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Ser hijo de…

Redacción
18 de septiembre, 2016

En este mes está de moda hablar de libertad. Sin embargo, no solo no vivimos en un país auténticamente libre, sino que no lo somos del todo como seres humanos individuales.
Tan es así, que muchos ni siquiera son ellos mismos, sino son los hijos de…
José Manuel Morales Marroquín es “el hijo del presidente Jimmy Morales”.
César de Jesús Crisóstomo Barrientos Aguirre es “el hijo del magistrado César Barrientos Pellecer (QEPD)”.
Otto Fernando Molina Stalling es “el hijo de la magistrada Blanca Stalling”.
Roberto Barreda es “el hijo de Beatriz De León”.
¡Qué difícil es ser el hijo de…! Pero debe ser mucho más difícil ser el padre o madre en circunstancias tan peculiares como las que rodean a estos personajes y a muchos otros que han trascendido. El mismo magistrado Barrientos, tan querido y recordado por su trayectoria en el Organismo Judicial, se vio sumido en una terrible depresión que derivó en su muerte; y hoy vemos al mismo Presidente de la República, que suma una crisis más a su cuestionada Magistratura.
No me corresponde juzgar a ninguno de estos padres o madres, pero sí creo oportuno que sus casos nos lleven a reflexionar sobre la reconstrucción del concepto de familia y de la responsabilidad que supone la crianza en un contexto social como el que tenemos.
El 19 de marzo de este año, el papa Francisco hizo la Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, en Roma. En ella hace ver a los hijos “como brotes de olivo”. Cita que “si los padres son como los fundamentos de la casa, los hijos son como las piedras vivas de la familia”. Sin duda alguna, el Pontífice lanza a los progenitores un reto enorme.
¿Cómo hacer que esas piedras vivas edifiquen una mejor sociedad? ¿Cómo garantizar que los brotes de olivo no se sequen fuera del calor del hogar?
El mismo documento propone algunas opciones en su capítulo sobre la “Formación ética de los hijos”: “…Esta formación debe realizarse de modo inductivo, de tal manera que el hijo pueda llegar a descubrir por sí mismo la importancia de determinados valores, principios y normas, en lugar de imponérselos como verdades irrefutables”.
Lo anterior se traduce en dar la libertad de decidir, pero con un acompañamiento impulsado por el amor, no el acoso o la sobreprotección. Por esto me he preguntado muchas veces si es correcto juzgar a los padres por las acciones de los hijos… Mi conclusión ha sido en que algo falló en el proceso de inculcar el principio de libertad, o que en algún momento faltó la corrección fraterna y oportuna a la que llama el compromiso de ser cabeza de hogar. Sin embargo, no debemos apartarnos del hecho de que cada quien es responsable de sus propios actos.
Los padres somos el primer espejo en el que se ven reflejados los niños; a nosotros nos corresponde ayudarlos a formar su propia imagen y a llevarlos al mundo con una voluntad propia para actuar y decidir. Esta es una fase inicial del proceso en la que es necesario blindarlos y dar los primero pasos para moldear su criterio y enfrenten la segunda etapa: aquella en la que viven la presión de la sociedad y el bombardeo de factores exógenos. Es en este momento en el que, en muchas ocasiones, se cuestionan si lo recibido en casa es lo correcto o si existen “otras verdades”. “Tampoco es bueno que los padres se conviertan en seres omnipotentes para sus hijos, que solo puedan confiar en ellos, porque así impiden un adecuado proceso de socialización y de maduración afectiva”, dice la Exhortación.
El papa Francisco asevera: “La vida virtuosa, por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la educa, evitando que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y antisociales. Porque la misma dignidad humana exige que cada uno actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro”.
El documento papal tampoco olvida la importancia de la disciplina y de empujar esa voluntad a la responsabilidad por las propias decisiones: “Es indispensable sensibilizar al niño o al adolescente para que advierta que las malas acciones tienen consecuencias”. Y no solo consecuencias para quien comete la falta, sino para todo el núcleo familiar, sobre todo cuando nunca se deja de ser “el hijo de…”.

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