Jobless man

En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

De unos cinco años para acá, entre enero y buena parte de febrero, recibo dos o tres mensajes de conocidos míos –de los que tengo ratos de no saber, salvo sus publicaciones en redes sociales–, preguntándome si puedo ayudarles a conseguir trabajo.

Después de aclararles que no ocupo ningún puesto de mando, como para ejercer influencia y recomendarlos, les digo que me pasen su currículum por correo electrónico. Cumplo con mandárselo a la encargada de recursos humanos, sabiendo que ni los abren. Los dos o tres puestos que se liberan cada cierto tiempo ya tienen dueño, producto de los conectes.

Lamento que los estudios, licenciaturas y posgrados de mis amigos, junto con los conocimientos acumulados en diez, quince o veinte años de labor, no les sirvan de nada para superar la conectocracia. No me exceptúo: mis empleos los conseguí porque conocí a alguien que a su vez conocía a alguien, y así llegué a mi actual puesto. El año pasado cumplí cuarenta años: rebasé en un lustro la edad máxima a la que contratan trabajadores en las empresas. Así que no me meto con nadie y aguanto calladito las burradas de los jefes.

Llegados a la edad media de la existencia, a menos que se logre ascender en la escala alimenticia, estamos expuestos (usted que me lee y yo que le escribo) a que un día de tantos nos declaren prescindibles para ahorrarle costos a la empresa. Entonces nos dan nuestra indemnización, vigilan nuestra salida para verificar que no nos llevemos nada que no sean las cosas que amontonamos encima del escritorio (macetas con cactus en flor, fotografías de toda la familia con mascota incluida, figuras del superhéroe favorito) y nos encontramos calle afuera.

El monto del cheque se reducirá a cero conforme pasen los meses. Salvo que tengamos talento para los negocios, pensemos en ese servicio que sea de utilidad a bastante gente, o demos con ese producto novedoso que cubra un vacío en el mercado, el resto de la existencia nos la pasaremos sobreviviendo a costa de la escasa pensión del seguro social y rezando por que aparezca un empleo acorde con lo que sabemos, así dure veinticuatro horas.

De repente nos acordamos de los amigos que siguen “en el medio” y los vemos como a generosos capitanes de barco que nos lanzarán un cabo para que no perezcamos en alta mar. Y tras superar tartamudeos y vergüenzas, nos animamos a escribirles, o a llamarles pasadas las ocho de la noche temiendo importunarles, o a decírselo si por casualidad nos los encontramos haciendo cola en el supermercado. El amigo se solidarizará con nosotros, pedirá que mandemos nuestro currículum, y el documento se relega al último rincón del disco duro de la computadora.

Me imaginé todo esto porque hace un rato nos anunciaron que viene un nuevo mando.

Su fama le precede: todos nos dimos cuenta del resoplido que escapó de la compañera que se sentaba a la par del balcón. Se puso colorada, agarró sus cosas y esa misma tarde renunció. Por si las dudas actualicé mi resumen laboral; ya veré a quién se lo mando (y seguro que no podrá hacer mayor cosa, salvo compadecerse de mi situación).

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