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La fatal arrogancia del gobierno de Cuba

Jose Azel
04 de agosto, 2020

A fines del 2010, el gobierno cubano expuso por primera vez en detalle su plan para revitalizar la moribunda economía del país. Dos componentes clave de este plan eran llevar a cabo el despido masivo de más de un millón de empleados estatales (dentro de una fuerza laboral de cinco millones), y permitir cierta cantidad de trabajadores por cuenta propia para absorber a los recién desempleados. 

La nomenclatura decretó que los despidos tuvieran lugar de inmediato, y que las actividades autorizadas se limitaran a una insólita combinación de, ni más ni menos, 178 oficios y ocupaciones que comprendían desde cuidar niños, lavar ropa y lustrar zapatos hasta reparar paraguas.  

No es de sorprenderse que, un año más tarde, el proceso esté atascado en una red de debates internos, así como de normas y reglamentos emergentes. El fracaso en la implementación de reformas radica en el pensamiento patológico de la élite gobernante. Es este pensamiento patológico el que el filósofo político y economista Friedrich A. Hayek describió en su influyente obra La fatal arrogancia: los errores del socialismo. Como Hayek explicó, la planificación central fracasa con consecuencias fortuitas e imprevistas, debido a que no se conocen todas las variables, o a que estas ni siquiera pueden ser conocidas por los planificadores centrales. 

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En esencia, el despido de los empleados estatales se ha suspendido, y ahora se supone que tendrá lugar en el transcurso de cinco años. Comisiones kafkianas de eficiencia determinarán el número “idóneo” de empleados para cada función, y luego otras comisiones decidirán quiénes deban ser despedidos. Incluso Granma, el diario oficial del Partido Comunista, se queja de “reunionismo”: el exceso de reuniones burocráticas.  

El proceso correspondiente a las actividades “fuera del sector gubernamental” (el gobierno cubano no es capaz de referirse a este como “sector privado”) resulta igualmente revelador. Recientemente, Granma anunció que el número de actividades autorizadas “fuera del sector gubernamental” se incrementaría de 178 a 181. Las tres nuevas actividades permisibles son: graniteros (instaladores de losas), planificadores de bodas y fiestas, y agentes de seguros. 

El Viceministro de Finanzas y Precios de Cuba (sí, existe un ministerio a cargo de los precios) también anunció que la actividad de granitero tendría que ser aprobada por las directrices de trabajo y por la oficina del Historiador de la Ciudad. Además, los burócratas decretaron que las tres nuevas actividades autorizadas serán gravadas a diferentes tasas fijas mensuales, de la siguiente manera: graniteros, 150 pesos cubanos, planificadores de fiestas, 300 pesos cubanos, y agentes de seguros, 20 pesos cubanos. La lógica aplicada (no explicada) por los planificadores de estos decretos fiscales se deja a interpretación del lector.

De manera similar, el Viceministro de Trabajo y Seguro Social anunció que los vendedores ambulantes de discos compactos digitales (CD) tendrán que esperar a que el Ministerio finalice y emita los reglamentos por escrito pertinentes a la venta de dichos artículos. 

Pese a este asfixiante ambiente normativo, los cubanos tratan de trabajar de forma independiente del Estado; según informes oficiales, alrededor de 326,000 trabajan como cuentapropistas. Una encuesta reciente llevada a cabo por la organización Freedom House indica que “aunque algunos cubanos se sienten desanimados por las incertidumbres que conlleva el trabajo por cuenta propia… muchos más dicen que es mejor trabajar por cuenta propia que para el gobierno”.

Al permitir ciertas actividades empresariales, el gobierno cubano pretendía crear nuevos puestos para los empleados despedidos. Para los mandarines, las cosas no están saliendo según lo planeado. Por ejemplo, el 73 % de las 69,000 mujeres que ahora trabajan por cuenta propia no figuraban  anteriormente en la nómina del gobierno. Además, muchos de los cuentapropistas realizan trabajos de subsistencia, lo que no genera una cantidad considerable de puestos adicionales. 

Otra desafortunada consecuencia de la arrogancia de la planificación central es la exacerbación de las tensiones raciales. Reflejando la composición racial de la diáspora cubana, la gran mayoría de los cubanos que reciben remesas del extranjero, y que tienen posibilidades para convertirse en trabajadores por cuenta propia, son blancos. Para poder trabajar por cuenta propia, es esencial tener acceso a dólares. Paradójicamente, los nuevos empresarios tienen que vender sus bienes y servicios en moneda nacional, pero están obligados a comprar los suministros en establecimientos del gobierno y en moneda convertible de Cuba. Muchos cubanos negros que no tienen acceso a las remesas de familiares en el extranjero, quedan rezagados a medida que aumenta la desigualdad de los ingresos.  

Es bastante arrogante creer, como creen los planificadores centrales, que una persona, un ministerio o un comité central pueden recopilar y comprender toda la información disponible para diseñar un sistema económico eficiente. Nadie puede conocer todos los recursos que pudieran emplearse en semejante plan.  

La tragedia del comunismo estriba tanto en su visión errónea de la forma en que funciona una economía como en su visión glorificada de sus propias capacidades racionales. La insolencia del gobierno cubano, de seguir cabalgando en el caballo intelectualmente muerto de la planificación central, es muestra evidente de su fatal arrogancia.  

El Dr. José Azel es Investigador del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos, Universidad de Miami, y autor del libro Mañana in Cuba