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La izquierda guatemalteca: lecciones que van a aprender

"...los partidos políticos en una democracia formulan políticas estrictamente como un medio para ganar votos. No buscan obtener el cargo para llevar a cabo ciertas políticas preconcebidas o para servir a ningún grupo de interés particular; más bien formulan políticas y sirven a los grupos de interés para obtener el cargo. Por lo tanto, su función social, que es formular y llevar a cabo políticas cuando están en el poder como gobierno, se cumple como un subproducto de su motivo privado, que es obtener los ingresos, el poder y el prestigio de estar en el cargo"

Anthony Downs

Ilustración: Gabriel López
Alejandro Palmieri
12 de julio, 2023

Los grandes ganadores de las elecciones, por hastío con la alternativa o por descarte, han sido dos partidos de izquierda; una de las opciones podría definirse como “prosistema” y otra como “antisistema”, pero de su posicionamiento a la izquierda del espectro ideológico no cabe duda.

La UNE ha sabido jugar dentro del sistema político e incluso ha llegado a sacar maestría.  Luego de ganar las elecciones de 2007 y gobernar por 4 años, ha vivido 11 años en “oposición” pero solo de nombre.  Sandra Torres ha hecho presidentes en las urnas, pero más que eso, ha mantenido presidentes desde el congreso.  Desde su fallida participación como candidata en 2011, ha sabido comandar a sus diputados (habida cuenta de disidencias recientes) a fin de mantener cuotas de poder que le han redituado en más de un sentido.  Los nombramientos en las cortes son un vivo ejemplo de ello.

Aunque cada vez menos -y sobre todo luego de su procesamiento y captura- ha navegado en un maremágnum de poder con mucho éxito.  Hábil negociadora, consiguió la no cancelación de su partido (UNE) a pesar de señalamientos judiciales de financiamiento electoral ilícito -o no registrado- y a pesar de que el Tribunal Supremo Electoral ya había resuelto su cancelación debido -también- a la desintegración de los órganos partidarios, motivo suficiente conforme la LEPP.

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Mediante resoluciones judiciales, consiguió no solo mantener vivo el partido, sino recuperar su dirigencia, luego de que fuera disputada por los ahora disidentes que conformaron el partido VOS.  Torres maneja las clavijas de las estructuras de poder como ninguna.  

Ha obtenido un segundo lugar (2015) y dos primeros lugares (2019 y 2023) y, sin embargo, ha perdido todos los balotajes hasta ahora.  

El otro partido de izquierda que pasa a segunda vuelta es Movimiento Semilla, que nace luego de los movimientos sociales de 2015 que pidieron la renuncia de la cúpula patriota.  Curiosamente en aquella oportunidad empujaban la consigna de que “en estas condiciones no queremos elecciones”.  Ahora ya no repiten aquello, claro.

En 2019 pretendieron postular a Thelma Aldana que desde la Fiscalía General trabajó su candidatura presidencial; el que entonces fuese nominado como su vice presidenciable, Johnatan Menkos Zeissig, encabezó ahora el listado nacional de Semilla y es diputado electo.  Aldana, por su parte, fue descartada como candidata por virtud de un proceso penal en su contra por una “plaza fantasma”.  En lugar de desvanecer las acusaciones, opto por exilarse en Estados Unidos.

Semilla es un partido que, tanto en discurso como en obras, no admite disidencia; decenas de ex partidarios y activistas lo han denunciado, además de que el bloque de diputados obtenido en 2019 (7 diputados) se fue desgranando a lo largo de la presente legislatura.  En Semilla, la disidencia se castiga con disciplina

Casi de la nada surgen -contra todo pronóstico- como la segunda opción más votada; supieron capitalizar el sentimiento de rechazo a la clase política tradicional, pintándose como algo diferente.  

Pero gane quien gane, deberán aprender algunas lecciones.  

