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Como dijo una vez Mafalda, «¿Y por qué este año que viene no iniciamos de una buena vez con la tan postergada construcción de un mundo mejor?»

Si hemos de iniciar de una buena vez la tan postergada construcción de un mundo mejor, debemos empezar siendo honestos, no fingir que la realidad es distinta de como es, y dejar atrás ese mundo absurdo que los insensatos e ignorantes quieren imponernos.

Warren Orbaugh
03 de enero, 2022

Para empezar, debemos usar nuestra razón para identificar la realidad, aplicar la lógica para construir nuestro conocimiento y hacer que prevalezca la verdad de nuestros juicios. Es decir, que lo que afirmemos o neguemos describa el estado de cosas. De esa manera podremos abandonar el disparatado mundo que los insensatos e ignorantes se empeñan tanto en imponernos.

Los insensatos e ignorantes no pretenden identificar y describir la realidad, sino crear una fantasía arbitraria con el propósito político de dividir a los ciudadanos en facciones, enfrentarlas, hacer que luchen entre sí, para destruir el estado de cosas y colocarse ellos en el poder. La visión del mundo que quieren vendernos no es una descripción del estado de cosas que nos sirva para tomar decisiones acertadas para vivir mejor, sino un medio para usar a las personas como objetos, para manipularlas con el propósito de alcanzar sus fines políticos.

Los insensatos e ignorantes desean destruir nuestra confianza en la razón como instrumento para identificar la realidad. Presionan para que aceptemos que las cosas no son lo que son – en violación total del principio de identidad. Procuran revertir el hecho de que el objeto de las ideas son cosas que actualmente existen en un mundo que es independiente y aparte de nuestras mentes – y que las ideas son sólo una evocación por parte del sujeto de un hecho objetivo – por la noción de que las ideas no describen el mundo, sino que lo construyen. Las ideas claras son aquellas que reflejan fielmente el orden objetivo del cual se derivan, mientras que las ideas poco claras, confusas, nos dan una representación distorsionada y falsa del mundo objetivo. Intentan pues, sustituir las ideas claras con una inundación de ideas confusas y falsas.

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Los insensatos e ignorantes recurren como medio para crear la confusión epistémica a la manipulación del lenguaje. La palabra es la forma sensual y material de la idea. La palabra es el símbolo audiovisual que nos permite identificar las ideas que identifican a la vez las cosas que existen. Nos permiten clasificar nuestras ideas o conceptos y así crear el conocimiento que refleja el mundo objetivo. El orden es el siguiente: primero está la cosa, luego la idea y la palabra que identifica la cosa. Si nuestras ideas son sanas en el sentido que fielmente describen el estado de cosas, serán comunicables con claridad si las palabras que las denotan las significan con precisión. Pero lo que desean estos desatinados es distorsionar el significado de las palabras hasta que signifique cualquier cosa menos lo que en realidad debieran.

Es hora de decir: «¡Hasta aquí! ¡Ya basta! ¡Ya basta de tanta tontería, tanto desatino, tanta insensatez! ¡Hay que decir “no” a las pretensiones disparatadas!»

¡No! La apropiación de una obra de arte como la Mona Lisa, pintándose unos bigotes (L.H.O.O.Q.), como hiciera Marcel Duchamp, no es arte.

¡No! Mierda envasada (de Piero Manzoni) y exhibida en el MOMA, no es arte.

¡No! Toda esa basura que la mafia compuesta por autodenominados expertos, curadores, marchantes y menestrales venden como “obras de arte contemporáneo”, y que es un excelente medio para lavar dinero, no es arte. Ninguna de éstas tiene técnica, ni composición, ni maestría, ni sentido.

Arte es la excelencia en la técnica de producir cosas contingentes aplicando con lógica y maestría el conocimiento científico, y en el caso que nos atañe, las cosas producidas son imágenes, por lo que  podemos definirlo como la excelencia en la técnica de producir imágenes bellas con sentido, siendo el sentido lo que el productor considera y valora como ontológicamente esencial para la reconstrucción crítica y selectiva de la realidad, aplicando con lógica y maestría el conocimiento científico de su disciplina – principalmente el que comprende al soporte formal de la obra: los materiales y sus cualidades, y la composición. ¡Basta ya de fingir que es arte aquello carente de excelencia en la técnica de producir, y que por tanto es un mamarracho, al que se le aplica ilógicamente y con incompetencia, conocimiento deficiente!

