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Meritocracia, cómo excelencia

Betty Marroquin
10 de agosto, 2016

El término meritocracia viene del sociólogo Michael Young, quién en 1958 publicó su libro The rise of the meritocracy. En él habla sobre la educación e igualdad, enfocadas desde la perspectiva de que el individuo es capaz de realizar lo que se proponga, porque tiene la capacidad mental para lograrlo.  Obviamente dentro de la lógica porque por ejemplo, a mí jamás se me ocurriría ser astronauta o  neurocirujano. Estamos de acuerdo que para que una sociedad sea realmente meritocratica, debe existir igualdad de oportunidades, pero no es sólo dar las oportunidades, es también que la gente las aproveche.   Cuando el individuo tiene ambición y persevera, logra sus metas. Recordemos que Guatemala, por ejemplo, ya tuvo un Presidente de origen humilde que se hizo abogado estudiando con veladoras y pasando grandes penurias, porque su madre era pobre y su padre se desentendió de él a temprana edad. Me refiero al Presidente Manuel Estrada Cabrera.

Hablamos todos los días de la ineficiencia que impera en el Estado, nos quejamos a diestra y siniestra, porque vemos claramente que salta a la vista la mediocridad, cuando bien nos va.  Decimos constantemente que se deriva de la falta de acceso a la educación, de la falta de recursos, de la malnutrición con que crecen nuestros niños, y eso justifica hasta cierto punto, lo que viven las comunidades en el interior del país y en zonas marginales de las áreas urbanas. En eso Rupert Murdoch tiene razón, no se puede tener una verdadera meritocracia si no todos tienen las mismas oportunidades de educación ya que no todos nacemos con las ambiciones de un Estrada Cabrera. Pero y ¿cuál es la excusa de nosotros los capitalinos, de nosotros los que sí hemos tenido acceso para ir a la escuela o al colegio, de quienes hemos pasado por la universidad? En realidad, en ciertos ámbitos nacionales, es inexcusable que no se aplique la meritocracia. Pero eso implica que cuestionemos quién merece qué, y por qué razones.  Debemos aspirar a premiar el mérito, no el apellido o el aspecto físico. 

Cuando trabajé en los Estados Unidos fui minoría por género, de raza y por edad, pero jamás hubiera querido que me contrataran por otro motivo que no fuese el estar absolutamente calificada para realizar el trabajo, para aportar valor agregado, para ser productiva.  El otro día escuchaba a una ilustre líder indígena protestar sobre la discriminación que sufren las mujeres indígenas para arribar a cierto tipo de empleo.  Conozco algunas señoras indígenas graduadas de la Universidad del Valle, por ejemplo, que son excelentes profesionales y estoy segura han sido contratadas por su capacidad y calificaciones, no por su raza.  Eso, es meritocracia.  A eso debiéramos aspirar todos. Si todos damos lo indispensable en el trabajo, sin dar un gramo más de lo exigido, en lugar de dar el cien por ciento, como bien podemos, ¿con qué boca nos lamentamos?

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Que Guatemala es aun eminentemente machista, si señores, es verdad les guste o no. Que en Guatemala muchos guatemaltecos ven a la mujer como útil para tres cosas que nada tienen que ver con su cerebro, también es verdad.  Que es difícil que a una la tomen en serio si no tiene un aspecto más severo, también es verdad. Pero no es ya la norma, gracias a Dios.  Existen cada vez más hombres que no ven a la mujer profesional como un objeto, con negatividad y que más bien han aprendido a apreciar lo que una mujer ejecutiva, una mujer con carácter y preparación, puede aportar a su equipo, a su empresa, por su capacidad.  Vemos mujeres empresarias que destacan, siendo además atractivas a la vista, pero que lo logran por lo que tienen en su cerebro.  Eso también es meritocracia.

 La mujer se puede desempeñar en el trabajo que sea, y me consta.  He visto mujeres estibadoras en los puertos, hace unas semanas vi una señora manejando una enorme grúa en un puerto en Costa Rica, he visto mujeres albañiles, y ya no digamos mujeres en las fuerzas especiales, bomberas o policías, mujeres piloto de avión de combate, mujeres que manejan mejor que muchos hombres, intrépidas y de buenos reflejos.  Vivimos en un mundo donde la mujer más y más asciende hasta los puestos más altos de liderazgo.  Eso último toca agradecerlo a dos de mis mujeres favoritas: Golda Meir y Lady Thatcher.  Y Guatemala si lo permitiéramos, tendría más mujeres como Thelma Aldana, porque no somos todas como Roxana Baldetti, Claudia Paz y Paz o Yasmin Barrios.  Pero que sea por mérito, no por raza, género o aspecto físico.  Como dice una mujer ejemplar, que sufrió abuso sexual de niña, que fue víctima de discriminación, que luchó contra todo por triunfar, me refiero a Oprah Winfrey: “Piense como una reina. Una reina no tiene miedo al fracaso. El fracaso, no es más que un paso hacia la grandeza”.  Y recordemos que es hoy día una de las personas más ricas, en todo sentido, del planeta.

Queremos una sociedad donde la gente sea responsable, que nuestros jóvenes tengan ambición de aprender y alimentar sus mentes con otra cosa que no sea Pokemon, que nuestras mujeres cocinen y que conste que en lo personal me encanta cocinar y lo veo como algo agradable, pero también puedan alimentar sus mentes con otra cosa que no sean nada más las telenovelas.  Señoras, queremos respeto, hagámonos respetar, pero no sólo por ser mujeres, o por el respeto que merecemos como seres humanos, sino también como trabajadoras responsables, como profesionales ejemplares. Demos lo mejor de nosotras, no sólo por nuestros hijos o por Guatemala, hagámoslo por nosotras mismas.  Es cuestión de auto estima, de amor propio, de orgullo personal. Querámonos a nosotras mismas, explotemos nuestro potencial, tracémonos metas, tengamos fe en nuestra capacidad y talento y en que si caemos, podemos volver a levantarnos con la frente en alto.  Con ello, les prometo que estaremos contribuyendo aún más a mejorar nuestra amada Guatemala.  Creo que Eleanor Roosevelt tenía razón cuando decía que “las mujeres son como las bolsitas de té; uno no sabe qué tan fuertes son hasta que las ponen en agua caliente”.

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