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Salario Mínimo empobrecedor

Ramon Parellada
19 de diciembre, 2014

Este gobierno populista acaba de decretar, como todos los años, en forma discrecional un incremento al salario mínimo que al final no ayuda en nada al trabajador ni al país.

El salario mínimo es un error puesto que causa desocupación cuando el salario decretado está por encima de lo que el mercado libre está dispuesto a pagar.  No logra su objetivo de incrementar los ingresos reales de los trabajadores.  Es un espejismo ya que si bien lo incrementa en aquellos que están en la formalidad no lo logra con el resto.  Más bien, incrementa la informalidad haciendo que las empresas marginales que no pueden cumplir con esta imposición opten por trabajar en la economía sumergida.  Y causa desocupación a aquellos trabajadores menos productivos que comúnmente son los de mayor edad o los jóvenes sin experiencia.

Y es que por más que suene justo y lógico que el salario deba cubrir la canasta básica, eso no funciona para que en el país se incrementen los ingresos reales de los trabajadores y de los habitantes en general.  Si así fuera, entonces ¿por qué conformarse con incrementos que cubran la canasta básica y no más?  ¿Por qué no decretar un incremento del 100% en el salario mínimo en vez de un 5%?

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La realidad es otra.  Los incrementos de salarios mínimos son populistas y no tienen sustento técnico.  En economía, los salarios deben ser libres y fijados por el mercado.  ¿Cómo?  Pues se fija libremente entre la oferta y demanda de trabajo.

La oferta la constituyen todas aquellas personas deseosas de intercambiar su capacidad productiva y su tiempo por una remuneración.  Notemos que no estamos hablando de que el trabajador se venda.  Hablamos que vende su propiedad, esa capacidad de trabajo que puede realizar, intercambiándola con otra persona que quiere el producto de ese trabajo y que está dispuesta a remunerarle.

La demanda la constituyen esas empresas que crean puestos de trabajo a través de la  inversión de capital, es decir, que invierten en maquinaria y herramientas que incrementan la productividad y necesitan esas personas que las hagan funcionar.  Mientras más capital invertido mayor será la demanda de trabajadores.

Dicho esto es lógico deducir que existe un máximo y un mínimo en el que el salario se puede fijar libremente, sin coerción de parte del Gobierno.  Este máximo está dado por lo que los economistas llaman “el valor de la productividad marginal del trabajo” que no es otra cosa más que lo que lo que vale el producto generado por el último trabajador contratado.

Toda empresa, dado el capital que tienen en un momento dado, llega a un punto en que debe parar de contratar trabajadores porque su capacidad no da para más.  Si lo que el mercado está dispuesto a pagar por lo que produce un trabajador no cubre el valor de esa producción entonces no se contrata a ese último trabajador.

Así que el máximo que se puede pagar es lo que permita cubrir el costo de ese trabajo producido por el último trabajador contratado.  Mientras más capital pues mayor cantidad de trabajadores se pueden contratar y mientras más  productividad también mayor será el máximo que se pueda pagar.

Por el otro lado, existe un mínimo técnico.  Es lo que paga la competencia o las demás empresas.  No se puede pagar menos de lo que los demás pagan ya que la empresa no atraerá a ningún trabajador.  Ese mínimo también sube cuando más capital hay ya que eso significa mayor demanda de mano de obra y más oportunidades de empleo para todos.

La formalidad de la mano de obra en Guatemala es apenas de un 25% de todo el mercado laboral.  Y es que el salario mínimo por decreto no permite que los trabajadores puedan laborar por menos del mismo aunque quieran (prefieren ganar algo a nada).   No debe extrañarnos que la informalidad en el mercado laboral sea tan grande en Guatemala.