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Libros: La Uruguaya, de Pedro Mairal

Gabriel Arana Fuentes
04 de junio, 2017

Extracto del libro La Uruguaya, de Pedro Mairal:

Me dijiste que hablé dormido. Es lo primero que me acuerdo de esa mañana. Sonó el despertador a las seis. Maiko se había pasado a nuestra cama. Me abrazaste y el diálogo fue al oído, susurrado, para no despertarlo, pero también creo para evitar hablarnos a la cara con el aliento de la noche. —¿Querés que te haga un café? —No, amor. Sigan durmiendo. —Hablaste dormido. Me asustaste. —¿Qué dije? —Lo mismo que la otra vez: «guerra». —Qué raro. Me duché, me vestí. Les di mi beso de Judas a vos y a Maiko. —Buen viaje, me dijiste. —Nos vemos a la noche.

—Andá con cuidado. Tomé el ascensor hasta el subsuelo del garaje y salí. Estaba oscuro todavía. Manejé sin poner música. Bajé por Billinghurst, doblé en Libertador. Ya había tráfico, sobre todo por los camiones cerca del puerto. En el estacionamiento de Buquebús un guarda me dijo que no había más lugar. Tuve que volver a salir y dejar el auto en una playa al otro lado de la avenida. La idea no me gustó porque a la noche, cuando volviera con los dólares encima, iba a tener que caminar esas dos cuadras oscuras, bordeando la vía muerta.

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En el mostrador del check in no había cola. Mostré el documento. —¿El rápido a Colonia? —me preguntó el empleado. —Sí, y el ómnibus a Montevideo. —¿Vuelve en el día con el buque directo? —Sí. —Bien… —me dijo mirándome un poquito más tiempo de lo normal. Imprimió el pasaje, y me lo dio con una sonrisa de hielo. Le evité la mirada. Me incomodó. ¿Por qué me miró así? ¿Podía ser que estuvieran marcando y metiendo en una lista a los que iban y volvían en el día? Subí por la escalera mecánica para hacer Aduana. Pasé la mochila por el escáner, di vueltas por el laberinto de sogas vacío. «Adelante», me dijeron. El empleado de Migraciones miró el documento, el pasaje. «A ver, Lucas, párese frente a la cámara por favor. Perfecto. Apoye el pulgar derecho… Gracias.» Agarré el pasaje, el documento y entré en la sala de embarque. Estaba toda la gente formando una larga fila. Por el ventanal vi que el buque hacía las últimas maniobras de amarre. Pagué el café y la medialuna más caros del mundo (una medialuna pegajosa, un café radioactivo) y los devoré en un minuto. Me sumé al final de la fila y escuché a mi alrededor unas parejas brasileras, unos franceses, y algún acento de provincia, del Norte, quizá de Salta. Había otros hombres solos, como yo; quizá también iban por el día a Uruguay, por trabajo o a traer plata. La fila fue avanzando, caminé por los pasillos alfombrados y entré al buque. El salón grande, con todas esas butacas, tenía algo de cine. Encontré un lugar junto a la ventana, me senté y te mandé el mensaje: «Embarcado. Te amo». Miré por la ventana. Ya estaba aclarando. El espigón se perdía en una neblina amarilla.

Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde: «Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las 2?» Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo de seo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.

Digo «la idea» porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalina ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails… En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasvasábamos en el otro.  No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas.

El buque zarpó. La dársena fue quedando atrás. Se veía un pedazo de la costa, se adivinaba apenas el perfil de los edificios. Sentí un alivio enorme. Irme. Aunque fuera un rato. Salir del país. Sonaban por el parlante las normas de seguridad, en castellano, en portugués, en inglés. Un salvavidas debajo de cada asiento. Y al rato: «Informamos a los señores pasajeros que ya se encuentra abierto el Freeshop». Qué genio el que inventó esa palabra, freeshop. Cuantas más restricciones le ponen al comercio, más nos gusta esa palabra a los argentinos. Una extraña idea de libertad.

Ahí estaba yo viajando a contrabandear mi propia plata. Mis anticipos de derechos de autor. La guita que iba a solucionar todo. Hasta mi depresión y mi encierro, y el gran «no» de la falta. No puedo porque no tengo plata, no salgo, no mando la carta, no imprimo el formulario, no voy a preguntar a la agencia, no destrabo la bronca, no pinto las sillas, no arreglo la humedad, no mando el currículum, ¿por qué? Porque no tengo plata”.

*Fragmento del libro La uruguaya (Emecé), © 2017, Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México para República.gt.

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