¡No! El hombre que se autodenomina mujer no es mujer. Y por tanto no debe competir en deportes femeninos, ni usar el vestidor de niñas, ni los sanitarios para damas. El que se le permita hacer estas cosas viola los derechos de la mujer a competir contra sus pares y a su privacidad. Y sólo les abre las puertas a los depravados para poder delinquir con impunidad. El ser hombre o mujer está determinado por la naturaleza, no por los deseos de persona alguna. Así como un hombre que se cree bombilla, o perro, o Napoleón, o niña de ocho años, no es otra cosa que hombre, el que se cree o siente que es mujer, no es otra cosa que hombre y no importa cuántas hormonas tome, su fuerza, rapidez y testosterona seguirán siendo superiores al de una mujer. ¡Basta ya de fingir que el transgénero es mujer y violar los derechos de las mujeres!

¡No! El uso, para dirigirse a un grupo de personas, usando “lenguaje inclusivo”, con el conjunto de términos “todos, todas, todes y todxs”, no es “incluyente” sino “excluyente”. Y dificultan el razonamiento lógico – lo que es su propósito, por supuesto.  

¿Cómo se puede hacer el siguiente razonamiento?: 

«Todos los hombres son seres racionales. José es hombre. Luego José es ser racional.» 

Al perder “todos” su universalidad debe interpretarse que el silogismo se refiere sólo a los varones. Las mujeres quedan excluidas. Así mismo los niños, las niñas, los homosexuales, los transgéneros, los transedades y aquellas variantes que pueda ocurrírseles a los insensatos ignorantes. De acuerdo con éstos últimos, si quisiéramos incluir a todos debiéramos decir: «Todos, todas, todes, y todxs los hombros, hombras, hombres y hombrxs, son seros, seras, seres y serxs racionalos, racionalas, racionales, racionalxs», lo que es un total sin sentido. Si en el mejor de los casos se quisiera poner algún orden a este barullo y dijéramos: «Todos los hombres, todas las mujeres, todes les transgéneres, y todxs lxs que sxn otrx cosx, son seros, seras, seres y serxs racionalos, racionalas, racionales y racionalxs».

¿Y qué significa “todos aquellos que son otra cosa”? Es un término totalmente indefinido. Incluye una mesa o una piedra, pues ambos son otra cosa que las enumeradas, y ¿debemos entender que son seres racionales? Evidentemente esta multiplicación de términos innecesarios hace imposible el razonamiento claro y preciso. ¡Basta ya de aceptar esta idiota transgresión de la gramática española! 

¡No! La conquista de América no fue por la lucha de unos malvados españoles – cuyos actuales compatriotas ibéricos según López Obrador deben pedir perdón por la conquista – contra los buenos indígenas, destruyendo su paradisiaca existencia. Esa es una fantasía arbitraria e ilógica que esgrimen los insensatos e ignorantes. ¿Cómo puede ser posible que Cortés con 580 soldados y 100 marineros doblegaran a los aztecas, que eran millones? ¿Cómo es posible que Alvarado con 480 soldados (180 a caballo y 300 de infantería) sojuzgara a miles de quichés? La derrota de aztecas y quichés se debió a la guerra de liberación que contra ellos libraron los tlaxcaltecas, quauhquecholtecas, cakchiqueles, y demás indígenas que vieron en la alianza con los castellanos la oportunidad de escapar del brutal yugo de sus opresores. (De ahí que los nombres de los departamentos en Guatemala son en náhuatl). 

¡No! La vida de los indígenas según sus costumbres ancestrales no era una ideal comunión pacífica entre ellos y la madre tierra. Lejos de ser una existencia idílica y paradisíaca, su vida estaba sometida a las costumbres ancestrales de los aztecas que consistían en exigir tributo a los pueblos por ellos dominados, en bienes, esclavos, y jóvenes, para ser sacrificados a sus dioses. Sacrificaban a miles de jóvenes, hombres, mujeres y niños, como se relata en las crónicas y se corrobora en las calaveras encontradas por los antropólogos. Masacraron a sus enemigos para mantenerlos oprimidos, matando a infantes y mujeres embarazadas, a quienes comían después, pues eran antropófagos. Los aliados de los castellanos, al igual que se hacía en todos lados, arreglaron matrimonios por conveniencia para afianzar sus pactos con estos: le dieron la princesa Tlaxcala María Luisa Xicoténcatl a Hernán Cortés, quien se la cedió a Pedro de Alvarado, y quien le dio dos hijos, Pedro y Leonor. Cortés tuvo con Malinalli (Malinche) un hijo llamado Martín. Ellos iniciaron el mestizaje que conforma la mayoría de hispanoamericanos.

