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Homo emprendedor

Roberto Carlos Recinos-Abularach
28 de octubre, 2020

Aquel falso debate en torno a si el ser humano es por naturaleza egoísta o social queda ya desactualizado. Se percibe que ello es, a estas alturas de la evolución del pensamiento occidental, una racionalización más ideológica que crítica. Sabemos ahora, gracias a los aportes de la economía conductual y la psicología social, que el ser humano se mueve por motivaciones asociativas tanto como lo hace por instintos de preservación personal. Lo que encontramos no es un choque, sino una fusión de fuerzas en principio contrapuestas.

Verán, el ser humano es un animal económico, racional, con motivaciones para maximizar su propio interés y es, a la vez, un animal político que busca impactar su entorno y transformar su realidad circundante – ambas dimensiones coexisten con la misma fuerza, en equilibrio. Y es allí, en un lugar muy cerca del centro de esta dialéctica en donde encontramos las cualidades esenciales del animal emprendedor.

El homo emprendedor es aquella persona que ha entrenado su mente para identificar oportunidades donde otros solo pueden ver problemas. Un emprendedor propone soluciones, articula, desatasca, habilita y, sobre todo, crea plusvalía material e inmaterial que enriquece sus circunstancias y avanza su civilización. Y lo hace como modelo de vida, no como una mera estrategia de negocios. Y ese es precisamente el problema con muchas políticas de emprendimiento lanzadas con bombos y platillos por algunos gobiernos, que se agotan en el análisis frío y seco de números de negocios nuevos y se pierden lo que realmente informa: el estatus de la cultura de innovación.

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¿Cuántas soluciones creativas se proponen habitualmente a todo tipo de problemas humanos?; ¿cuánto está dispuesto a arriesgar un ciudadano promedio para poner en marcha una idea productiva?; ¿cuánto incentivo ofrecen los andamiajes económicos en lugar para realizar inversiones o actividades emprendedoras?; ¿cuántas casas de estudio forman a sus jóvenes en temas y técnicas para emprender? Este es el tipo de preguntas que toda nación que busca ser emprendedora debe contemplar con algún sentido de urgencia.

Si me permiten, voy a regresar un poco.

La semana pasada el gobierno presentó su plan económico para el país, el cual se formuló en torno a 5 pilares, tres expresos y dos implícitos. Los expresos los conocemos: estimular la creación de empleos, ser atractivos para el inversionista extranjero y fortalecer el producto nacional. Los implícitos quizás los hayamos observado menos detenidamente. El primero es saber reconocer y aprovechar el poder blando del país, es decir, tener la habilidad de exportar la imagen de Guatemala y sus ciudades más icónicas como destinos turísticos de clase superior, plazas idóneas para la inversión inteligente y morada feliz para un retiro completo. Esto se lograría con una estrategia de marca-país o marcas-ciudad compuestas de símbolos e historias y está siendo muy bien trabajada, ahora mismo, por el INGUAT en coordinación con el Ministerio de Economía y las municipalidades locales.

¿El segundo? Fortalecer la cultura de emprendimiento.

El gobierno sabe que las sociedades más prósperas son las sociedades más libres, y que, a su vez, las sociedades más libres son sociedades profundamente emprendedoras. Por eso, desde hace más o menos una década se han venido pensando estrategias para fomentar el emprendimiento en Centroamérica, para hacer de ello toda una cultura. Una política fue formulada en 215 y una ley fue sancionada en 2018. Todo ello con el objeto de hacer de Guatemala y sus vecinos regionales, países emprendedores. Esto implica altas tasas de actividad comercial y de oferta de servicios, sistemas registrales y de propiedad intelectual efectivos y dinámicos y emprendimientos que sobrevivan habitualmente a sus fases de incubación, que escalan y crean numerosos empleos para familias de clase media. Países como Canadá, Taiwán, Estados Unidos, Suecia o Noruega lo tienen claro y fundamentan sus políticas de crecimiento económico en el impulso emprendedor de sus habitantes, en un contexto de libre mercado que no es solo nominal. Guatemala está lista para incorporarse al primer mundo de una vez por todas y podría empezar imitando algunas de las buena prácticas que estos países amigos han echado a andar.

Cierro con una idea muy estimulante que le escuché decir a Tony Malouf, Ministro de Economía, la semana pasada, cuando coincidimos en un evento en Antigua. Expresó, en algún momento de su ponencia, lo siguiente: “Es que no hablamos de reactivación, pues la economía no está muerta. Hablamos de recuperación económica, acercándonos a los números de la vieja normalidad; hablamos de transformación económica, diversificando nuestra actividad económica, innovando y modernizando nuestra cultura de intercambio; y hablamos de despegue económico, apuntándole a un horizonte renovado: emprendedor, productor y exportador”.

Es con ese optimismo crítico y ese ánimo conquistador que bautizo este recuadro y esta columna, pues en la medida en que nos adentremos a la nueva normalidad con sus nuevas exigencias, se demandará de nosotros también nuevas actitudes, aptitudes y competencias acorde a nuestros tiempos: las del todo un Homo emprendedor.

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