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Historias Urbanas | Razones para la euforia

Invitado
31 de enero, 2021

Razones para la euforia, Esta es la historia urbana de José Vicente Solórzano Aguilar


Las preocupaciones, sobra decirlo, impiden conciliar el sueño cuando desfilan como si fueran el carnaval mazateco delante nuestro. Bailan en comparsas, se contonean desde lo alto de sus carrozas y a veces caminan y saltan tomadas de la mano. Van de un lado para otro, sin importarles nuestra angustia.

En ese ir y venir dan las doce de la noche, la una de la madrugada, las dos de la mañana… Y en ocasiones, si mal nos va, el corso se prolonga hasta el amanecer.

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El viernes estaba obligado a contemplar uno de esos espectáculos cuando alguien sacó su pistola y disparó cinco tiros al aire. Los estampidos sonaron bastante cerca, mi cuarto da a la calle.

Aunque de nada sirviera —las balas descienden a toda velocidad y atraviesan cualquier superficie que se les oponga— me tapé la cara con la almohada y me hice un ovillo sobre la cama.

Permanecí con el oído alerta por si escuchaba la queja de los perros y gatos que tenemos en casa. Todos estamos expuestos a que nos caiga una bala encima. Nada. Tampoco oí que pasaran los bomberos a toda prisa, llamados por personas asustadas al ver herido de repente a uno de sus familiares.

Por qué la euforia

Siempre trato de explicarme esas conductas que afloran en personas como usted y yo. ¿Por qué sacar la pistola y disparar munición calibre 38, 45 o desconocido contra un enemigo oculto entre el cielo y las estrellas?

¿Porque le da la gana? ¿Porque al fin acaba de nacer el ansiado hijo varón después de cinco o seis mujeres de espera? ¿Porque un mal recuerdo se le asomó con todos los cuchillos clavados y esa es la única forma de ahuyentarlo. A la brava, aunque al poco rato regrese a acecharlo y se le quede viendo con sus ojos rojos?

Algo sucede para que Juan Pueblo mute en Juan Charrasqueado. De pronto siente ganas de llamar la atención y demostrarle a los demás que es un hombre de pelo en pecho a pesar de sus brazos lampiños y barbas impostadas.

No hace falta que el consumo de guaro o cerveza libere esas fuerzas ocultas, reprimidas, como esas energías que desencadenan los terremotos en el valle del Motagua y las erupciones volcánicas.

Lo hace a la vista de sus amigos, a la manera de las competencias entre muchachos recién ingresados a la pubertad, o de noche, seguro de que nadie se asomará a las ventanas para ver quién fue.

Lo cierto es que al otro día encontré tirado un casquillo, entre dorado y ennegrecido, cerca del poste de la esquina. Todavía olía a quemado, a recién salido de la recámara de la escuadra. Me lo quedé como recuerdo.

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