¡No! La Malinche no fue una traidora. Esa idea sólo cabe en la mentalidad racista de los insensatos e ignorantes quienes suponen fidelidad por raza. No puede, ni debe haber fidelidad alguna al opresor. Malinalli hizo lo correcto para liberar a su pueblo de la abusiva dominación azteca. Sin su ayuda como traductora Cortés no habría podido desarrollar la exitosa política de alianzas que pactó con diversos grupos resentidos por el imperio azteca.

¡No! Las colonias no eran un sistema de explotación del indio por los españoles. La expansión del imperio fue gracias a esa alianza entre indígenas y castellanos. Sin esa colaboración no existiría Hispanoamérica, que en ese entonces estaba compuesta por el Virreinato de la Nueva España y el Virreinato del Perú. Y todos sus habitantes eran españoles, es decir, súbditos del rey – tanto indios como mestizos, como criollos – legislados bajo un sistema jurídico civilizado – Las Nuevas Leyes – que protegían sus derechos, mucho antes de las declaraciones de éstos en Estados Unidos y Francia. Estas leyes se conformaron gracias a las aportaciones de intelectuales como las del dominico Francisco de Vitoria, de la Escuela de Salamanca, quien más contribuyó a la abolición de la esclavitud con una serie de 13 relectiones, (que significa releer o revisar, del latín relectum) donde analiza, al modo escolástico, varios temas que comprenden los derechos, el poder del gobernante, el del Papa y la guerra justa. Entre éstas las más relevantes al tema son: Sobre el Poder Civil (De potestate ciuili); Sobre el Poder de la Iglesia (De potestate ecclesiae Prior); Sobre la Ley (De lege); Sobre el goce del alimento o la Templanza (De usu ciborum, sive temperantia), donde analiza el tema del canibalismo; la más famosa de sus revisiones, Sobre los Indios Americanos (De Indis), una reflexión a partir del derecho de gentes (ius Gentium); Sobre los Indios Americanos, revisión posterior o el Derecho de Guerra (De Indis Relectio Posterior, sive de iure belli).

Además del marco jurídico que prevaleció en las ciudades de los virreinatos, se promovió una rica vida cultural mediante la creación de infinidad de universidades, como la de Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo en 1538, la de México en 1551, la de San Marcos de Lima en 1551, la de La Plata en Sucre en 1552, la de Santiago de la Paz y de Gorjón en Santo Domingo en 1558, la de Santo Tomás de Aquino en Bogotá en 1580, la de San Fulgencio en Quito en 1586, la de San Ignacio en Manila en 1590, la de San Idelfonso en Lima en 1608, la de Córdoba en 1613, la de Santo Tomás de Aquino en Santiago en 1619, la de San Ignacio de Loyola en Cuzco en 1624, la de Mérida en 1624, la de San Carlos Borromeo en Guatemala en 1676, la de San Antonio Abad en Cuzco en 1692, etcétera. 

¡No! Las colonias no se vieron empobrecidas por el saqueo español. Al contrario, los virreinatos gozaron de más riqueza y calidad de vida que muchas ciudades europeas. El comercio internacional floreció gracias a que Juan Sebastián Elcano llega a las islas Filipinas, a Miguel López de Legazpi que funda Manila y a Andrés de Urdaneta que idea como descubrir y documentar la ruta a través del océano Pacífico desde Filipinas hasta Acapulco, conocida como Ruta de Urdaneta o tornaviaje. Por este medio conectaron el imperio español con el imperio Ming. Y la ciudad de México floreció ya que Manila era parte del Virreinato de la Nueva España, tanto que deslumbró a Alexander von Humboldt porque llegó a ser una ciudad más rica que muchas europeas y su población supera la de Londres, Roma, Milán y Sevilla. Hasta se consideró trasladar la capital de España a México.

Lo que acabó con el imperio fue la fractura y atomización de éste debido a las independencias financiadas por los enemigos de España – Inglaterra y Francia – y que terminaron en una infinidad de países pequeños sin la conexión comercial que antes tenían los virreinatos. También inició con esto la destrucción de la identidad española y empezaron a llamarnos latinoamericanos, a pesar de que ni somos latinos ni hablamos latín. E inventaron una narrativa creando falsos héroes “nacionales” como el guerrero Xicoténcatl y Tecún Umán para suplantar a los verdaderos héroes, los creadores del imperio español. ¡Basta ya de fingir que Hispanoamérica no es hispana!

Si hemos de iniciar de una buena vez la tan postergada construcción de un mundo mejor, debemos empezar siendo honestos, no fingir que la realidad es distinta de como es, y dejar atrás ese mundo absurdo que los insensatos e ignorantes quieren imponernos.



 

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