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La incesante búsqueda de la paz

Carolina Castellanos
30 de abril, 2021

Pareciera una tarea inalcanzable pero, aún así, cada uno de nosotros buscamos mantener la paz en nuestro metro cuadrado: familia, amigos, trabajo, vecindario, etc. Sabemos que la perfección es imposible y la permanencia aún más, pero eso nos mantiene activos y en la lucha.

Una paz “firme y duradera” como la que se dijo al firmar los acuerdos con la guerrilla era una falacia desde el inicio. Más allá de la imposibilidad de permanecer en pazpor la diversidad de intereses, las intenciones de los guerrilleros distaban mucho de mantenerse firmes con los compromisos adquiridos.

De esa cuenta, aún vivimos anhelando esa paz que nos permitiría producir libremente, transitar sin limitaciones por toda nuestra bella Guatemala, generar empleos en abundancia al poder iniciar cualquier negocio lícito y, con eso, tener una calidad de vida digna.

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Hace más de veinte años, los guerrilleros locales e internacionales encontraron la forma de continuar viviendo del conflicto. Los países “cooperantes” empezaron a enviar cientos de millones de dólares y euros para que las poblaciones “desplazadas, marginadas, discriminadas y pobres” pudieran reconstruir su vida. Sin embargo, el surgimiento de infinidad de oenegés, por medio de las cuales se lograría tan anhelado deseo de quienes realmente fueron afectados duramente por el conflicto, fue el vehículo para continuar la guerra.

Estamos viviendo una lucha sin armas. El objetivo se supone que ha sido reducir la discriminación hacia los pueblos indígenas. Sin duda alguna aún hay discriminación pero me atrevo a decir que mucho se debe a esos pocos que generan caos, bloqueos, destrucción, asesinatos y cuanta cosa para mantener su lucha. Un grupo de indígenas decidió vivir del resarcimiento destruyendo, engañando y manipulando. Estos pocos mantienen viva la discriminación.

Hoy vivimos la guerra de cuarta generación, o de pronto es la tercera o la quinta. No importa el número sino el daño que está haciendo a la estructura de nuestra sociedad. La justificación dejó de ser la lucha por los indígenas desplazados, la discriminación y la pobreza. Ahora es por la inclusión de quienes son “diferentes” a la mayoría de la población mundial. La comunidad LGBTIQ (la cantidad de letras ha ido en aumento) es la supuesta causa. Los vividores oportunistas encontraron la forma de “dignificar” a aquellos que eran rechazados por la sociedad. Los millones fluyen nuevamente, comprandovoluntades de políticos, académicos y medios de comunicación para lograr esa “anhelada inclusión” que no hace más que causar rechazo hacia toda la comunidad.

Reconozco que esa discriminación hacia es real, así como fue (y lo sigue siendo, aunque muy reducida), hacia los pueblos indígenas. Pero la “lucha” de esas pocas personas que se sienten diferentes por su inclinación sexual llegó a extremos. La imposición del uso de términos, destrucción del lenguaje y los discursos políticos que han llegado hasta la entrega de los Óscares ®, tiene que ser la norma. Si no se cumple, las marchas, destrucciones, ataques, insultos y demás, son incalculables. Por supuesto, el dinero que les llega es abundante.

Nuevamente, al igual que sucedió con los pueblos indígenas, los miembros de la comunidad LGBTI son rechazados por tanto destrozo que han ocasionado. En Guatemala no hemos vivido esto, aún, pero vemos cómo sí se han destruido sociedades en Estados Unidos y Europa. Nuevamente, un grupo de esta comunidad decidió vivir destruyendo, engañando y manipulando, afectando al resto que solo quiere vivir en paz.

¿Qué tenemos hoy? Pérdida de empleos, subdesarrollo,destrucción de cultivos, manipulación de medios de comunicación, compra de voluntades de los políticos de turno y dictámenes ideológicos de magistrados que cierran proyectos mineros y apapachan a los vividores que lo exigen porque aducen que dañan el ambiente.

¿Cómo salir de esto? No podemos resolver el mundo ni sus tendencias provocadas por inadaptados y vividorespero sí podemos incidir en nuestro entorno. Somos responsables de no discriminar a nadie por ninguna razón. Podemos resistirnos al uso de términos despectivos y los ahora llamados “inclusivos”. Tratar a todos con la misma dignidad con la que queremos que nos traten es sabiduría pura. Y, definitivamente, luchar en nuestro metro cuadrado para revertir esas tendencias que están destruyendo nuestra forma de vida.

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