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El método literario de Ayn Rand, 12a Parte

Warren Orbaugh
21 de agosto, 2018

En mi artículo anterior vimos como Rand muestra que el propósito del esnobismo intelectual, este juego nihilista, es destruir la honestidad y autoestima de sus víctimas. Por medio de la destrucción de la capacidad de evaluar objetivamente el mundo y de admirar lo superior, las víctimas de esta perfidia, se ven reducidas a la condición pre-ilustrada de inmadurez, que mina la voluntad y el coraje de usar su entendimiento sin la guía de otro. Una vez logrado esto, espera el victimario que resulte sencillo convertirse en su guía y guardián. La pregunta entonces es: ¿por qué están teniendo éxito los destructores de la civilización en este juego macabro? La solución la encuentra Rand en el concepto de “la aprobación de la víctima.”

Con la publicación de “La Rebelión de Atlas” en 1957, Rand presenta su propio sistema filosófico, el Objetivismo. El gran problema de su vida, el dilema de la persona racional en una sociedad irracional, enferma, queda resuelto a su satisfacción por fin. El concepto de “la aprobación de la víctima”, no sólo resuelve la cuestión, sino que le provee el instrumento temático clave para su más grande novela: la huelga de los hombres de la mente.

Como logro intelectual, “La Rebelión de Atlas” es la obra superior de Rand. Presenta con una claridad impresionante una filosofía nueva y radical. Ilustra las implicaciones prácticas de las ideas filosóficas a todo nivel, desde la ontología a la epistemología a la ética a la política a la economía y a la estética.

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Estilísticamente se aparta de “Los que Vivimos” y del “Manantial”, en que construye la trama usando la técnica que usó en “Himno”, creando una obra más abstracta, conceptual y simbólica. Los Estados Unidos de la novela, aunque tiene ciudades reconocibles como Nueva York y Filadelfia, no tiene presidente sino que “Jefe de Estado”, ni Congreso, sino que una “Legislatura Nacional”. La mayor parte de países del mundo son comunistas y se refiere a ellos como “Estados del Pueblo”. El relato se da en una época indeterminada, con características de una depresión como la de los años treinta con calles llenas de mendigos y pordioseros; con una estructura económica como la de finales del siglo XIX, con grandes empresas industriales de un solo dueño manejadas por sus fundadores; con un nivel tecnológico y costumbres sociales de los cincuenta; y con un ambiente político, lleno de regulaciones y corrupción que anticipa nuestros días.

En comparación con sus otras obras, “La Rebelión de Atlas” contiene una gran cantidad de símbolos: Atlas, Prometeo, La Antorcha de Wyatt, el Hombre que pertenece a la Tierra –una referencia a Nietzsche– el Signo del Dólar, la escultura de Nat Taggart, el motor de Galt, etcétera.

“La Rebelión de Atlas” es una novela de misterio, maravillosamente construida que entreteje el homicidio, no del cuerpo humano, sino del espíritu, con temas filosóficos. El lector se ve confrontado con una serie de eventos que parecen incomprensibles al principio: el mundo parece moverse hacia su propia destrucción, en una forma que nadie puede identificar ni por razones que puedan entender. Francisco d´Anconia, un brillante ingeniero industrial, ha abandonado todo propósito productivo para convertirse en un mujeriego inútil y despreciable que despilfarra su fortuna y tiempo en fiestas. Richard Haley, un gran compositor, después de años de dedicación, trabajo arduo y lucha, renuncia a su carrera en su noche triunfal. Empresarios que han trabajado duro para crear sus negocios y fortunas, como Midas Mulligan, Ellis Wyatt y Ken Danagger, se retiran sin dar explicaciones. Hugh Akston, el famoso filósofo, deja su posición en la universidad y elige trabajar como cocinero en una cafetería. Ragnar Danneskjöld, un pirata, anda suelto en los mares, atacando y asaltando barcos de ayuda del gobierno. Los restos abandonados de un nuevo tipo de motor que podría revolucionar la industria energética, es encontrado entre una pila de chatarra en una fábrica abandonada. Y en la oscuridad creciente de una civilización que se desmorona, en momentos de desesperación e incredulidad, la gente pregunta: ¿Quién es John Galt? –sin saber lo que significa ni de donde se originó.

La obra carece de pistas falsas, por lo que el misterio ha de resolverse por medio de la detección filosófica, identificando las implicaciones de la evidencia presentada. Cuando el lector llega finalmente a la solución, después de descubrir el significado y la necesidad inescapable de toda la evidencia que se le ha presentado, comprende, en retrospectiva, como ésta es simple y auto-evidente.

Al lector no se le ofrecen afirmaciones arbitrarias que debe creer por fe. Por el contrario, se le ofrecen hechos y evidencias, y se le incita a que usando su razón interprete la información presentada. Rand coloca al lector en la misma situación que la gente de la novela, que observan los eventos alrededor de ellos, tratando de entender sus causas y significado, y conocen la verdad completa sólo cuando han visto suficiente evidencia para formar un juicio bien razonado.

