air-guitar-cronicas urbanas

En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Los pianistas Keith Jarrett y Roberto Fonseca suelen tararear mientras teclean su instrumento. Tocan y cantan para ellos, en plena incandescencia; gruñen, ronronean y susurran según les dicte su oído, al mismo tiempo que las notas liberan sus fogonazos en el pentagrama. Yo me imagino que eso demuestra su complacencia con lo que están haciendo, la recepción que reciben del público y la energía que aportan los demás músicos. Si callan, seguro es señal de que algo está fallando.

Lo mismo ocurre con varios de mis vecinos de oficina.

Se colocan sus audífonos, teclean los informes que deben presentar y de pronto empiezan los coros. Alguien fonetiza a partir de canciones en inglés. Otras se apasionan y comparten sus penas al unísono con Ana Gabriel, Alicia Villareal y Jenni Rivera (lamento la ausencia de Selena, todas sus canciones eran alegres aunque la letra se emparara en lágrimas). Alguno que otro percute tantos tambores sobre el escritorio como si se presentara con la Fania All Star en el club Cheetah de Nueva York, bajo la dirección del maestro Johnny Pacheco, y no falta quien se sienta arrebatado por el fuego del Espíritu Santo y clame por la segunda venida que tanto se espera y tarda tanto. Entonces me pregunto si estoy en la faena que demanda ocho horas diarias, más dos adicionales de transporte, o vine a dar a un estudio de grabación, cada sala ocupada por diferente orquesta o solista.

A veces me los encuentro en el transmetro. Van con sus audífonos modelo piloto aviador, sujetos a las barras para no caerse, con los ojos bien apretados, y acompañan a su artista favorito con los mismos movimientos de cabeza que caracterizaron a Ray Charles y Stevie Wonder. Están en plena libertad, se les nota el gozo y no les importa la indiferencia que los rodea o la mirada reprobatoria (interrumpen mi lectura) que puedan recibir.

Se toleran; son el equivalente de la air guitar o guitarra invisible que todos los aficionados al rock practicamos desde la más tierna infancia (que nadie lo niegue) y conservamos hasta bien avanzada la adultez (que nadie lo oculte). La guitarra invisible es como el canto aficionado: en cualquier momento viene y tenés que tocarla. Todavía me acuerdo de la mirada desconcertada que me dirigió mi amigo el fotógrafo Iván De León cierta ocasión que me acompañó a comprar discos allá por la zona 10. Me acordé del riff principal de “Ride The Lightning”, de Metallica, saqué los acordes y cuando lo voltié a ver lo noté extrañado, como preguntándose si yo estaba enfermo; más tarde me comentó que mis movimientos le dieron miedo. Desde entonces opté por la práctica en privado, donde no atemorice a nadie y santos en paz.

Apenas se puede vivir de la música en Guatemala, y menos ahora con las descargas de música gratuita que sigue ofreciendo la red, pero no deja de haber talento que necesita esculpirse. A lo mejor alguno de los aficionados demuestra tener buen oído, timbre vocal y condiciones para ofrecer espectáculos que merezcan aplausos, propinas, entrevistas en la radio y menciones en las secciones de espectáculos de los periódicos. Todo es cuestión de que un maestro sepa orientarlos.

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