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El método literario de Ayn Rand

Warren Orbaugh
29 de mayo, 2018

Ayn Rand afirmó que decidió ser escritora, no para salvar al mundo, sino que por la simple y sencilla razón de la felicidad que le producía crear el tipo de hombres y eventos que podría admirar y respetar. La clave de su método literario en sus novelas, dijo, consiste en el principio aristotélico de representar las cosas ‘como pueden y deben ser’. Y este principio que es la esencia del concepto de literatura de Rand es lo que hizo de sus novelas una excepción destacada dentro de una tendencia de Naturalismo en el género. Sus novelas son al mismo tiempo una continuación de la tradición Romántica y una separación de la corriente de esa tradición, pues son Romántico-realistas. Son Románticas porque se ocupan con valores, con lo esencial, con lo abstracto, con lo universal en la vida humana y con la proyección del hombre como ser heroico. Son “Realistas” porque los valores que selecciona pertenecen a esta tierra y a la naturaleza actual del hombre, y porque los asuntos que trata son aquellos que son cruciales y fundamentales en nuestra época. Sus héroes no son gladiadores de la Roma antigua o caballeros de la Edad Media que tienen sus aventuras en reinos imposibles, sino que arquitectos, ingenieros, científicos, industriales, empresarios, hombres que pertenecen a la tierra y que actúan en la sociedad actual.

El propósito principal de sus cinco novelas –Ideal, Los que Vivimos, Himno, El Manantial, La Rebelión de Atlas– no fue la conversión filosófica de sus lectores (aunque todas tienen un tema filosófico principal), sino que proyectar y hacer real los caracteres que son los héroes de sus libros. El deseo de hacer visible al hombre ideal fue lo que la llevó a escribir las novelas, y la necesidad de definir lo que hace posible a un hombre ideal, la llevó a formular el contenido filosófico de esas novelas:

“Tuve que [crear un marco filosófico propio], porque mi visión básica del hombre y de la existencia estaba en conflicto con la mayoría de las teorías filosóficas existentes. Para poder definir, explicar y presentar mi concepto del hombre, tuve que volverme una filósofa en el sentidoespecífico del término.” [Ayn Rand. For the New Intellectual, Prefacio, New York, 1961].

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Por su naturaleza, toda obra de arte hace visible en una imagen concreta, ya sea implícita o explícitamente, una metafísica, una visión de la existencia, del hombre y de su relación con ésta. Para ser exacto, proyecta un corolario emocional de una metafísica, lo que Rand llamo ‘sentido de vida’. Puede presentar la imagen de un sentido de vida malevolente o un sentido de vida trágico o un sentido de vida heroico o un sentido de vida benevolente, de acuerdo a la visión básica del artista de la realidad, según su estado psicológico, consciente o subconsciente. En toda obra de arte, por la naturaleza del proceso creativo, es inescapable la expresión implícita de alguna  estimación de la existencia y del lugar del hombre en ésta, de algún sentido de vida. Para bien o para mal, intencionalmente o no, cada obra de arte, por ser una recreación selectiva de la realidad de acuerdo a los juicios de valor metafísicos del artista, es una confesión psicológica. Por medio de lo que el artista elige presentar nos dice: “Esto es lo que yo considero es importante –importante para incluirlo y para que otros lo perciban– este es el mundo como yo lo veo, esto es lo que verdaderamenteinteresa.”

La visión que el artista tiene del mundo determina el sujeto que elige presentar y cada detalle de cómo lo presenta, determina el “qué” y el “cómo” de su trabajo. Muestra su estimación metafísica por medio de lo que elige incluir u omitir, lo que elige enfatizar o ignorar –por medio del sujeto que elige, de los aspectos particulares que enfatiza, de los atributos en que se enfoca. Puede hacer una escultura del hombre como un dios Griego o como una monstruosidad deforme Oriental; como un héroe físicamente perfecto, haciendo uso de su raciocinio, deliberando y prestándose a actuar correctamente aun cuando la condición le es adversa, como el David de Miguel Ángel Bounarroti, o como una deformidad irreal, irracional, agresiva y punzante, como el Hombre-cacto nº 1 de julio González. Puede pintar un bodegón de frutas de forma que exprese un sentido de vida benevolente, radiante, iluminado, como los de Caravaggio, o presentarlo de manera que exprese decadencia, corrupción y un sentido de un destino fatal, como las cintas de Sam Taylor Wood. Un escritor puede elegir presentar como sujeto de su enfoque la inteligencia, habilidad, integridad y el propósito de alcanzar grandes valores, o la mediocridad, depravación, impotencia, desesperanza, sufrimiento y derrota. El artista puede elegir incluir un mensaje filosófico explícito o no, pero el mensaje esencial de toda obra de arte, sin importar si el artista se lo propuso conscientemente o no, es la concretización de un sentido de vida. Y lo que proyecta es un estimado metafísico de la existencia del hombre, aunque ese estimado sea sólo en la forma de una emoción, de lo que “siente que es correcto” en su proceso creativo. Por lo mismo revela un tipo de carácter, de psicología y de visión del mundo –la suya.

El arte trata con valores y la elección del artista es sólo que tipo de valores va a presentar en su obra. El arte trata con la esencia de las cosas y la elección del artista consiste sólo en que considerará como la esencia de las cosas, que tipo de sentido de vida va a proyectar. ¿Es el genio o el psicópata el que debe tomarse como el representativo del hombre? ¿Es la eficiencia o la impotencia la característica fundamental de la relación del hombre con la existencia? ¿Es el éxito y la felicidad o la derrota y la miseria lo que constituye la esencia de la vida?

Así como en cada obra de arte hay una confesión psicológica, también la hay en cada respuesta estética. Uno responde estéticamente a aquello que refleja y confirma su propio sentido de vida. Aquello que nos causa placer y gozo en la obra de arte es el indicador más elocuente de nuestros valores fundamentales y sentido de vida o filosofía. Si uno disfruta leyendo sobre hombres íntegros, hábiles y de fuertes convicciones morales, y si uno se aburre con historias de hombres impotentes, maliciosos, débiles y depravados, uno revela tener un cierto tipo de espíritu. Por el contrario, si uno disfruta las historias de hombres impotentes, depravados y maliciosos, y se aburre al leer sobre hombres íntegros, hábiles y de fuertes convicciones morales, uno revela otro tipo de espíritu. El deleite artístico no es “cuestión de gustos”, sino que un asunto de visión metafísica.

Ayn Rand proyecta consciente, deliberada, explícita y filosóficamente en sus novelas un sentido de vida impoluto, sin mancha alguna por la tragedia o por cualquier otra implicación de catástrofe metafísica o destino fatal. Su esencia es una visión clara y eminentemente benevolente de la existencia, un sentido de un universo al que el hombre pertenece, un universo en donde son posibles para el hombre, el triunfo, la alegría y el florecimiento, y aunque no le están garantizados, son asequibles por la eficacia de su propio esfuerzo. Con los novelistas Románticos del siglo XIX, como Víctor Hugo, comparte Rand la visión del hombre como un ser volitivo, con libre albedrío, cuyas acciones no están determinadas por el destino ni por los dioses ni por trágicas fallas genéticas ni por la sociedad, sino que por los valores que ha elegido. Pero se diferencia de esos escritores en los valores particulares que considera apropiados para el hombre, y por tanto, difiere en su visión de la naturaleza de la vida del hombre en la tierra.

Continuará.

República es ajena a la opinión expresada en este artículo