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Eligiendo carrera a los 18. ¿Estamos listos?

Redacción
10 de abril, 2016

Este año ingresaron entre 60 y 70 mil nuevos estudiantes a una de las 15 universidades autorizadas en el país, conformando parte de los poco más de 310 mil alumnos universitarios en Guatemala. Esto representa cerca del 12 por ciento de la población entre 18 y 24 años, una de las tasas más bajas de cobertura de la educación superior en Latinoamérica. La tasa neta de cobertura en el ciclo diversificado es de aproximadamente 23 por ciento, lo cual quiere decir que aproximadamente 1 de cada 2 de los escasos graduandos no siguen una carrera universitaria. De los universitarios, aproximadamente la mitad de los estudian en la Universidad de San Carlos, un poco más de la tercera parte está repartida entre tres universidades y el resto repartidos entre las otras 11 universidades.

Algunos estudios indican que en el país existe una oferta de entre 900 y mil carreras universitarias, siendo las más populares las carreras de Humanidades (tales como Filosofía, Pedagogía, Letras y Arte), Ciencias Jurídicas, Sociales y Económicas. Las ciencias exactas son las menos atractivas para los estudiantes y carreras innovadoras han surgido, tales como emprendimiento, mecatrónica, ciencias forenses y balística, producción audiovisual y artes cinematográficas y otras con nombres llamativos. Según algunos informes, muchos estudiantes cambian de carrera después de terminar su primer año de estudios al darse cuenta que la carrera elegida no era lo que esperaban. Muchos eligen su carrera universitaria basados en la percepción de bajo contenido matemático, para luego darse cuenta que – aunque algunas carreras, tales como ingeniería, requieren un conocimiento más profundo de contenidos matemáticos, la Matemática es esencial en todas las carreras pues desarrolla el pensamiento crítico y razonamiento lógico.

Es iluso pensar que – con un abanico tan amplio de opciones de carreras universitarias – a los 18 años la mayoría de jóvenes tenga claro a que se querrán dedicar durante su vida laboral. Tener que elegir una profesión para “casarse” con ella a tan corta edad puede resultar en una pérdida de tiempo y productividad para los universitarios. Algunos se darán cuenta de esto durante su carrera y se cambiarán a otra que les guste más y muchos más se quedarán estudiando una carrera con la cual no se sienten satisfechos, convirtiéndose en profesionales que no disfrutan de su trabajo o eligiendo oficios totalmente ajenos a su preparación profesional. De esa cuenta conozco abogados que en vez de ejercer el derecho resultan siendo comerciantes, constructores o artistas, médicos que ejercen como educadores, ingenieros que se convierten en vendedores y muchas otras disonancias entre preparación universitaria y oficio. Para el país es una pérdida que estos profesionales no tienen la preparación idónea para el oficio que deciden ejercer y quienes ejercen la carrera estudiada, aunque no les guste, corren el riesgo de convertirse en profesionales mediocres. Las estadísticas no consideran que, no solo tenemos una baja tasa de cobertura en educación superior, sino que peor aún, estamos graduando profesionales que no necesariamente están preparados para ejercer eficazmente el oficio al que se dedicarán.

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Me pregunto entonces si es razonable tener que elegir una profesión a los 18 años. ¿No sería mejor dar oportunidad a que los jóvenes experimenten durante su último año de diversificado o bachillerato en distintos campos para que tengan un mejor criterio para elegir su carrera? ¿Qué tal sería que su primer año de universidad lo dedicaran a estudios generales que fueran aceptados en cualquier carrera, dándoles oportunidad de conocer un poco más de diversas temas para que puedan elegir mejor? No implico que no existan personas que a los 18 años o antes ya tengan claro a que se quieren dedicar en su vida profesional, pero que la sociedad – aquí y en muchas partes del mundo – nos obligue a elegir a tan corta edad a que nos dedicaremos durante nuestra vida profesional no lo considero del todo justo.

Se me viene a la mente un ejemplo que rompe estas reglas: en Israel, al graduarse de nivel medio, la mayoría de jóvenes asiste al ejercito: 3 años para los hombres y 2 años para las mujeres. Al terminar el ejército muchos dedican un año para viajar por Europa, Asia o Latinoamérica e ingresan a la universidad a los 21 o 22 años de edad. Para ese entonces tienen un nivel de madurez superior a los jóvenes que ingresan la universidad a los 18 años; han tenido experiencias que les permiten tener más claro su futuro profesional e incluso, han tenido oportunidad de salir de su capullo y viajar por el mundo. De los adultos israelís entre 25 y 64 años, el 85% han terminado la universidad.

No pretendo comparar la educación superior en Guatemala con la de Israel. Las diferencias de ambos sistemas educativos son abismales y las características sociales de ambos países incomparables. Sin embargo, la referencia me permite notar que en el momento de elegir su carrera, el joven israelí ya ha desarrollado una madurez que puede darle una ventaja para elegir más asertivamente la profesión que ejercerá durante su vida laboral y por ende, al trabajar para lo que se preparó le permitirá ser más efectivo y tener una vida profesional más feliz. ¿Qué es lo que sería más productivo para la sociedad guatemalteca? La respuesta no está en estos cortos párrafos, pero quiero dejar esta inquietud, pues considero que muchos solo seguimos los esquemas que conocemos o que se nos presentan sin cuestionarlos.

Barry R. Chiswick, economista y profesor de la Universidad George Washington dijo: “En una economía estática, lo que uno aprende cuando joven le sirve para toda la vida. En una economía dinámica, por el contrario, el aprendizaje necesita adquirirse en forma constante a lo largo de la vida”.  

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