He pasado todo este día tratando de poner claro en mi mente el mensaje que quiero enviar. No sé que quiero decirles más, me brota enojo, tristeza y frustración desde el corazón; cuesta traducir esto que siento a palabras. La tragedia que sucedió en el Hogar Seguro de San José Pinula me tiene de luto y sé que a ustedes también.  

El día de la mujer, decenas de niñas vieron como la última chispa de fuego que hacía falta para hacer visible el infierno en que vivían, se manifestó. Dolor, tortura, alas cortadas y corazones detenidos a causa de la indiferencia y el olvido fue el saldo de ésta fecha. No sé porqué nos aferramos tanto a la costumbre de entender y reconocer los problemas de nuestro país, hasta que este tipo de cosas suceden.

Es aquí, en situaciones como ésta, cuando se evidencia qué es lo que más debería de importarnos. Tragedias como las del 8 de marzo son necesarias para que yo: ciudadano, joven, adulto, anciano, feminista, humanista o ser indiferente; de un paso en falso en el acantilado de mentiras que hemos llegado a creer de nuestro país y hagamos caída libre hasta enterrar los dientes en la muy distinta pero cierta realidad.  

Lo que pasa es que nos acostumbramos a ignorar lo que realmente pasa en nuestro país. Por qué claro, ¿quién diría que un país tan bonito como el nuestro vivamos situaciones como éstas? Los niños que miramos son los que van a comer cada domingo el desayuno a McDonald’s, las calles que vemos son aquellas en donde hay una agrupación religiosa cada tres casas. El estatus que creemos tener lo concebimos en Cayalá o lo adoptamos desde un edificio lujoso de la zona 10. Si nuestra vista está ocupada en las 10 nuevas tiendas que ofrecen la última moda, en los 500 carros que alberga el estacionamiento de una universidad o los buses que circulan a las 5 de la mañana atiborrados de niños con sueño; entonces no me extraña que lleguemos a creer que vivimos en un buen país, en un buen lugar. Pero el choque de realidades que se da después de tragedias como las de Hogar Seguro, nos demuestran una vez más que eso que miramos todos los días es solo una cara linda, de sonrisa hipócrita, que escogimos ver, adoptar, recordar y reconocer.  

Pero Guatemala no es esto, nuestro país es en cambio algo más crudo y repudiable. Guatemala es niñas añorando el suicidio dentro de un Hogar Seguro, mientras esconden armas de defensa entre su cabello y reúnen desde el fondo de sus pocas ganas de vivir un pago para no ser violadas. Guatemala es el feto calcinado bajo el puente La Libertad en Baja Verapaz. Es la mujer que yo vi llorando desconsoladamente el sábado pasado a un costado del puente El Incienso, mientras se sostenía la cabeza con las manos… uno no podía averiguar si lloraba tan amargamente porque no pudo suicidarse en paz o porque estaba agradecida de ser salvada por dos desconocidas. Guatemala es, todas esas otras tragedias que el Estado conoce pero seguirá ignorando hasta que un día como el pasado 8 de marzo, explote la impotencia, la mentira y la angustia en forma de otro incendio, otro deslave, otra tragedia; y nuevamente se proclame la vieja excusa: ¡ya lo veíamos venir, pero no supimos que hacer! 

Guatemala es un Estado quebrado. Y lo seguirá siendo mientras no encontremos esa manera de traducir a nuestra realidad la ayuda que necesitamos. Ese día, desde el sillón del auto que me llevaba por el puente, vi cómo esa mujer desesperada y rescatada de su casi-suicidio se desarmaba y volvía a armar en un abrazo de aquel bombero que la trataba con amor y lloraba con ella mientras revisaba sus signos vitales y le decía que todo, eventualmente, estaría mejor. Necesitamos encontrar, figurativamente, a ese bombero que venga a abrazarnos como país, que llore con nosotros mientras se preocupa por devolvernos nuestro bienestar y que nos recuerde que las cosas pueden y deben estar mejor.

Perdón Kimberly, Anabela, Yesenia, Jazmín, Emily, Rosmery, Brenda, Noemí, Eva, Jenifer, María Vanesa, Indira, Daria, Sonia, Mayra, Skarleth, Yohana, Ana, Wendy, Velveth, Erika, Erick, Lorena Yusbeli, Osbin, Rosa, Ashely, Rosalinda, Madelin. Perdón a ustedes y las demás. No fuimos ese bombero para ustedes, entendimos demasiado tarde que debíamos serlo.

 

 

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