Los discursos filosóficos en la novela no se encuentran sobrepuestos arbitrariamente en la narración, sino que Rand los coloca como una parte integral y necesaria de la trama. Son necesarios para el drama y la resolución final de la historia. El discurso del vagabundo que fuera alguna vez trabajador de la Twentieth Century Motor Company, no es solamente una disertación abstracta sobre la perfidia de la consigna: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, sino que una declaración arrancada a un hombre que ya no soporta permanecer en silencio sobre el evento crucial que suscitó todos los acontecimientos subsiguientes en la historia. El discurso de Francisco d´Anconia sobre el dinero, en la boda de James Taggart, es el intento de éste por liberar a Rearden, dándole las armas intelectuales que necesita y que en última instancia lo llevan a la huelga. El discurso por la radio de John Galt resulta necesario para explicar al mundo la naturaleza y causa del desastre en el que ha caído, y establecer las condiciones para que los huelguistas suspendan el paro y retornen. Y, no hay ninguna idea expresada en los discursos, que no sea ilustrada por los sucesos de la novela. Toda idea, toda cuestión y todo conflicto intelectual en la novela, se dramatiza al ser presentada en términos de acción y de las consecuencias prácticas a las que conducen.

A pesar de lo tremendamente compleja que es su estructura, presentando el colapso de toda una sociedad, la novela involucra las vidas, acciones y fines de numerosos personajes, desde empresarios industriales, ingenieros, científicos, artistas, burócratas, a intelectuales, granjeros, líderes sindicales y trabajadores en los túneles de Taggart Transcontinental. Y cada uno con sus acciones y eventos tienen un propósito dramático y filosófico. Todos están integrados unos con otros. Nada es superfluo, nada es arbitrario, nada es accidental. Conforme se desarrolla la historia, proyecta lo inevitable y lo irresistiblemente lógico.

Un ejemplo de la integración y unidad en el propósito del libro se puede ver en la presentación de Eddie Willers en el primer y último capítulo de “La Rebelión de Atlas”. Willers es el asistente personal de Dagny Taggart en Taggart Transcontinental. Representa lo mejor del hombre promedio: es honesto, honrado, sincero, responsable, diligente, laborioso, y limpio. Es una persona concienzuda de habilidad limitada. Al final de la historia su destino queda deliberadamente indeterminado, no sabemos si sobrevivirá o no. Si alguien viene a rescatarlo, vivirá. Si nadie viene, morirá. El significado de este pasaje es que los hombres como Eddie pueden funcionar productiva y felizmente en un mundo donde los Hank Reardens y Dagny Taggarts sean dejados libres para actuar de acuerdo a su mejor juicio. Pero los hombres como Eddie no tienen ninguna oportunidad en un mundo regido por los colectivistas.

Al principio del libro, encontramos a Eddie caminando hacia la terminal de Taggart, que es pare él, el símbolo de la civilización y de todo lo que ama. Percibe que hay algo malo y ominoso en el mundo, que no puede identificar y que amenaza, de forma inexplicable, a Taggart Transcontinental. Recuerda de pronto, una conversación que tuvo de niño con Dagny, donde ella le preguntó que querría hacer cuando fuese mayor. Y se le vino a la cabeza su respuesta:

“«Lo que sea correcto,» y añadió, «Tu deberías hacer algo grandioso…quiero decir, los dos juntos.» « ¿Qué?» preguntó ella. Él dijo, «No lo sé. Eso es lo que tenemos descubrir. No sólo lo que dijiste. No sólo negocios y ganarnos la vida. Cosas como ganar batallas, o salvar gente de incendios, o escalar montañas.» « ¿Para qué?» preguntó ella. Él dijo, «El sacerdote dijo el domingo pasado que debemos siempre tratar de alcanzar lo mejor dentro de nosotros. ¿Qué supones sea lo mejor dentro de nosotros?» «No lo sé.» «Bueno, tendremos que averiguarlo.» Ella no respondió; estaba mirando los rieles del tren.”

[Ayn Rand. Atlas Shrugged. Signet, New York, 14].

En el último capítulo de la novela, Eddie Willers se encuentra solo en medio de una pradera desolada, a bordo de un tren de Taggart, varado y estancado. Los pasajeros y el personal, lo han abandonado. Se han ido en carretones. Eddie rehúsa abandonar el tren, el símbolo de la civilización que ha perdido. Mientras, frenético intenta en vano arrancar la máquina, recuerda las palabras de conversación infantil con Dagny. Es la regla aristotélica de tripartición. La táxis u orden o esquema tripartito compositivo ‘a b a’. Como una sinfonía con una obertura, cuyo tema se establece, se desarrolla y se lleva a su conclusión en el movimiento final:

“Estaba halando la bobina de alambres, las estaba juntando y separando –mientras la súbita sensación de rayos solares y pinos seguían atrayendo los rincones de su mente. – ¡Dagny! Se oyó gritando silenciosamente – ¡Dagny, en el nombre de lo mejor dentro de nosotros!… Estaba tirando bruscamente en vano palancas y un acelerador que no tenía nada que mover… ¡Dagny! –Le gritaba a una niña de doce años en un claro iluminado por el sol en el bosque– ¡en el nombre de lo mejor dentro de nosotros, debo arrancar este tren ahora!… Dagny, eso es lo que era… y tú lo sabías entonces, pero yo no… tú lo sabías cuando te volviste a ver los rieles… Yo dije, ‘no negocios o ganarse la vida’… pero, Dagny, negocios y ganarse la vida y aquello en el hombre que lo hace posible –eso es lo mejor dentro de nosotros, eso era lo que había que defender…”

[Ayn Rand. Atlas Shrugged. Signet, New York, 1071].

Continua.

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