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Historias Urbanas: Rescate del peluche

A la nena se le zafó el muñeco de peluche y aunque trató de recuperarlo, su mamá le dio otro tirón para que no la atropellaran.

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Invitado
12 de febrero, 2023
Rescate del peluche. Entrevista conmigo mismo. Literatura, música, historia y asuntos cotidianos, hallará en el blog dominical de José Vicente Solórzano Aguilar.

Todo comienzo de año viene acompañado por trámites y esperas. Si me cansa el libro y estoy en el tercer o cuarto piso de la institución, con vista a la calle, me pongo a ver por la ventana. Me gusta contemplar los edificios, las carros y los buses a escala como si fueran maquetas en movimiento. Así observé esto que ahora voy a contarles.

El semáforo de la esquina no sirve. La gente tiene que esperar buen rato a que se abra suficiente espacio entre auto y auto para cruzar de una orilla a otra. A veces, un conductor frena, prende las luces intermitentes y permite que los grupos acumulados en cada lado prosigan su camino. Los peatones más osados se lanzan al frente, hacen señas con la mano derecha para que no los pasen aventando y consiguen llegar a salvo a su destino.

Me fijé en una señora ataviada con su huipil, suéter y refajo, acompañada por un varoncito y dos niñas de distintas edades. Los mayores llevaban sus mochilas a las espaldas y la más pequeña cargaba su muñeco de peluche. No distinguí si era un osito u otro animal, mi vista no es tan aguda.

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En eso se agarraron todos de la mano y atravesaron la calle a todo correr. A la nena se le zafó el muñeco de peluche y aunque trató de recuperarlo, su mamá le dio otro tirón para que no la atropellaran. El muñeco quedó tirado cerca de la otra orilla, expuesto a las llantas de los carros, los camiones, los picos, las páneles y las motos. Debieron pasarle encima varias veces.

La niña no se resignó a la pérdida. Vi que la familia se quedó esperando a que alguien alzara el muñeco del suelo. Llegó un hombre bien abrigado. Observó el muñeco, se fijó que le hacían señas desde el otro lado para que los ayudara. Estiró la pierna derecha para alcanzar el peluche y por poquito no se lo pasa trayendo un picop. Lo alzó en señal de triunfo y del otro lado me pareció que los niños saltaban de la alegría.

En eso llegó mi turno, pasé al escritorio donde me atendieron y estaba apuntado que no me quedaría con la duda acerca del final de la historia. La madre y sus niñas estaban a cuatro o cinco pasajeros de distancia en la cola para subir al transmetro. Los patojos se divertían: «lo pasaron atropellando y le rompieron una pierna». El peluche era un caballito rosado, con las crines y las colas pintadas de morado. Las huellas de los neumáticos resaltaban en la pierna izquierda.