El liberalismo clásico es la tradición del pensamiento ético, político, legal y económico centrado en las libertades individuales. Para los libertarios, las libertades individuales son dominantes. Esta visión contrasta agudamente con todas las formas de colectivismo donde el colectivo es considerado el principio organizativo para establecer políticas, y los derechos grupales triunfan sobre los individuales. 

Con respecto a los derechos individuales, la taxonomía política americana de liberales y conservadores es incongruente, y a menudo nos encontramos abogando por mayores libertades personales mientras simultáneamente apoyamos un mayor rol del gobierno. Los Republicanos defienden menos ingerencia del gobierno en asuntos económicos, pero a menudo prefieren más control gubernamental en asuntos sociales. Los Demócratas quieren al gobierno fuera de nuestras vidas privadas (como debería ser), pero entonces pretenden amplias regulaciones gubernamentales en los negocios. Los libertarios señalan esta inconsistencia filosófica y destacan que, por definición, un gobierno ampliado conlleva libertades disminuidas.

Las etiquetas políticas sintetizan visiones filosóficas incompletas, y esas imperfecciones conceptuales se magnifican en el campo de la política exterior. Tomemos, por ejemplo, el choque entre los senadores republicanos Marco Rubio y Rand Paul relacionado con las sanciones económicas a Cuba. El Senador Rubio, un conservador cubanoamericano, apoya las sanciones económicas, mientras el Senador Paul, un libertario filosófico, se opone al embargo. 

Ambos Senadores son confirmados anticomunistas y no quisieran nada menos que el fin del opresivo régimen castrista. El Senador Rubio ve el embargo como herramienta útil de política exterior, mientras el Senador Paul lo rechaza como restricción de las libertades individuales de los americanos para hacer negocios donde entiendan. Ambos Senadores hacen enérgicos y elocuentes argumentos sobre sus respectivas posiciones.  

Sin embargo, el Senador Paul, sin darse cuenta, traiciona sus propias convicciones. El liberalismo clásico es la filosofía de la libertad, pero ser libertario significa preocuparse por la libertad de todos los pueblos, no solamente la de los americanos.

El Senador Paul esta justificado en defender la libertad de las empresas americanas de hacer negocios sin obstáculos gubernamentales; pero el liberalismo clásico es una filosofía universal preocupada con la libertad en todas partes y no solo con las libertades de grupos comunitarios. Defendiendo exclusivamente el derecho de los negocios americanos, el Senador crea un grupo específico chovinista y se orienta hacia el colectivismo. Los libertarios creen en derechos individuales, no derechos de grupos o regionales.  

Puede estar en los intereses comerciales de los negocios americanos negociar con el gobierno cubano. Pero intereses no es lo mismo que derechos. De hecho, los intereses pueden oponerse a los derechos, punto que James Madison defendió brillantemente en su definición de “facciones” en El Federalista No. 10. Así, los intereses de los negocios americanos deben ponderarse frente a los derechos del pueblo cubano. No obstante, la presunción debe ser siempre por la libertad, y la interferencia con la libertad de los negocios americanos, debe justificarse.

Con relación al punto del Senador Rubio, si a los libertarios debe interesarle la libertad de todos los pueblos, entonces la falta de libertades sufrida por el pueblo cubano debe considerarse dentro de los cálculos del Senador Paul. 

Cierto, el embargo restringe las libertades de un pequeño número de compañías americanas interesadas en el mercado cubano de alto riesgo y bajas ganancias. Pero es un mercado donde a esas compañías se les exigirá, bajo la legislación cubana, participar en un proceso orwelliano de esclavización, donde el Estado cubano retiene aproximadamente el 92% del salario del empleado, en violación de las disposiciones de los protocolos de trabajo internacionales. Las compañías americanas deberán también aceptar ser socios minoritarios de los militares cubanos, que serán los accionistas dominantes

Es decir, las compañías americanas deberán asociarse con los mismos militares que refuerzan la absoluta degeneración de las libertades individuales de once millones de personas en Cuba. Esto es un dilema ético que no debería ser despiadadamente descartado con declaraciones superficiales exaltando las virtudes del comercio. 

Aquí es donde los libertarios deben decidir entre defender el interés grupal regionalista de los negocios americanos -en contradicción abierta con los principios libertarios- o posicionarse por los valores universales de las libertades individuales que trascienden las fronteras nacionales

Este dilema de valores a veces posiciona al liberalismo clásico como una extraña filosofía articulando las políticas de asuntos exteriores. No debería ser así. La posición libertaria debería estar siempre del lado de la libertad de los seres humanos individuales, en todas partes.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo