El alto precio del recuerdo

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En una realidad futurista donde la mayoría de personas tienen un chip detrás de la oreja que les permite registrar y grabar todo lo que hacen, ven y escuchan, nuestro culto al recuerdo parece deleitarse. Todos los recuerdos pueden revisarse y reproducirse. No vuelvas a olvidar la lista del super, ni el contenido de los exámenes, ni lo que te dijeron en la reunión. Revisa tus recuerdos para asegurarte del tono que usó o de las palabras exactas que salieron de su boca. Nunca más olvides nada. Un buen sueño, algo a lo que probablemente muchos nos apuntaríamos sin darle demasiadas vueltas.

Este es el escenario que presenta el tercer capítulo de la serie de Netflix, Black Mirror. La historia va de una pareja casada, en una cena con amigos él comienza a sospechar de su esposa que parecía divertirse demasiado con los chistes de otro de los invitados. Después de una trama trágica, se da cuenta de que su esposa le había engañado y que probablemente él no era el padre de la hija que creía que tenían en común. En la penúltima escena se le ve vagando por su casa vacía, sin esposa y sin hija, reproduciendo todos los recuerdos felices que tenían en la casa, repitiendo las risas, los buenos momentos, la cotidianeidad que compartían. En la última escena se saca el chip del cuello con una cuchilla.

Constantemente ensalzamos la memoria y no valoramos el olvido. Es normal, cuántas veces hemos escuchado que el pasado es constituyente, que es bueno recordar para no cometer los mismos errores, que recordar es honrar. Pero vale la pena, ahora sí, recordar que el pasado constituye, pero no necesariamente el recuerdo. Recordar por recordar no siempre es valioso, no es el recuerdo de lo que pasó lo que nos hace lo que hoy somos, sino el hecho que pasó. Y a veces el olvido es valioso, más valioso aún que el recuerdo si el recuerdo no nos permite avanzar.

Recordar es una necesidad humana muy básica, ejerce una fuerte influencia sobre nuestra autodefinición de quiénes somos y sobre nuestra continuidad identitaria, sin embargo, el olvido es aún más básico, tanto así que lo compartimos con los animales, porque no solo no tenemos la capacidad física para recordarlo todo sino que somos tan limitados que tampoco podríamos asimilar todo lo que el recuerdo trae consigo. El recuerdo es una forma de revivir, y nadie es capaz de volver a vivir todo lo que ya vivió, de soportarlo nuevamente.

La memoria, en cambio, es esa buena y crítica interacción entre el olvido y el recuerdo, no debemos elegir entre uno y el otro, pero sí decidir cuáles elementos queremos salvar y cuáles nos conviene más olvidar. Tantas instituciones y personas dedicadas al recuerdo, al yad vashem, al nombre eterno, pero yo hoy doy gracias por el olvido.

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