un extranjero que, además, ataca a una de las fuentes de empleo más saludables de Guatemala.

Obviamente, los que hablan así no conocen a Ignacio Laclériga. Ignacio llegó hace dieciséis años a Guatemala (yo contribuí a que viniera) para quedarse y crecer profesionalmente aquí. Se ha financiado a través de su trabajo, para instituciones públicas, pero sobre todo privadas, empezando por su propia empresa, y la crítica a Cementos Progreso tiene una razón inequívoca: es monopolístico. Aspirar a acabar con los monopolios es una de las grandes metas que nos ponemos los liberales: permitir la competencia, mejorar la calidad, reducir los precios y, a la larga, aumentar los puestos de trabajo al crecer la demanda gracias a contar con un producto más asequible.

Insisto, puedo no estar de acuerdo con una parte del análisis de Laclériga, pero sí con su denuncia clave, el monopolio. Y, sobre todo, rechazo a aquellos que sin entender la denuncia, se limitan a la crítica simplona por un supuesto componente ideológico, pero, sobre todo, por enfundarse en la bandera patria que no es más que una forma de demostrar su arrogante ignorancia.