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A propósito de doña Consuelo Porras

Y mientras no se presenten otras evidencias en su contra, creo como hombre y como huésped agradecido en este país que le debo ésta mi oficiosa defensa.

 
Armando De la Torre |
20 de abril, 2022

No tengo vela alguna en ese entierro prematuro de ella que algunos le quisieran hacer.

Pero el artículo de opinión de José Rubén Zamora, la semana pasada sobre tal personaje me saca de mi modorra y quiero hacerle aquí algunas acotaciones.

Creo que todavía todos pagamos en Guatemala los efectos de aquel intento de mejorar la administración de justicia en este país mediante la cesión inconsulta de su soberanía a principios del siglo XXI.

Me refiero a la CICIG, que a mi juicio hizo muchísimo más daño a Guatemala que lo que los guatemaltecos mejor educados han podido percibir y que nos han conducido a una o más simplificaciones, según puntos de vistas ideológicos, de los problemas seculares muy complejos que han afectado a este país.

Aquí parto del supuesto de que es preferible cualquier gobierno calamitoso pero genuinamente propio y tolerante de opiniones adversas que otro impuesto a distancia desde cualquier meridiano o paralelo que nos sea ajeno.

Y no me creo ser en esto prejuicioso sino más bien muy realista.

Hoy Guatemala se dispone a elegir a fines de mayo un nuevo Fiscal General. Yo arrastro desde hace mucho tiempo un prejuicio al respecto: el que de una función como esa, cual tal, dependa enteramente la salud de la justicia en todo el ámbito nacional.

Y creo sinceramente que aunque este país ha tenido logros muy impresionantes desde la Revolución Liberal del siglo XIX, aún se mantiene lamentablemente más subdesarrollado que muchos otros en el sector justicia.

Esto último solo lo afirmo tentativamente sujeto a cualquier previsible objeción de algún eminente jurista como la del por mí muy respetado y admirado Alejandro Maldonado Aguirre.

Tal fenómeno, por supuesto, lo han percibido con mayor o menor claridad los muy diversos movimientos políticos e ideológicos en esta tierra que todavía tengo como la de “la eterna primavera”.

Dicho esto me concentro en el punto clave que quiero tocar: el impacto histórico de la actual Fiscal General doña Consuelo Porras.

Ante todo todavía la creo una profesional honesta, víctima tal vez sin saberlo de los apasionamientos ideológicos de la Guerra Fría –y a ratos caliente– que han tenido lugar en este trópico de las Américas posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Este conflicto algo tardío, ha sido demasiado dilatado, tal como aquellas ya lejanas guerras religiosas de la era anterior a las de los nacionalismos del siglo XIX.

Por eso creo que doña Consuelo se ha visto envuelta en conflictos que en lo personal le han sido ajenos y que a su tiempo la han reducido más bien al papel de víctima que de victimaria.

No creo por lo tanto que nos sirva de algo personificarla como supuesta responsable de los errores de muchos otros en el terreno de la justicia. Pues el tejido social es más complejo, dinámico y hasta disruptivo que lo que cualquier simple testigo del mismo puede comprender.

Conocí brevemente a doña Consuelo a propósito de una gestión en pro de la Liga ProPatria a los pocos días de instalada en su muy delicado cargo de Fiscal General de la República.

La encontré en ese entonces una señora digna, respetuosa, y muy profesional en todas sus actitudes. También muy preocupada por los procesos engorrosos de la justicia en este país y de los retardos injustificables de su impartimiento.

No he tenido ningún otro contacto con ella, pero sí he visto por eso mismo con tristeza el trato hostil a que ha sido sometida por personas e instituciones de mi muy particular aprecio. Y confieso que no me explico del todo esa animadversión hacia ella, en particular cuando tengo en cuenta que solo gracias a ella, por primera vez, el Ministerio Público ya se ha hecho institucionalmente y físicamente presente en todos los municipios del país.

Aquí en especial me permito aludir a algunos funcionarios de los Estados Unidos que, al igual que su Presidente, han dado reiteradas pruebas de su ineptitud al pretender terciar en este caso tan propio solo de los guatemaltecos.

En primer lugar, por ejemplo, tengo en mente a Todd Robinson, por todos nosotros, testigos de su paso por este país, muy bien conocido.

En segundo lugar, a nadie menos que al demasiado locuaz Secretario General de la Naciones Unidas, Antonio Guterres.

Y en tercero, al novato Secretario de Estado en Washington D.C. Anthony Blinken así como a otros a sus órdenes no menos entrometidos que operan desde el recinto de la Embajada por todos conocida en el Paseo de la Reforma.

Encuentro en nuestra Guatemala de hoy una tendencia exagerada a sobrevalorar todo lo negativo que nos viene desde Washington D.C. Y por la misma razón me pregunto: ¿Con qué derecho pretenden proyectar tantas sombras sobre este país los agitadores imperiales desde Washington D.C.? ¿Acaso pretenden reeditar el “Big Stick” de otros tiempos de Teodoro Roosevelt? ¿Les agradaría a ellos que algún funcionario indiscreto de este país exteriorizara públicamente su desaprobación hacia el ejemplo tan corrupto del nada menos que hijo del Presidente en ejercicio de los Estados Unidos Hunter Biden?

Por cierto, “Zapatero a tus zapatos”, reza un sabio refrán castellano. Y aquí en la vida pública de Guatemala no necesitamos de ningún zapatero de habla inglesa improvisado para mejorar nuestro calzado, ya sea en nombre de los Estados Unidos o de las Naciones “supuestamente” Unidas.

De regreso al caso de doña Consuelo: desconozco no menos la entera realidad de un supuesto plagio doctoral que se le atribuye. De ser así, entonces sí la creería definitivamente inhabilitada para ejercer el cargo de Fiscal General.

Todas otras objeciones que algunos otros le adjudican las creo muy debatibles.

Y mientras no se presenten otras evidencias en su contra, creo como hombre y como huésped agradecido en este país que le debo ésta mi oficiosa defensa.

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