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El síndrome del fraude y el fraude a secas

Carmen Camey
09 de agosto, 2017

Hace algunos años se empezó a hablar del síndrome del fraude o síndrome del impostor. Se trata del miedo secreto que tienen algunas personas a no ser buenos en lo que hacen y que por lo tanto les lleva a pensar que el éxito del que disfrutan es inmerecido.

El síndrome del fraude está relacionado con el éxito: las personas que lo padecen tienden a ser perfeccionistas y a trabajar más para suplir lo que creen que no saben. “No soy un escritor. Me he estado engañando a mi mismo y a otras personas”, escribió John Steinbeck en 1938. Por otro lado, aquellos que no dudan nunca de sus habilidades tienen más probabilidades de ser verdaderos fraudes. Los verdaderos impostores no padecen del síndrome del impostor. Existe otro sesgo cognitivo llamado el “efecto Dunning-Kruger”: básicamente, cuando a las personas se les pide una autoevaluación de su IQ, aquellas que puntúan más alto se devalúan mientras aquellas que están por debajo del promedio tienden a sobrevaluarse. Es decir, los incompetentes sobreestiman sus habilidades y carecen de la metacognición para darse cuenta de su error: son demasiado ignorantes para caer en la cuenta de su propia ignorancia.

Volviendo al síndrome del fraude, quienes son verdaderos fraudes no pueden padecerlo porque su propia estupidez les impide darse cuenta de su ignorancia, con lo cual tienden a pensar que están haciendo un buen trabajo. El términos filosóficos diríamos que el error es auto ocultante, a diferencia de la mentira que requiere de la verdad para poder ser mentira. Quien miente sabe que miente, pero quien se equivoca cree que está en lo correcto. Es por eso que muchas veces el error y la ignorancia son casi más peligrosas que la mentira. Si no lo creen intenten convencer a un tonto de que está equivocado.

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Y ahora a lo que quería llegar: este problema cognitivo se torna incluso más grave cuando aquellas personas que lo padecen adquieren posiciones de poder. En Guatemala estamos gobernados en gran medida por personas que se ven afectadas por el efecto Dunning-Kruger y que por lo tanto son incapaces de darse cuenta del fraude que mantienen. Esto es grave porque elimina las posibilidades de diálogo real (alguien intente explicarle a un #CicigLover, con sticker en el carro incluída, la injerencia de Iván Velázquez en los asuntos internos de Guatemala o la caza de brujas ideológica que estamos viviendo).

Lo más difícil es que al ser un sesgo cognitivo no hay manera de solucionarlo: quienes no tienen grandes capacidades seguirán creyendo que son el non plus ultra, incapaces de caer en la cuenta de sus errores y manteniendo, por lo tanto, al resto del país con ellos en su fraude. La única solución posible es que empecemos a elegir mejor a quienes nos representan. Quizás también a convencer a aquellos que tienen la suficiente capacidad para reconocer su ignorancia de que las cosas hoy en día, a pesar de las buenas intenciones y de las esperanzas puestas en el cambio, no se están haciendo de la mejor manera y que si de verdad queremos un cambio profundo en Guatemala, esto tiene que cambiar.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo

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