La libertad es uno de los tesoros más importantes de cada ser humano y de la humanidad en general. No es algo que no sea posible perder, que se nazca con ella, que se tenga toda la vida y de forma constante, tampoco que sea inherente al ser humano. Por la libertad se han librado enormes batallas en la humanidad, como revoluciones, guerras de independencia, etc. En el plano del individuo se libran grandes batallas: la esposa de la sumisión esclavizante, el esposo de las presiones de la esposa, controles, celos; los hijos por darle sentido a su vida, a su propósito, sus sueños y anhelos; el empleado en su trabajo; el hombre en la sociedad… los amantes… (en el mejor sentido).

Ha habido momentos en la historia que no he querido vivir. En las películas o en los libros se glorifica y se idealiza los tiempos de reyes y noblezas como bellos, tiempos de riqueza, de privilegios, romance, etc. sin recordar que en el mismo momento había millones de personas que no tenían, no privilegios, sino falta de derechos fundamentales.

El 31 de diciembre de 1517, hace 499 años, el Maestro y sacerdote, Pastor, y doctor Martín Lutero clavó 95 tesis en la puerta de la catedral del Palacio de Wittenberg, puerta que servía como tablero de comunicación en esos tiempos. No pretendía una revolución, menos que fuera violenta, sino una Reforma de la forma en que varios temas eran tratados dentro de la Iglesia Católica Romana (recordándonos que ya existía la Iglesia Ortodoxa en Oriente). Su propósito era entablar un diálogo sobre algunas prácticas de la Iglesia, que en ese momento, además de representar el monopolio de la religión, y de la escasa interpretación bíblica, autoridad política por su fuerza y su unión con los poderes locales e imperiales.

El reto propuesto consistía entre otras cosas el acceso de las Escrituras, la Biblia, para todos los cristianos y todos los hombres en su idioma natal; el colocar la Escritura como autoridad por encima de los antojos, las interpretaciones, los vicios, los caprichos de las autoridades; el aseverar la libertad del individuo para pensar, creer, opinar y disentir sobre lo impuesto por sus autoridades; el aseverar la igualdad de todas las personas, como iguales entre ellas y ante Dios; el respeto a la vida de todos, de su libertad e inclusive de su propiedad, al advertir de los abusos en el cobro de indulgencias; y la separación del Estado, del gobierno, de la fe de sus autoridades.

En la vida de fe, cristiana o religiosa, la herencia es inmensa, y rebasa no solo la fe Protestante o Evangélica, sino en algún momento hizo reflexionar a la Iglesia Católica sobre sus enseñanzas y el acceso de las personas a su fe.

Pero el aporte que quiero resaltar es el de la Libertad de Conciencia, el de poder disentir del emperador, no con temeridad, sino con valentía y convicción que viene del estudio y de la conciencia que nos dicta y separa lo bueno de lo malo, y la elección que cada uno considera como de bienestar. Además del disenso, y búsqueda de la verdad frente a autoridades eclesiales, y la capacidad de hacerlo sin poner en peligro la vida, la libertad o la propiedad, de hacerse igual ante Dios y no esa separación que hace a unos más cercanos, más privilegiados, favoritos delante de Dios. La igualdad de todas las personas y el aporte de la valía de cada individuo, su respeto a la vida. El colocar la Escritura, como en la sociedad las leyes, por encima de los caprichos de los gobernantes, y que ellos estén sujetos a las mismas.

La Reforma Protestante inició con un simple disenso, con una simple intención de diálogo, de intento de debate, de llegar a acuerdos, de la búsqueda de la verdad. Nuestras iglesias necesitan esa permanente Reforma, pero en nuestro país, ese respeto a la libertad de conciencia, de expresión, de disenso, separación de Iglesia y Estado, de eliminación del autoritarismo de los que están en el poder, ya sea en el gobierno, la Iglesia, las empresas y las familias, todavía es una permanente lucha, vigilancia y necesidad de reforma.

@josekrlos

Repúblicagt es ajena a la opinión expresada en este artículo