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El cambio empieza por casa

Betty Marroquin
20 de julio, 2015

El otro día me enviaron un video que describe nuestra idiosincrasia a la perfección, y que hace ver como tristemente, somos tal cual los gobiernos que tanto criticamos. Nos quejamos todos los santos días del gobierno corrupto que tenemos. Hablamos de los políticos como si fueran una especie aparte, con absoluto desdén y despectivamente.   Criticamos las dependencias estatales por su casi absoluto diletantismo, y nos lamentamos una y otra vez que año tras año las cosas van mal, cuando no saltamos del sartén a las brasas.   La mediocridad es rampante, en todos los sectores. ¿Por qué cree usted que es así?

La familia es el núcleo de la sociedad, y es obvio que el problema empieza en casa. Si amigo lector, en casa propia, no en la del vecino. Hablemos de lo más elemental y aparentemente inofensivo. Es tan común que los padres quieran y hagan de todo por resolver los problemas a sus hijos. Esto llega al colmo que hayan padres que pagan a alguien para que le haga la tesis universitaria al hijito que se graduará de abogado. ¿Qué clase de abogado será ese patojo? No se usted, pero yo prefiero un abogado que lo sea de verdad, y no confiar mis asuntos legales a una persona sin ética y con preparación mediocre.   Y como éste ejemplo, tantos. ¿Cuantos padres se lamentan que los colegios son demasiado estrictos, que los maestros son irracionales, que les dejan demasiados deberes a sus hijos? Quizás no han pensado que todos esos deberes, y obviamente me refiero en el ámbito de los colegios privados, son refuerzos que ayudarán a sus hijos a adquirir el sentido de disciplina indispensable para triunfar en la vida. Quizás olvidan que los hijos deben aprender a resolver sus propios problemas, aprender que toda acción tiene consecuencias y que responsabilizarse de sus propias acciones es vital para su futuro. El punto es que reaccionar y resolver por ellos sólo estimula una actitud mediocre ante la vida. Pareciera como si muchos padres hubieran olvidado que también nosotros fuimos niños y jóvenes, y que quizás vivimos las mismas tentaciones de proceder incorrectamente.

Si descubren a su hijo o hija copiando en clase, no se enoje con el maestro, o con el director, enójese con su retoño. Pero también es cierto que uno predica más con el ejemplo que con palabras.  Cómo puede reclamar a un hijo conductas poco éticas un padre al que sus hijos han visto hacer de todo por evadir el pago de impuestos, el pago de una multa, o tratar de saltarse un paso burocrático absurdo pero requerido, para lograr una meta. Si somos mediocres los adultos, ¿cómo podemos esperar que los jóvenes y los niños no lo sean? Tienen el trabajo más importante de la vida: ayudar a formar a otro ser humano. Sus hijos un día tomarán las riendas de su familia, y algunos de la nación. Pongamos fin a esa cultura de la mediocracia que conlleva la falta absoluta de modales, de la más elemental cortesía, de valores fundamentales. Si tratamos despectivamente a quienes tienen menos que nosotros, si ignoramos las más elementales reglas de cortesía, si actuamos con prepotencia como si nos mereciéramos todo, ¿qué ejemplo damos a nuestros hijos?   Y luego nos quejamos que los burócratas nos traten como si nos hicieran un favor después de hacer una larga cola para obtener un sello.

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El no cambiar nos condenará a vivir y prolongar esa crisis de valores, estimado lector. Empecemos por ser corteses con todo el mundo. La cortesía hacia los demás implica respeto hacia la persona. El respeto inspira a la decencia, la decencia refleja ética que a su vez, implica excelencia. Quien quiere actuar correctamente, tiende a buscar la excelencia.   Quizás le suene difícil de seguir, pero en realidad, es muy fácil.  Si todos decidimos actuar correctamente, finalmente tendremos una sociedad responsable y con sentido ético. Todos hablamos de poner nuestro granito de arena, y me permito sugerir que empiece por usted mismo.

Quizás mi sugerencia les suene sosa o simplista, pero si lo piensa, la responsabilidad cívica y la búsqueda de la excelencia inician con la persona individual y la familia. Queremos políticos mejores, seamos mejores ciudadanos. Queremos gobiernos responsables y éticos, empecemos por serlo en casa. La mediocracia ha sido nuestra eterna compañera, y ahora que hemos tocado fondo, sin llegar a un punto extremo como Venezuela, es el momento de cambiar. Amigo lector, finalmente, si lo analiza, tenemos la oportunidad de construir un sano patriotismo, civismo real, profundo sentido del deber hacia la patria y de inculcarlo a nuestros hijos y nietos. Para servir a Guatemala, para servir a nuestro prójimo, no necesitamos vestir un uniforme o volvernos servidor público; basta con realizar todas nuestras acciones en forma ética y ser coherentes con el ejemplo.   De esa forma, podremos exigir lo mismo de quienes elijamos para conducir los destinos de nuestro país en cada administración, en cada cargo público.

Todo este razonamiento me lleva al punto conclusivo de la postulación de candidatos. Si nuestra sociedad es más tipo Corea, una sociedad que exige excelencia y responsabilidad, quienes aspiren a ocupar cargos públicos deben demostrar su idoneidad para hacerlo. Debemos reforzar las instituciones que monitorean la responsabilidad del servidor público, y las que velan porque quienes se postulen llenen las cualidades y posean la calidad personal necesaria para servir al país. Esto implica comprobar la veracidad de cuanto ponen en su currículo, incluyendo si declaran haber ejercido alguna actividad productiva. Importante también es conocer quienes financian las campañas, de donde provienen los fondos contribuidos. Lo mismo debe repetirse con quienes circundan al candidato, incluyendo los postulados a diputado, a alcalde, a concejal, etc. Quien quiera que esté por ocupar un cargo de cierto nivel, y especialmente si manejará fondos del Estado o contratos con éste, debe pasar por este acucioso escrutinio.

Exijamos, pero hagamos y empecemos por casa. ¡Prediquemos con el ejemplo! Sólo entonces tendremos el gobierno que deseamos, pero será un reflejo de nuestra sociedad, y por ende, lo mereceremos.

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