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El mercado del tiempo

El hecho de que las personas valoren con intensidad diferente más el presente que el futuro hace surgir múltiples posibilidades de intercambios mutuamente beneficiosos.

Ahroro
Warren Orbaugh |
07 de noviembre, 2022

La mayoría de las personas prefieren tener bienes ahora que más tarde. Todo ser humano, en igualdad de circunstancias, prefiere conseguir sus fines cuanto antes. Es decir, valoran más los bienes presentes que los bienes futuros. Si alguien desea un automóvil, prefiere tenerlo ahora que, dentro de cinco años, que es el tiempo que le tomará ahorrar el dinero para adquirirlo.

Sin embargo, la intensidad con que valoramos más el presente que el futuro varía de unos seres humanos a otros. En efecto, dentro del mismo individuo puede variar esa preferencia temporal según cambien sus circunstancias. El hecho de que las personas valoren con intensidad diferente más el presente que el futuro hace surgir múltiples posibilidades de intercambios mutuamente beneficiosos. Aquellos que valoran muchísimo más el presente que el futuro estarán deseosos de cerrar intercambios con otras personas que si bien valoran más el presente que el futuro, no lo hacen con una intensidad tan grande. Quien valora mucho más los bienes presentes estará dispuesto a ofertar a cambio de esos bienes, más bienes en el futuro. Es decir, el que tiene una mayor preferencia temporal, para obtener bienes presentes ofrece a cambio a quien tiene una menor preferencia temporal, más bienes futuros por éstos. Quienes ofertan bienes presentes, renunciando a su consumo presente, a cambio de más, aunque no mucho más, o mejores bienes en el futuro, se denominan ahorradores o capitalistas. De esta manera, quienes demandan bienes presentes renuncian a la propiedad de unos bienes que terminarán de producir en el futuro a cambio de una menor cantidad de ellos hoy. Entonces quien desea tener el dinero para comprar un automóvil hoy, pide o demanda la cantidad que necesita a los ahorradores, ofreciendo pagar por ella una cantidad adicional de dinero. Surge entonces “el mercado de tiempo”.

De la misma manera que sucede con los otros bienes en el mercado, donde se establecen precios por el acuerdo entre ofertantes y demandantes, el mercado de tiempo da lugar a un precio que se denomina “interés” y que se expresa normalmente en forma de porcentaje, de los bienes presentes en función de los bienes futuros, que recoge la tasa social de preferencia temporal. A esa tasa o precio de mercado tienden a igualarse la cantidad que se demanda de bienes presentes con la cantidad que se ofrece por parte de los ahorradores de bienes presentes. El tipo de interés es el precio de mercado de los bienes presentes en función de los bienes futuros determinado en el mercado de tiempo.

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Un error muy extendido es suponer que el capitalista es un gran empresario, un gran magnate millonario, caricatura producto de una imagen estereotipada. La realidad es muy diferente. El volumen más grande de ahorro, de oferta de bienes presentes proviene de millones y millones de economías domésticas, de familias de clase media y clase media baja, que diligentemente van ahorrando en una cuenta de ahorros, renunciando en mayor o menor medida de acuerdo con su nivel de renta al consumo inmediato, a cambio de ofertar bienes presentes. Los demandantes son muchas veces grandes empresarios que necesitan bienes presentes para un propósito que requiere que contrate a trabajadores, que consiga factores primarios de producción – recursos naturales y bienes de capital (máquinas, camiones etc.) – para combinarlos en un proceso productivo para obtener al final un bien de consumo el día de mañana y venderlo con un beneficio o ganancia en el mercado.

Las formas de negociaciones en el mercado de tiempo son de lo más variado. Una es cuando el que desea un automóvil puede dar un enganche por éste y se compromete como prestatario a pagar el resto del precio del vehículo a un prestamista, muchas veces un banco o institución financiera, quien le proporciona un préstamo para cubrir el saldo faltante por un precio de acuerdo con el tipo de interés en el mercado al plazo de tiempo fijado entre las partes.

Otra es por medio del propio proceso productivo de la sociedad. Un dueño de una empresa que ha ahorrado contrata a unos empleados para trabajar en un proceso productivo. El contrato de trabajo por cuenta ajena equivale a un contrato de préstamo. Porque los capitalistas, con cargo a sus ahorros, pagan a los trabajadores un sueldo, que son bienes presentes, para que les fabriquen un producto que esperan vender con beneficio una vez que estén terminados en el futuro. El salario que se paga hoy o esta semana o este mes, corresponde a los bienes presentes que se adelantan a los trabajadores con cargo a los ahorros del empresario como capitalista propietario de la fábrica, a cambio de hacer suyos los productos fruto del proceso productivo en que participan los empleados cuando ya esos productos estén terminados y hayan madurado en un bien de consumo, unos dos o tres años más tarde o cuando sea, y se vendan en el mercado quedándose íntegramente con el resultado de esa venta el día de mañana. El trabajador recibe un sueldo con cargo a los ahorros del capitalista (bienes presentes) a cambio del producto de su trabajo que transfiere al capitalista (bienes futuros).

A ningún trabajador se le impide, en un mercado libre, asumir todos los riesgos y esperar todo el tiempo que conlleva el proceso de producción. Los trabajadores pueden así convertirse en capitalistas y fundar una cooperativa, aportando los cooperativistas, cada uno, su trabajo a esa empresa sea la que sea, y esperar los años que dure el proceso productivo – dos o más – y cuando madure y estén en la etapa final de consumo los bienes producidos, los venden y se quedan con el producto íntegro de la venta. Los trabajadores, en la cooperativa, son también capitalistas, que renuncian al consumo presente a cambio de la propiedad de los bienes que producen.

Sin embargo, la mayoría de nosotros no estamos dispuestos a esperar el tiempo del proceso productivo, ni queremos convertirnos en ahorradores en un proceso productivo que coincide justo donde trabajamos. No queremos esperar los dos años o los que sea que dure el proceso productivo, ni queremos asumir el riesgo de que tal vez la venta no arroje ganancia alguna sino pérdidas. Queremos que nos paguen hoy nuestro salario, que nos adelanten. Nos convertimos así en demandantes de bienes presentes y será otro quien tenga que apretarse el cinturón y ahorrar para adelantarnos esos bienes presentes. Cuando nos contratan en cualquier empresa como empleado por cuenta ajena, estamos cerrando un contrato en el que demandamos bienes presentes a cambio de bienes futuros. Hoy nos pagan nuestro salario en forma de bienes presentes que nos permiten comer, vestirnos, divertirnos, etc., a cambio de entregar una cantidad superior de bienes futuros, enajenando la totalidad del bien que ayudamos a producir, de manera que cuando se termine de producir y se venda en el mercado, será propiedad íntegra del que ha ahorrado, del capitalista que nos ha adelantado los bienes presentes.

Entendiendo pues, lo que es el mercado de tiempo, se ve con claridad que la teoría marxista de la plusvalía, como el valor no pagado del trabajo del obrero del cual se apodera el empresario, es un craso error. Un disparate garrafal.

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