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Desnudando tabús: la belleza inconveniente de la libertad de expresión

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Luis Figueroa |
19 de enero, 2024
El contenido en la sección de Opinión es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la postura o la línea editorial de República.
 

La libertad de expresión es inconveniente; y su mayor inconveniencia es que hay que respetarla; porque, como dijo Lao-Tse, “entre más tabús y prohibiciones hay en el mundo más pobre es la gente”, pobreza que no sólo puede ser material, sino también cultural, espiritual y de otros órdenes intangibles.

Tabú, por cierto, es una condición de las cosas, instituciones y personas que no es lícito mencionar, tocar, o comer.  Los tabús son cosas, o acciones inaceptables que, aunque suelen ser impuestos en contextos místicos y supersticiosos; también suelen serlo en contextos políticos.  Hay tabús que son consecuencia del largo proceso de prueba y error de la evolución social; y los hay fabricados a fuerza de legislación y de manipulación de la opinión pública.

En occidente han sido tabús, desde hace siglos, los sacrificios humanos y el canibalismo, por decir algo.  Mucho más recientemente el carácter de tabú ha recaído en la libertad de expresión; y las prohibiciones que acarrea aquel carácter tienen bajo asedio aquella libertad fundamental para la vida humana. De hecho, hay una guerra contra la libertad de expresión.

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¿Cuál es el “caballito de batalla” más reciente de esa guerra en Guatemala? El llamado discurso de odio, concepto que es usado para cancelar e incluso linchar a personas que transgreden las reglas prohibitivas del tabú.  Como en muchos países donde los patrocinadores del tabú tienen poder político y/o influencia política, el veto es convertido en legislación y usado para amenazar con el uso de la fuerza a quienes ofendan los intereses y opiniones del grupo dominante.

La naturaleza arbitraria de lo que constituye un discurso de odio es una amenaza seria a la capacidad de todos de participar no sólo en debates abiertos, sino que también en conversaciones francas, e incluso amenaza el sentido del humor. También socava el principio de que la ley debe ser lo suficientemente clara para que las personas comprendan si su comportamiento es legal, o no.

¿Te acuerdas de aquella frase de Benjamín Franklin que dice que “Quien renuncia a su libertad por seguridad, no merece ni libertad ni seguridad?” Pues el de la libertad de expresión y el de los tabús que la amenazan es un buen tema para meditar serenamente aquella frase.

A los seres humanos nos gusta pensar que queremos sociedades en las que florezcan las buenas ideas, la creatividad y la innovación; pero a muchas personas las intimidan…y mucho…ciertas palabras y conversaciones que surgen en ambientes donde hay libertad de explorar ideas, creatividad e innovación. Mi abuela diría que “quieren tener el pastel y también se lo quieren comer”.

En aquel contexto la libertad de expresión, aunque de miedo, no sólo es algo bueno, sino que es el fundamento de muchas cosas buenas.

Sin libertad de expresión, tal vez el mundo se vea libre de chistes ofensivos y de insultos dañinos; pero también estaría libre de cuestionar por qué es que quienes ejercen el poder, o influyen en él quieren prohibirnos usar ciertas palabras, o pensar ciertas ideas. ¿Te das cuenta de que la libertad de expresión y a libertad de pensamiento van de la mano?  Es que la función principal del lenguaje no es comunicar, como dicen algunos textos; sino habilitarnos para pensar…y para pensar bien.

Cuando no somos libres de expresar en público pensamientos privados, perdemos el incentivo para ser honestos e íntegros intelectualmente, filosóficamente rigurosos e incluso estéticamente audaces. En un ambiente en el que “la policía del pensamiento” tiene poder para usar la fuerza, o en el que el asesinato de carácter es una práctica aceptada contra la libertad de expresión, lo que quedan es la autocensura, la hipocresía y el imperio del pensamiento único que tanto convienen a las tiranías.

El ejercicio de la libertad de expresión

Por otro lado, ¿quién dice que deberíamos compartir en público todo lo que se atraviesa por la mente? ¿Quién dice que deberíamos hacerlo con la mayor frecuencia posible?  ¡Claro que el ejercicio de la libertad de expresión -que es un valor en sí mismo- se debe ejercer con prudencia!  Y la sabiduría práctica es -como otras virtudes- una que no se puede imponer. A final de cuentas, la libertad de expresión no es el derecho a ser mala persona, a ser ofensivo, ni a ser abusador; sino que es la posibilidad de educarnos a nosotros mismos, de explorar ideas (aunque parezcan odiosas), y de materializar la energía creativa en todas las muchas maneras en que podemos ser humanos.

¿Viste por qué es que los tabús y las prohibiciones sobre la libertad de expresión nos empobrecen? Además, como dijo Fleming Rose cuando estuvo en Guatemala, “la libertad de expresión no es un derecho político, sino que es acerca de quiénes somos como seres humanos; y lo que hace a los seres humanos diferentes de otros seres es el lenguaje”. 

“Somos”, dijo Fleming, “animales que contamos historias y nos entendemos entre nosotros mediante el lenguaje y las historias.  Eso significa que si alguien infringe ese derecho humano no sólo comete un crimen político, sino que comete un crimen contra la naturaleza humana”.

Ningún político, ningún individuo, ningún grupo -mayoritario, ni minoritario- y ninguna opinión debería tener el poder de convertir en tabú la libertad de expresión y, en consecuencia, ocultar, cancelar o penalizar las ideas y expresiones que no quiere que exploremos, o que incluyamos en nuestras conversaciones.

El autor de esta columna es Luis Figueroa