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No caiga otra vez en la trampa, presidente

Carlos Alberto Montaner
23 de enero, 2022

Hace unos días, señor Díaz-Canel, Dimitri Peskov, el portavoz ruso, lo dijo cándidamente: “Pensamos en cómo garantizar nuestra propia seguridad”. Se refería a unas declaraciones de Sergei Riabkov, vicecanciller ruso, en las que, a media lengua, amenazaba a USA con instalar tropas y misiles en Cuba y Venezuela si la OTAN continuaba asediando a Rusia o suministrándole armas a Ucrania. 

Su función, presidente (y la del señor Maduro en Venezuela) no es garantizar la seguridad rusa, sino el bienestar de los cubanos (y los venezolanos). Algo que está mucho más allá de sus posibilidades reales de actuación, mientras no cambien el sistema productivo que padece ese pobre país, pero, al menos, les puede ahorrar a nuestros compatriotas la amargura de otra derrota y la zozobra de perder la vida inútilmente. 

Por esa misma razón, en octubre de 1962 estalló la “Crisis de los misiles” en Cuba. Usted era muy pequeñito y no sabe cómo ocurrieron los hechos.  La URSS quería apuntar al corazón de Estados Unidos, pero John F. Kennedy puso en pie de guerra a su país y se dispuso a pelear si no le quedaba otro remedio. 

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En aquella oportunidad Fidel Castro le envió un telegrama cifrado pidiéndole al Premier ruso que bombardeara con armas nucleares preventivamente a Estados Unidos. Nikita Kruschev le respondió que era un insensato (algo que los cubanos sabíamos de sobra) y desechó su loca iniciativa. Cuba hubiera quedado sin sobrevivientes y en un hueco humeante y radioactivo durante medio siglo. Era un final operático para un loco de atar que gravitó incesantemente sobre los cubanos.

Entonces yo vivía en Miami, tenía 19 años, y me llevé a varias docenas de jóvenes cubanos al ejército norteamericano con la promesa de que desembarcaríamos en Cuba. El Dr. “Tony” Varona, al regreso de Washington, donde se entrevistó con asesores de JFK, me lo aseguró a mí, y yo les repetí sus palabras a los muchachos. Varona era uno de los jefes de la resistencia, ex Primer Ministro de la Cuba democrática, y una persona fundamentalmente honrada. Tenía un hijo preso en Cuba tras el desembarco en Bahía de Cochinos”. 

Afortunadamente, eso no sucedió. Todos hubiéramos muerto. Los coroneles soviéticos -había 40,000 soldados rusos en Cuba- contaban con armas nucleares tácticas que podían utilizar a discreción. Eso se supo muchos años después. Las hubieran lanzado contra nosotros, lo que hubiera generado en corto tiempo una guerra atómica entre la URSS y USA.

Incluso, hubo un episodio en el que no hizo falta el enfrentamiento directo entre el ejército de Estados Unidos y las tropas soviéticas acantonadas en Cuba para prender la chispa. Tiempo después del incidente, se supo que un submarino soviético rompió el cerco de la marina de EE.UU durante la “Crisis de Octubre”. Estaba dotado de una carga nuclear que hubiera hecho añicos un portaviones y su flotilla de ataque, dato que ignoraban los norteamericanos.

Los norteamericanos le lanzaban cargas para que saliera a la superficie. El submarino había perdido el contacto con su base y no sabía si la guerra ya había comenzado. De acuerdo con las reglas para lanzar un ataque, los tres oficiales al mando debían estar de acuerdo: el capitán, el primer oficial y el segundo. El capitán y el primer oficial pensaban que ya habían comenzado los combates, pero el segundo, llamado Vasili Arkhipov, no creía en esa posibilidad. Las cargas de la marina norteamericana, según su análisis, que resultó correcto, iban dirigidas a amedrentar al submarino y no a destruirlo. De manera que persuadió a sus dos compañeros de que no contraatacaran. Fue un héroe del que nada se supo hasta muchos años después.

En 1962 el marxismo-leninismo era, realmente, una opción vagamente creíble. Nikita afirmaba que en 10, 20 o 30 años la URSS estaría a la par de USA. Los soviéticos habían inaugurado la era espacial con el Sputnik y “el poder de los soviets más la electricidad”, como quería Lenin, estaba dando buenos resultados, especialmente tras la devastación de la Segunda Guerra mundial. Había zonas urbanas que crecían al 10% anual. 

Pero era una cuestión de ignorancia. Bastaba con leer el libro titulado Socialismo: un análisis económico y sociológico, escrito por Ludwig von Mises en 1922 (redactado seguramente para Lenin, entonces en su apogeo), sobre el fracaso del sistema de precios en el socialismo, y cómo acabaría produciendo una monstruosa distorsión que haría totalmente imposible el cálculo económico. No obstante, en 1962 no era necesario acudir a la lectura o al análisis teórico. Era suficiente comparar los resultados de las dos Alemania para saber lo que ocurriría en uno y otro sistema al cabo de unos años.

En fin, señor Díaz-Canel, Putin está jugando con candela y se va a quemar. Los británicos les han vendido a los ucranianos cientos y cientos de armas de última generación, de esas que se disparan desde el hombro contra los tanques y las piezas de artillería. Estonia sirve para hacerle llegar a Kiev los misiles Spikes de Israel contra la aviación. Para dirigir la presunta guerra USA ha instalado su cuartel general en Albania, el más antisoviético de los exsatélites. Francia, Inglaterra y USA garantizan que Rusia no van a utilizar las ojivas nucleares. La OTAN con Biden está funcionando razonablemente bien. ¿Para qué usted se va a meter en esa guerra, presidente? Es una tumba para Rusia. ¿Quiere que lo entierren en ella?

El tamaño de la economía rusa es, grosso modo, el de Italia, pero los italianos son menos de la mitad de la población de Rusia. Putin está incurriendo en el mismo error que sus antecesores. Ven que poseen la nación más grande de la tierra (el doble, aproximadamente, de USA o China) y de ahí deducen que pueden desarrollar un imperio. En 1991 se vio que era “Bangladesh con misiles”, como solía decir la diplomática estadounidense Jeane Kirkpatrick. Sólo un 32% de los rusos quieren revitalizar el imperio. El 68%, presumiblemente, desea vivir mejor. Como los cubanos, señor Díaz-Canel. Los cubanos quieren perseguir sus propios sueños y no los de los líderes. ¿Cuándo usted aprenderá la lección, presidente?

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