El viernes pasado tuve el gusto de asistir a la ceremonia de bendición de anillos de los estudiantes del Liceo Canadiense, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa de la histórica Casa Central. Estando ahí, además de admirar su atrio que está muy bien preservado, un lindo sermón del padre, muy atinado, me conmovió pensar que mi abuela materna fue interna en esa que entonces era “el mejor” colegio de niñas. Futuro que en esos entonces para las niñas se centraba en casarse o dedicarse al apostolado, y que hoy día es tan incierto para quienes se están graduando y entrando a la edad adulta.

Esos patojos, aproximadamente 150, espero tanto puedan continuar sus estudios, porque creo que la educación académica es una herramienta útil para tratar de obtener un mejor futuro, especialmente en estos tiempos tan competitivos. Pero fue entonces inevitable nuevamente pensar en que futuro tendrán esos patojos, especialmente en esta coyuntura.

Lo que me llevó a pensar en la denominada sociedad civil. Sociedad civil somos en realidad, todos y cada uno de los que habitamos en Guatemala, residentes o ciudadanos, y no trabajamos ni en el gobierno ni en institución alguna que porte uniforme de carácter oficial. Es decir, ni burócratas, ni militares o policías, en servicio activo. Todos los demás somos sociedad civil, o “civiles”, como antes nos denominaban. Partiendo de ese principio, me vienen en mente infinidad de comentarios que he notado últimamente de personas que no se sienten identificadas con los auto proclamados líderes sociales, representantes de la “sociedad civil” aunque lo son únicamente de un grupúsculo.

Guatemala tiene aproximadamente 16 millones de habitantes. ¿Cuántos chapines usamos Tweeter y redes sociales? ¿Cuántos chapines se preocupan de que dijo x o y oenegero, que dijo el Embajador de x o y país, o de cosas similares? La gran, enorme, vasta mayoría no le pueden interesar menos estos temas. Ellos lo que quieren es acceso a salud, educación, trabajo, llevar alimentos a su mesa y tener un techo. La gran mayoría de guatemaltecos son gente descomplicada en su simpleza, trabajadora, positiva, a la que le importa más para dónde soplará el viento, literalmente hablando, que las pajas de los políticos, partidos o oenegeros de turno.

Entonces vuelvo a pensar en esos patojos, cuyos padres noté eran ladinos e indígenas, que seguro harán todo tipo de trabajo y puede que sean inclusive analfabetas algunos, pero que se han esforzado por dar a sus hijos una educación católica, en un colegio privado. Ese tipo de gente, para mí, merece todo el respeto del planeta y no digamos el apoyo. Es de esos momentos en los que quisiera tener mucho dinero para dar una beca a los mejores estudiantes de ese Liceo y ofrecerles con ello algo que nadie les puede quitar: conocimiento.

Es por todo esto que me parece tan injusto y tan absurdo que las decisiones sobre sus vidas y la mía vengan derivadas de lo que un grupúsculo de gente quiere, en la visión que nos quieren imponer, en sus criterios que con frecuencia son sesgados, viciados, falaces y tirados a la izquierda, y sobre todo, son oportunistas que lo que buscan es dinero fácil, porque es fácil repartir lo ajeno.

Y pregunto entonces, qué tal sería realizar una especie de ágora, de “townhall meeting” en las cabeceras departamentales, en las zonas de la capital y tener así una voz. Que los ciudadanos, quienes al final pagamos el plato, podamos expresarnos con libertad. Pero grabarlos, para que los medios no nos reporten que dijeron blanco cuando dijeron negro. Hablando se entiende la gente, y si queremos encontrar una solución a este atolladero político y social, me parece que el diálogo es la única salida.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo