En el artículo anterior analizamos el concepto y la importancia del sentido de vida en una obra de arte. Para que el artista pueda recrear su sentido de vida en el proceso creativo, y el espectador captarlo, es fundamental contestar a una pregunta que muchas personas se hacen, espectadores, pensadores y artistas; unas se la formulan de manera genuina e ingenua por falta de conocimiento y otras de manera maliciosa con el fin de intentar desacreditar la objetividad de una epistemología racional basada en la evidencia de los sentidos. ¿La pregunta es si la belleza es subjetiva u objetiva? Y luego de contestar a esta fundamental pregunta analizaré en un futuro artículo si la belleza es una obligatoriedad del arte, ya que si esta fuese subjetiva, sería fútil perseguirla y no tendría la más mínima utilidad práctica en el proceso de crear una obra de arte. Yo intentaré probar que la belleza, no sólo sí es objetiva, sino psicológica y metafísicamente fundamental en todas nuestras vidas; para niños, jóvenes y adultos, artistas y no artistas.

​Decir como muchos repiten, a veces sin pensar, a veces pensando, que “la belleza está en el ojo del observador” es subjetividad pura, ya que están queriendo implicar que cada uno de nosotros, al expresar diferente gusto, se está implicando que lo que unos ven como bello, otros no lo vemos así; pues yo estoy convencido que ninguna de las dos es válida. Cuando cada uno de nosotros expresa un gusto variado, es únicamente porque nuestros juicios de valor pueden variar, lo cual es cierto; a veces varían, a veces coinciden. En el contexto de belleza, la cual es evaluativa, sólo podemos tener o buen gusto o mal gusto o más o menos buen o mal gusto, pero esta premisa no invalida una definición objetiva de la belleza. De hecho, es parcialmente correcto decir que la belleza se encuentra en el ojo del observador, pero única y exclusivamente expresado en un contexto científico-biológico, en donde el sentido de belleza de un objeto es identificado y valorado por la interacción de las cualidades medibles del mismo con el órgano sensorial en cuestión integrado a todo su sistema cerebral nervioso. Veamos un ejemplo sencillo pero muy común y frecuente. ¿Cómo nos podemos explicar nosotros que la belleza pudiera no ser objetiva cuando cincuenta excursionistas se paran a observar maravillados el Lago de Atitlán y no puede prácticamente persona alguna expresar juicio negativo de fealdad? Y así millones y millones de individuos que han visitado este lago. ¿Cómo nos podemos explicar que la inmensa mayoría de mujeres no puedan encontrar fealdad alguna en el rostro de Gary Cooper y de Gary Grant, o que la inmensa mayoría de hombres no puedan encontrar fealdad alguna en el rostro de Mónica Bellucci y Nyadak Thot, o por qué los chicos de la escuela a temprana edad coinciden siempre en quiénes son las chicas más bellas o viceversa? ¿Por qué queda boquiabierta la inmensa mayoría con los atardeceres guatemaltecos de noviembre, y por qué los disfruta en una mucho mayor medida que los de la época lluviosa? ¿Qué responde el subjetivista a la pregunta de por qué la gran mayoría de espectadores derrite de placer al escuchar Claro de Luna de Beethoven o Luna de Xelajú de Paco Pérez? Y así podría yo seguir enumerando una infinidad de ejemplos de objetos bellos creados por la naturaleza y otros creados por el hombre. Lo que debemos preguntarnos ahora para intentar descubrir la verdad de la objetividad del término de belleza, es cuál podría ser el común denominador conceptual que nos ayude a encontrar una definición lógica, qué es lo que hace bello a algo y qué lo hace feo. ¿Cuáles son las cualidades que son comunes entre los múltiples objetos que denominamos como bellos?

​Veamos un poco de la historia del concepto de belleza y el desarrollo lógico de su definición. Aquí quiero dar un importante crédito al valioso conocimiento recibido en las magníficas cátedras de historia y teoría del arte antiguo, que yo recibiera hace ya varios años con el Arq. Warren Orbaugh. El término belleza deriva del latín bellus, que originalmente no significaba belleza, sino un adjetivo que designa lo bueno, lo gracioso, lo agradable, lo sano. Luego en el Renacimiento fue sustituido por el término latino de los romanos designando el concepto de belleza: pulcher como lo bello, lo hermoso y pulchritüdo como la belleza. Venustäs es otro término en latín para designar belleza, hermosura, elegancia y gracia, encanto y esbeltez. Vitruvio lo usó para calificar una cualidad fundamental de la arquitectura. De esta palabra deriva el nombre de la Diosa de la belleza Venus. Del adjetivo en latín formösus, que deriva del latín forma, que significa bien proporcionado, de hermosas formas, elegante, se deriva la palabra en español hermoso. Para los griegos antiguos el término para belleza es Kalos, que también significa, hermoso, bello y excelente; y charis, que además de belleza es gracia, atractivo, hermosura, elegancia, deleite, encanto, benevolencia, bondad y generosidad. Parece ser entonces que diferenciando términos y asociando equivalentes, kalos en griego y pulchritüdo en latín, significaban el concepto abstracto de la idea de belleza, su cualidad, lo que hace a algo bello, su estructura formal, una especie de orden. En cambio, charis y venustäs significan el reconocimiento, el atractivo que provoca lo bello. Los filósofos Pitagóricos definieron la belleza como la armonía que resulta del orden y proporción de las partes a un todo, las cuales poseen una explicación numérica, a cuya conclusión llegaron basados en la observación de la armonía de los sonidos. Para Platón la belleza es una fusión entre lo bueno y sus cualidades proporcionales y lo conceptualiza como una idea fuera de la realidad sensible, como una apariencia; a diferencia de Aristóteles, que la separa de lo bueno y la relaciona con la perfección matemática y geométrica de la forma. Aristóteles escribió en el capítulo VII de su Poética: “Y es más, puesto que lo bello, animal o cualquier cosa que esté compuesta de partes ha de tenerlas no sólo en orden, sino que también debe tener una extensión que no sea fruto de la casualidad, pues la belleza conlleva una extensión y un orden; por lo tanto no puede ser bello un animal extremadamente pequeño, ya que su visión se confunde al acercarse a un espacio de tiempo que resulta prácticamente imperceptible; ni tampoco excesivamente grande (pues entonces su visión no se produce simultáneamente, sino que la unidad y la totalidad escapan a la percepción del espectador, como por ejemplo, si hubiera un animal de diez mil estadios); de manera que, así como los cuerpos y los animales es preciso que tengan magnitud,…” Lo que Aristóteles nos explica es que la belleza es equivalente a una serie de relaciones formales ordenadas, proporcionadas, integrando cada una de las partes en un todo completo. El gran arquitecto romano Marco Lucio Vitruvio nos explica sobre la aplicación de la belleza en la madre de las artes, la arquitectura, en el capítulo II del libro primero de Los Diez Libros de Arquitectura: “La Arquitectura se compone de orden, que los griegos llaman taxis; de disposición, a la que dan el nombre de diátesis: de euritmia o proporción (simetría, decoro) y de distribución, que en griego se dice oikonomía.” “La euritmia es el bello y grato aspecto que resulta de la disposición de todas las partes de la obra, como consecuencia de la correspondencia entre la altura y la anchura y de éstas con la longitud, de modo que el conjunto tenga las proporciones debidas.” “La simetría o proporción es una concordancia uniforme entre la obra entera y sus miembros, una correspondencia de cada una de las partes separadamente con toda la obra. Porque, así como en el cuerpo humano hay una proporción y una simetría entre el codo, el pie, la palma de la mano el dedo y las restantes partes, ocurre igual en toda construcción perfecta.”

​Ahora, para ampliar aún más nuestro entendimiento objetivo sobre la belleza, debemos profundizar en la naturaleza de la misma, debemos descubrir qué elementos inherentes en nosotros nos hacen sensible a ella, y cuál es la relación entre la constitución del objeto y la excitación de nuestra susceptibilidad. Observemos que cada vez que estamos frente a algo bello, valoramos ese algo, estamos juzgando positivamente y lo sentimos en el cuerpo como una sensación de placer, pero es más profundo, es como un placer espiritual, es una fusión perfecta entre el entendimiento y el placer que ello nos provoca. En 1896 George Santayana, en su obra magistral sobre estética EL SENTIDO DE BELLEZA, nos explica en la página 26 , al hablar sobre la diferencia del placer estético, que cuando juzgamos una cosa como bella, nuestro juicio significa que la cosa es bella en sí misma, o que así debería ser para todos; que si poseemos los mismos sentido, nuestras asociaciones y disposiciones serán similares, entonces la misma cosa será bella para todos y que la obligación de reconocer las mismas cualidades está condicionada por la posesión de las mismas facultades. En su objetivación de del placer estético, Santayana dice que la belleza no puede existir como un ente independiente, ya que es un valor que se percibe como un elemento, una reacción emocional derivada de la percepción. Belleza es placer relacionado como la cualidad de una cosa y está constituida por la objetivación del placer. En su parte III Forma, del libro en cuestión, explica que existe belleza de forma y ésta se encuentra cuando elementos sensibles están unidos para complacer en su combinación. Veamos a continuación el ejemplo magistral que propone G.Santayana en la combinación de una mismísima cantidad y dimensión de diez líneas distribuidas de tres diferentes maneras formando tres diferentes perfiles de un rostro humano.


​​Ilustración, pág. 53, Parte III, FORMA del libro SENTIDO DE BELLEZA de George Santayana, Dover Pub. Inc, NY. 1955.

Los dos de los extremos son evidentemente grotescos, por ende, feos, al poseer de manera desorganizada sus líneas, de manera no proporcionada. Y el perfil central, con la misma cantidad y dimensión de las diez partes, pero ordenadas de una manera diferente, cuya cualidad y valor están creando una aproximación a la belleza. Finalmente habla G.S. sobre la inmensa importancia del concepto de simetría para la existencia de belleza. La simetría clarifica, ya que es evidentemente una especie de unificador de la variedad, en donde el todo está determinado por la repetición rítmica de similares. Unidad es la virtud de la forma, ya que es como un principio generador y la simetría una relación matemática, es la proporción existente entre una parte con otra y con el todo.

​Leonard Peikoff dice en su serie de cátedras de “La Filosofía del Objetivismo”: “Belleza es un sentido de armonía. Ya sea una imagen, un rostro humano, un cuerpo, un atardecer, tome el objeto al que usted llama bello, como una unidad (y pregúntese a usted mismo): ¿de qué partes está constituido?, ¿cuáles son sus elementos constitutivos, y si son armónicos? Si los son, el resultado es bello. Si son contradictorios y chocan, el resultado es estropeado o positivamente feo.” Muchas veces confunde a las personas el hecho de que el rostro de una mujer de raza negra pueda ser tan bello como el de uno de raza blanca, u oriental, o etc. Y es la misma razón por la cual dos atardeceres distintos pueden ser igual de bellos, siempre y cuando los colores de sus constituyentes sean complementarios, contrastantes y cumplan con la definición objetiva de belleza. Siempre y cuando, cada una de las partes variadas del objeto en cuestión esté integrada de manera ordenada y proporcionada, existirá belleza. Lo que puede existir entonces son diferentes tipos de belleza generando un nuevo estándar, pero el principio objetivo será el mismo.


Nyadak Thot Mónica Bellucci

Una de las mejores definiciones que he encontrado hasta ahora es la del Profesor Warren Orbaugh: “BELLEZA: es la integración formal armoniosa y definida de las partes relacionadas entre sí y de éstas con el todo.”
Mi conclusión es que la belleza es objetiva. La belleza es o no es.
A = A y no B.

4