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Privados de libertad

Redacción
01 de septiembre, 2016

El otro día, escuchando Libertópolis®, se discutía respecto a la terminología utilizada por los medios de comunicación, para ser “políticamente correctos”.  Se hablaba de la necesidad de llamar a las cosas por su nombre.  Yo agregaría: ¡y en chapín! 

Uno de los términos era “privados de libertad”, para referirse a los presos.  Y me quedé pensando sobre esto, llegando a la conclusión que los privados de libertad somos nosotros, no ellos.

Veamos… Un elevado porcentaje de extorsiones proviene de las cárceles.  El constante robo de celulares en la calle es precisamente para eso. Como consecuencia, ya no nos publicamos en el directorio telefónico (páginas blancas). Esto pareciera trivial, pero no lo es.  Nos han privado de nuestra libertad de aparecer publicados para que otros nos encuentren.  El temor es demasiado grande.

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Los presos gozan de muchos privilegios: además de teléfonos celulares, tienen televisores, refrigeradoras, ventiladores, acceso a comida rápida y servicios diversos. Se supone que no pueden tener eso.  Nosotros, los que estamos “libres”, trabajamos mucho para tener cada una de esas cosas.  Libremente las adquirimos, deseando que no entren a nuestras casas o negocios y se las roben.

Muchos presos entran y salen de la cárcel, con total descaro y, por supuesto, con complicidad de  las autoridades carcelarias.  Nosotros entramos y salimos de nuestras casas con temor, tomamos medidas de seguridad para disminuir el riesgo de ser asaltados, no bajamos las ventanas de nuestros vehículos para que no nos asalten.  Quienes utilizan el transporte público, van aterrorizados porque, en cualquier momento, se suben los asaltantes y se llevan las pocas pertenencias y dinero que llevan. Cuando llegamos a nuestro destino, damos gracias a toda la corte celestial, asaltados o no, pero vivos.

Las tiendas de barrio, y muchas farmacias, tienen barrotes desde el techo hasta el suelo.  Las casas tienen barrotes en todas las ventanas y hasta en las puertas.  Tenemos dos chapas en cada puerta, de esas duras, de marcas extranjeras, pues son las más “seguras”.  Y me vuelvo a preguntar, ¿quiénes viven tras las rejas?

¿De quién es la culpa? Del desastroso, corrupto y colapsado sistema de seguridad y justicia en Guatemala. Sí, estoy llamando a las cosas por su nombre.  No es un “sistema deficiente”, “con pocos recursos”, “mal administrado”.  Ya estamos cansados del uso de terminología, por parte de los gobernantes, que induce a pensar que las cosas no están tan mal y que, con más impuestos, lo van a mejorar.   

En lo que va del año han recuperado más de mil millones de quetzales de empresas evasoras.  O sea, ya tienen recursos que serían muy útiles para reforzar la seguridad en las cárceles y, de esa forma, evitar que los presos tengan libertades.  Por eso son presos.  No las deberían tener.

Mientras tanto, empezamos a celebrar las fiestas de independencia, recordando del dichoso día en que nos emancipamos de quien era, en ese entonces, la madre patria.  Ahora tenemos otra, pero ese es tema para otro día.

República.gt es ajena a la opinión expresada en este artículo

 

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