Esta es una historia de amor moscovita.

Aterrizas, y pareciera que te va a dar tortícolis.

Pasa una dama, luego otra musa y pareces el efectivo nueve de área goleador.

Basta un cabezazo certero con la mirada de chapín conquistador.

Y es que venís con el chip de “Mandá fotos de las patojas de allá”.

Como eres periodista, te sientes Gustavo Cerati pidiendo ser del jet set.

“Llevame a alguno de esos lares para concerlas mejor”, suelta un colega con poco autoestima.

Y crees que tu chequera pagará la felicidad.

Pero “nel pastel”.

Rusia es otra cosa mucho mejor. Esa con la que te enamorás de inmediato.

De la chica que saca del bolso los 10 rublos que te faltan para el econo combo de Burguer King versión moscovita, porque no te dio tiempo de cambiar tus euros.

Del ejecutivo que deja que se le vaya el metro, y tal vez una reunión importante, para ayudarte porque tienes dos horas de estar perdido.

O de la señora del instinto maternal que te enseña a etiquetar y pagar un chile pimiento en el súper.

Del taxista que te ve afligido porque no llegas a tiempo a la cobertura y te platica desde el Google Translate, sintonizando la Romantik 98.8.

Porque ellas dejan el sorbito de la pajilla y ellos bajan el brazo del tarro cervecero para escuchar a su presidente en la inauguración.

Te enamorás de Rusia, si.

De la camadería, del orden, del respeto, de la paciencia, de la empatía.

De celebrar un gol de la chamusca a pechazos.

De que andes con tu bandera nacional como capa y se vuelva tu imán de la suerte.

Amas a Rusia porque ellos aman lo que son y te lo transmiten.

No porque sean los rasgos y los cuerpos que indican los estándares de la moda.

Te enamoras por parecerse a lo bueno de Guatemala.

Aunque no es perfecta, lo sería si tuviera los frijoles con plátanos cocidos de mamá.

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Con información del #CorresponsalRepública.