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No me ayudes, compadre

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Warren Orbaugh
13 de febrero, 2024

El contenido en la sección de Opinión es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la postura o la línea editorial de República.

 

No me cabe duda de que los diputados que quieren intervenir en el mercado de tarjetas de crédito lo hacen con las mejores intenciones de proteger a los consumidores. Pero su ignorancia del mercado en cuestión sólo hará que su intromisión perjudique a aquellos que pretenden beneficiar. 

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El mercado que pretenden regular es el mercado de tiempo. Este surge porque la mayoría de las personas prefieren tener bienes ahora que más tarde. Todo ser humano, en igualdad de circunstancias, prefiere conseguir sus fines cuanto antes. Es decir, valoran más los bienes presentes que los bienes futuros. Si alguien desea un automóvil, prefiere tenerlo ahora que, dentro de cinco años, que es el tiempo que le tomará ahorrar el dinero para adquirirlo.  

Sin embargo, la intensidad con que valoramos más el presente que el futuro varía de unos seres humanos a otros. En efecto, dentro del mismo individuo puede variar esa preferencia temporal según cambien sus circunstancias. El hecho de que las personas valoren con intensidad diferente más el presente que el futuro hace surgir múltiples posibilidades de intercambios mutuamente beneficiosos. Aquellos que valoran muchísimo más el presente que el futuro estarán deseosos de cerrar intercambios con otras personas que si bien valoran más el presente que el futuro, no lo hacen con una intensidad tan grande. Quien valora mucho más los bienes presentes estará dispuesto a ofertar a cambio de esos bienes, más bienes en el futuro.

Es decir, el que tiene una mayor preferencia temporal, para obtener bienes presentes ofrece a cambio a quien tiene una menor preferencia temporal, más bienes futuros por éstos. Quienes ofertan bienes presentes, renunciando a su consumo presente, a cambio de más, aunque no mucho más, o mejores bienes en el futuro, se denominan ahorradores o capitalistas. De esta manera, quienes demandan bienes presentes renuncian a la propiedad de unos bienes que terminarán de producir en el futuro a cambio de una menor cantidad de ellos hoy. Entonces quien desea tener el dinero para comprar un automóvil hoy, pide o demanda la cantidad que necesita a los ahorradores, ofreciendo pagar por ella una cantidad adicional de dinero. Surge entonces “el mercado de tiempo”. 

De la misma manera que sucede con los otros bienes en el mercado, donde se establecen precios por el acuerdo entre ofertantes y demandantes, el mercado de tiempo da lugar a un precio que se denomina “interés” y que se expresa normalmente en forma de porcentaje, de los bienes presentes en función de los bienes futuros, que recoge la tasa social de preferencia temporal. A esa tasa o precio de mercado tienden a igualarse la cantidad que se demanda de bienes presentes con la cantidad que se ofrece por parte de los ahorradores de bienes presentes. El tipo de interés es el precio de mercado de los bienes presentes en función de los bienes futuros determinado en el mercado de tiempo. 

El precio del tiempo o interés bruto se compone del interés puro u originario producto de la oferta en el mercado, más la prima de riesgo que depende del historial de confiabilidad del comprador, más el previsible cambio del poder adquisitivo de la moneda. Si el Estado, coercitivamente impone una prima de riesgo menor a la del mercado, el oferente del bien en cuestión, es decir, de tiempo, dejará de ofertar a aquellos clientes cuyo riesgo previsto no pueda ser cubierto por la negociación. Así que los buenos diputados, lo único que conseguirán, es dejar sin tarjeta de crédito a jóvenes que empiezan a laborar y crear su historial crediticio y a aquellos para quienes esa tarjeta pudiera auxiliarlos en un caso de emergencia al no disponer de dinero suficiente en el momento en que se necesita, es decir, en el presente inmediato. 

La intervención del Estado en los precios del mercado siempre los distorsiona para mal. Es una lección que como sociedad ya deberíamos haber aprendido. 

Así que por favor, no me ayudes compadre. 

 

El autor de esta columna es Warren Orbraugh.