La primera lección es que, a pesar de haber pasado al balotaje, lo habrán hecho con un respaldo popular muy escaso; apenas un 15.8% en el caso de la UNE y un 11.77% en el caso de Semilla.  Esos porcentajes son, por supuesto de los votos válidos, por lo que en realidad representan un número mucho menor con relación a los empadronados (hubo un 40% de abstencionismo) y ni se diga con relación a la cantidad de ciudadanos que gobernarán.

Aunque falta el balotaje, se puede decir que contarán con un apoyo popular muy bajo, con un mandato “legal, pero ilegítimo” como dirían ellos mismos refiriéndose a alguna opción de derecha.

Por lo tanto, la lección que deberán aprender es que no llegaron a gobernar arrastrados por una marea, sino fueron salpicados en un chapoteo de votos, de la misma manera que se hablaba de una red tide del Partido Republicano antes de las elecciones de medio período en Estados Unidos, cuando en realidad ganaron por muy poca diferencia.

La segunda lección será que, a pesar de su exiguo mandato, habrán llegado a la presidencia con las más altas expectativas de sus votantes y de la población en general.  

En el caso de Torres, ella ya tiene alguna experiencia en el ejecutivo (por virtud de matrimonio e imposición) pero luego de haber hecho tantas promesas de campaña, particularmente las que la desdibujaron pretendiendo parecer menos de izquierda como abolir una serie de impuestos, le costará muy caro si no cumple.  Cierto es también que, en el ejercicio del poder en Guatemala, existen muy pocas consecuencias para quienes faltan a su palabra.

En el caso de Semilla, ellos mismos han puesto tan alta la barra de expectativa, que será imposible alcanzarla, cuando menos ante los ojos de sus votantes.  La gran mayoría de sus integrantes -pendiente conocer quienes serían sus ministros- no cuenta con experiencia más que legislativa y, de ellos, también muy pocos son los que repiten como diputados. 

Una lección aplicable exclusivamente al presidenciable de Semilla, Bernardo Arévalo, es que cualquier acto de su equipo, sea del ejecutivo o de la bancada del legislativo, le será achacado a él, por lo que mantener a “sus muchachos” a raya será un reto en sí mismo.  Algunos de ellos han sido muy cáusticos en sus expresiones hacia quienes serán oposición, así como hacia el sector privado organizado; pretender gobernar unilateralmente será un error que pagarán más pronto que tarde.

Así, enfrentarán, con decisión, pero a tientas, al monstruo que es la cosa pública; relación con poderosos sindicatos, burocracia inflada -que seguro inflarán más- y anquilosada, etc.  Gran parte del presupuesto ya tiene destino por virtud de la constitución y por varias leyes, por lo que el campo de acción en ese sentido, de una administración semillera, será limitado.  Si quieren cambiar esa situación tendrán duras batallas en el legislativo, en donde debido a su retórica, tienen muy pocos amigos o aliados.

Una tercera lección que deberán aprender, sobre todo los integrantes de un gobierno de Semilla, será al salir del poder, ya sea antes o al finalizar los 4 años de gobierno: la responsabilidad civil de los funcionarios y empleados públicos prescribe a los 20 años de dejar el cargo o puesto, según el artículo 155 constitucional.  No es necesario explicar lo que ello implica.

En síntesis, unos u otros, deberán aprender la lección que puede sintetizarse en le refrán popular: “no es lo mismo verla venir, que bailar con ella”.  Todas las críticas y reclamos -con o sin razón- que han hecho a los gobiernos anteriores, ahora serán dirigidas a ellos.

Y como resultado de todas las lecciones que deberán aprender, debiese salir la conclusión de que para ir mejorando -nunca es suficiente- el aparato estatal y haciendo eficiente el manejo de la cosa pública, se requiere de amplios consensos y no solo la postura propia.  Esta es una lección que la derecha finalmente aprende -se supone- al perder estrepitosamente las elecciones; si la izquierda la aprende rápido y aún durante su mandato, todos ganaremos.  Lamentablemente la historia nos dice que eso es muy poco probable.