Llegué a Roma sabiendo lo básico. Por mis escasas lecciones de italiano (y eso que llamarlas lecciones es una exageración) sabía que “loro” no era un ave, “Luigi” no era un nombre, la “donna” no era un postre y que “bira” era cerveza. Para mi supervivencia en las calles, había memorizado dos frases. Una que mi abuelo me había dicho: “los italianos siempre buscarán estafarte. Son los mejores vendedores del mundo” y otra popular: “los guatemaltecos no somos fáciles de engañar. Somos los mejores regateadores del mundo”. Además, iba con la mejor actitud que puedes tener cuando viajas completamente solo, por mucho tiempo y a un lugar que no conoces: “ningún plan es perfecto y los inconvenientes son el pan del día a día”.

Con todo esto, el escenario estaba predicho: esta sería una gran aventura.

Tras 14 horas de vuelo, puse un pie en la Ciudad Eterna. Me esperaba un auto a la salida del aeropuerto y en él, el clásico chofer italiano. A pesar de que le dije varias veces que no hablaba italiano, la conversación unidireccional (porque yo no podía responderle) siguió por muchos minutos, hasta que el conductor se aburrió y yo, con mucha pena y poco italiano, quité mi cara de “interés” y me recosté en el sillón.
Mi viaje a Roma no era un viaje turístico. Obviamente haría mis visitas a los lugares imperdibles de la ciudad, ya que nadie viaja a Roma por primera vez sin recorrerla un poco. Pero mi verdadera labor estaba en una agencia de noticias para la que trabajaría por un mes. Las lecciones profesionales aprendidas fueron muchas, pero las más importantes, y quizá las que le competen a esta columna y a mi círculo de lectores, son las lecciones de vida; esas experiencias de las que siempre se saca alguna reflexión positiva…y en el peor de los casos, cómica. Así que estaré compartiendo algunas en las próximas semanas.

La primera compra: el vendedor italiano versus el regateador chapín.
Lo primero que compré en Roma fue un rosario muy específico que me había pedido una persona muy especial. Sabía que si lo compraba en la tienda oficial de souvenirs del Vaticano todo sería más simple. Por eso quise divertirme un poco y busqué por los puestos de la calle el famoso rosario. Mi búsqueda me llevó cara a cara con un hombre de muy corta estatura (1,65, lo más), piel morena y un bigote negro muy grande. Con su acento extraño me comenzó a vender toda su tienda. Cuando le dije que solo buscaba un rosario con esas especificaciones, lo encontró rápidamente y acto seguido me lo metió en una bolsa…con otros dos rosarios más y comenzó la negociación:
“3 rosario, 25 euro”
“No grazie. Solo uno per favore”
“3 rosario, 25 euro”
“Entonces no rosario, no euro”
“No rosario, no regalo”
Para este momento yo ya estaba disfrutando toda la transacción, pero me comencé a frustrar. El vendedor casi me tiraba la bolsa y me la ponía en la mano, con tal que aceptara su oferta. Por unos segundos comencé a pensar que quizás comprar tres rosarios no sería tan malo. Pero pronto recordé mi frase y decidí mantener mi oferta.
“1 rosario, 5 euro”
“No no no no. Compra los tres”
“Es que no quiero tres rosarios. Quiero uno. Si mucho dos”
“¿20 euro?”
“¡No! 7 euro, no más”
“2 rosarios, 15 euro”
“Mmm ¿10 euro?”
Al cabo de unos minutos de intensa negociación, me marché. Y en la mano una bolsa con dos rosarios y una factura de diez euros. Estafado o no, iba contento. Acababa de realizar mi primera negociación en Roma, a lo italiano y chapín.

Perderse en Roma: lo mejor que me pudo suceder.
Ese día llegaría. Era evidente. Me perdería en Roma tarde o temprano, y vaya que llegó temprano; al cuarto día. No solo porque Roma era una gran ciudad desconocida para mi, ni porque no hablaba el idioma, sino por mi sentido de ubicación, que suele ser pésimo. Aquel día no fue la excepción.
Me subí al metro como siempre en la Línea “B”. Llegué a la estación central, donde se suponía que tomaría la Línea “A” que me llevaría a mi trabajo. Para mi mala suerte, en el preciso momento que me disponía a tomar el metro, una manifestación de transportistas en toda Roma provocó que cerraran el metro y nos sacaran a todos de la estación. El resultado: estaba parado, en medio de una ciudad inmensa, con diez euros en la billetera, sin internet en mi celular y a unos 15 kilómetros de mi destino (eso si los medíamos en línea recta, por ende eran más). Salí de la estación y comencé a caminar para buscar un mapa. Sin previo aviso, comenzó a llover de la forma más inesperada y brutal. Empapado a más no poder, me refugié en un kiosko. Ahí fue dónde compré la sombrilla, y también la primera vez (o la segunda vez quizá) que me estafaron. Pero ante la urgencia y la lluvia…mis habilidades para regatear se fueron con la corriente.
Con un mapa, la sombrilla, mucha esperanza y una lluvia torrencial, salí por las calles de Roma a ver como diablos llegaba a mi destino. Pasé por calles muy solitarias y no tan “romanas” (en dónde tuve que pedir indicaciones a un vagabundo – que por cierto fue una buena referencia, puesto que ellos han recorrido casi toda Roma). Pero también recorrí lugares increíbles, que de no haber estado perdido, jamás hubiera visto. Calles llenas de hojas secas anaranjadas testigos del otoño, perros paseando con sus dueños, cafeterías diminutas con algunos clientes tomándose su café de la mañana a orillas de la calle, el río Tiber a un costado… en fin, las rutinas más sencillas, los paisajes más casuales, lo más natural…pero lo más hermoso.
Cuando llegué a mi destino, tres horas después, muchos me preguntaron si estaba bien, que qué me había pasado, si necesitaba algo. Su preocupación era notable. Pero yo estaba muy tranquilo, con mi mente en esas calles anaranjadas. Y a pesar que mi ropa estaba mojada, mis pies cansados y el tiempo en mi contra, por ver lo que vi y vivir lo que viví, me perdería de nuevo. Mil veces y otra vez.

Continuará…

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