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Muchas gracias Muso

El Muso Ayau fue un héroe para mí antes del todo desconocido hasta que llegué a esta tierra de innovaciones que yo preferiría llamar “Guatemaya”.

Armando De la Torre
05 de enero, 2022

El doctor Manuel Ayau Cordón, ingeniero mecánico, murió hace ya once años. Y su fiel esposa, Olga, hace un año atrás. 

Sus hijos todos, hombres y mujeres de bien, continúan con sus vidas laboriosas y discretas.

            Entonces, ¿a qué viene ahora felicitarlo?

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            Porque soy un creyente en un Dios que por hallarse fuera del tiempo nos resulta asequible a todos en cualquier momento. Y así, ese momento determinado se me hace vehículo para lo eterno, una de las grandes verdades, dicho también de paso, de la fe en Cristo. 

            Bajo tal entendido felicito de nuevo aquel gran hombre, guatemalteco como tantos otros beneméritos de la historia, y hoy por algo muy excepcional: a su influencia atribuyo mucho más que antes la actual explosión empresarial que está cambiando para mejor la faz de Guatemala y su cuerpo de pies a cabeza. 

            A donde quiera que voy en este país tan particular creo descubrir una prueba más de la trascendencia del Muso Ayau: Guatemala cambia, a veces para mejor, aunque también a veces para peor. 

A mí me llama mucho la atención toda mejoría social así como no me llama en absoluto la atención cualquier retroceso. Porque no me hace falta, pues por mí sobreabundan los llorones y los incapaces de mejorar nada, ni en sí mismo ni en todos quienes los rodean.

            “El Muso”, como le llamaban cariñosamente sus más allegados, ha sido el único personaje genuinamente revolucionario que he conocido en persona en este país de mi exilio voluntario.

            Creo que su trayectoria octogenaria ha quedado para siempre como ejemplar; y ya no se puede simplemente encapsular en un momento determinado de nuestra historia.

            Todo ello lo pienso cada vez que me tropiezo con un empuje empresarial en un joven, en una joven o aun en hombres y mujeres ya maduros, que ingenian algo nuevo para el beneficio indiscriminado de todos nosotros. Y hoy, tales emprendedores abundan proporcionalmente más que nunca bajo este sol de primavera que llamamos Guatemala.

            Por supuesto que la inmensa mayoría de tales benefactores de nuestra comunidad nacional no los he podido conocer en persona, pero a muchos otros sí, y ellos han sido y son una fuente inagotable para mi felicidad personal.

            Y por eso también a la cabeza de todos ellos siempre recuerdo la figura risueña del Muso.

            Ese empuje empresarial, reitero, del que él supo contagiar a todos que se le cruzaron en su vida lo veo visibilizado ahora en múltiples y valiosísimos cambios sociales como los numerosos centros comerciales, o en las prácticas médicas privadas y hasta en los innumerables centros educativos de promoción económica que brotan a diario por doquier.

            El ruido de fondo, por su puesto, lo constituyen siempre los lamentos y reclamos de los absolutamente estériles que pululan por la geografía de nuestros fracasos o por las páginas de nuestros diarios, como el purgatorio por entre nuestras esperanzas en Dios. 

Pero eso siempre ha resonado como la música de fondo para todo éxito, en Corea del Sur, en Paraguay, en Singapur o en El Salvador. 

Por lo tanto, también en nuestra Guatemala de siempre. 

            Lamento muy en particular que César García ya haya decidido descartar sus aportes escritos a este diario escrito. Pero siempre nos quedan otros valientes como don César: un Mario Nathusius, por ejemplo, y hasta me atrevo a sugerir a esos muchos para nosotros anónimos migrantes hacia Norteamérica que se desplazan hacia allá ilegalmente y que afrontan desde muy niños los peores desafíos y peligros de iniciar una vida productiva a partir de cero y en una tierra que les es absolutamente extraña, de lenguas y costumbres muy difíciles de aprender, y a los que nosotros, los ya bien instalados, nos parecen chusma irredimible porque se nos antoja que los verdaderamente redimibles somos nosotros mismos y nadie más. Lo que equivale a un olvido absoluto de todo aquello por lo que pasaron las innumerables generaciones de humanos de las que somos productos finales. 

            El Muso Ayau fue un héroe para mí antes del todo desconocido hasta que llegué a esta tierra de innovaciones que yo preferiría llamar “Guatemaya”.

            Valga todo esto como una felicitación de Año Nuevo para mis apreciados e inmerecidos lectores.

            Después de todo, no somos más que los ingratos beneficiados del Empresario de todos los empresarios: un judío llamado Jesús que hace dos mil años pescaba literal y figurativamente por las márgenes del mar de Tiberíades. Y quién dos mil años después se nos hace todavía más presente que nunca en cada una de esas victorias humanas sobre la apatía, el desaliento o el llanto por lo que hubiésemos querido poseer y de facto se nos ha hecho inalcanzable.

            Por eso, en nombre del Muso y del mío propio,  

            ¡Feliz Año Nuevo 2022!

 

 

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