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¿Por qué nos deleita la belleza?

Warren Orbaugh
24 de enero, 2022

En mi artículo anterior indiqué que arte es la excelencia en la técnica de producir cosas contingentes aplicando con lógica y maestría el conocimiento científico. Cuando hablamos de pintura, escultura, arquitectura, teatro, música, ópera, danza, literatura, fotografía y cine, las cosas producidas son imágenes, por lo que  podemos definirlo como la excelencia en la técnica de producir imágenes bellas con sentido, siendo el sentido lo que el productor considera y valora como ontológicamente esencial para la reconstrucción crítica y selectiva de la realidad, aplicando con lógica y maestría el conocimiento científico de su disciplina – principalmente el que comprende al soporte formal de la obra: los materiales y sus cualidades, y la composición. 

También indiqué que la belleza es la integración formal de simetrías armoniosas y definidas de las partes relacionadas entre sí y de estas con el todo.

Así mismo escribí que la obra de arte imitativa como producto, como imagen, tiene que ser un todo integral. De lo contrario, se percibiría como un producto inconcluso. Como se compone de partes, el compositor o productor tiene que lograr unidad en la variedad, logrando a la vez, variedad en la unidad, es decir, simetrías armónicas. Componer es ordenar los elementos según un principio integrador, por medio de la simetría, que comprende la proporción, el ritmo, la analogía; la definición, que comprende la magnitud, la precisión. La imagen debe ser comprensible y clara. Debe poderse percibir y comprender sin dificultad ni confusión. Y eso describe las cualidades de la belleza. Por tanto, la obra de arte, por su composición, debe ser necesariamente bella.

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La estructura de relaciones entre elementos formales, simétricas y definidas de las partes entre sí y con un todo que identificamos como belleza tiene como consecuencia el deleitarnos. Otras estructuras son posibles y de hecho se dan. Como la búsqueda de placer es un propósito humano, consideramos la belleza como un valor. Cuando la recreamos, como lo hacemos con un propósito, ordenamos las partes imitando las relaciones que identificamos en la naturaleza como bellas. Este propósito es el de producirnos placer. Ahora la pregunta es: ¿por qué este tipo de relación estructurada nos produce placer? ¿Por qué nos deleita? Hay varias razones. Una es de carácter psicológica: el principio de visibilidad. La otra, de carácter psico-epistemológica: el principio de conceptualización.

El placer que produce la contemplación de la belleza, a diferencia del que produce, por ejemplo, el degustar un buen vino, o saborear un chocolate, no es de carácter sensual, sino que conceptual. Tomás de Aquino lo destaca al afirmar que el placer despertado por la belleza es distinto a los placeres biológicos asociados con los deseos físicos y la satisfacción de estos. Wladyslav Tatarkiewicz, el filósofo polaco del siglo XX afirmó que el estado mental requerido para percibir la belleza es un estado de contemplación que involucra tanto la percepción como la cognición. Kant consideró que el placer experimentado en la contemplación de la belleza es desinteresado. Por esto se refiere a que dicho placer es como el de percibir la solución a un problema, y disfrutarlo por sí mismo, en lugar de por una recompensa que se ha anticipado.

El principio de visibilidad, o de visibilidad psicológica es una experiencia interna de valoración de la vida. Cuando una persona contempla con placer una rosa en flor, cabría preguntarse ¿cuál es la naturaleza de este placer? El placer no es primeramente estético. Si la rosa fuera artificial, sus características estéticas serían las mismas, pero la respuesta del observador sería otra. El placer especial que siente se esfumaría. Es claro que un aspecto esencial del gusto de observar la rosa consiste en el conocimiento de que la planta está saludable y radiantemente viva. Se produce una sensación de tener un vínculo entre la planta y el observador, que rodeados por entidades inanimadas, están unidos por el hecho de estar vivos.

La vida es un valor para el ser vivo, quien debe actuar para mantenerse con vida. Para toda entidad viva, la acción es una necesidad de supervivencia. La vida es un proceso de acción auto sustentante que el organismo debe efectuar constantemente para mantenerse en existencia. El principio es igualmente evidente en la simple conversión energética de la planta y en las complejas acciones de metas a largo plazo del humano.

Por su misma naturaleza, la vida implica una lucha, y la lucha conlleva la posibilidad de la derrota. Así que el humano encuentra placer al ver instancias concretas de una vida exitosa, como confirmación de su conocimiento de que la vida exitosa es posible. En efecto es una experiencia metafísica, pues lo que se desea es la visión como un medio de experimentar y confirmar en el nivel perceptual aquello que sabe conceptualmente. Esta experiencia hace visible, a quien la tiene, ante sus propios ojos como ser vivo. 

Y he aquí lo interesante: la rosa en flor, cuya contemplación produce esta experiencia, tiene una estructura que asociamos, por la ley de causalidad, con la vida. Se percibe claramente al contrastar, por su color con el entorno; está bien definida, con delimitación clara, nítida, exacta y precisa de las partes y de la magnitud del todo; sus pétalos guardan semejanza entre sí; tienen ritmo, en una relación en una secuencia de sus partes; tiene proporción, sus partes se relacionan matemáticamente entre sí y con el todo; es armoniosa, pues la relación entre partes diversas y el todo establece unidad en la variedad y variedad en la unidad. Además, huele bien y su textura es sensualmente agradable.

En cambio, cuando se marchita, cuando pierde la vida, su estructura cambia. Ahora se percibe sin claridad al disminuir su contraste, por su color con el entorno; ya no está bien definida, con delimitación clara, nítida, exacta y precisa de las partes y de la magnitud del todo; su proporción cambia; pierde armonía, pues la relación entre partes diversas se pierde al haber poca variedad en la unidad. Además, huele mal y su textura es seca, desagradable.

Lo mismo sucede cuando apreciamos otro ser vivo, un caballo brioso, por ejemplo, comparado con uno desnutrido. O cuando contemplamos un humano saludable, simétrico, bien definido, rebosante de vida, con uno cuya vida peligra por sobrepeso o desnutrición, donde su forma no es bien definida, donde no hay delimitación clara, nítida, exacta y precisa de las partes y de la magnitud del todo.

Al abstraer la estructura que tienen todos estos seres que están en la plenitud de su vida, notamos que tiene las mismas características: es una integración formal de magnitud precisa, relacionada, proporcionada, armoniosa, y clara de las partes con las partes y de estas con el todo. Por lo mismo la asociamos a la vida, la cual valoramos. Expresa aptitud vital. Así que el humano encuentra placer, en esta experiencia que lo hace visible ante sus propios ojos como ser vivo, al ver en esta configuración la estructura de una vida exitosa, como confirmación de su conocimiento de que la vida exitosa es posible. 

El principio de conceptualización es psico-epistemológico, pues contemplamos en una instancia concreta, el resultado de cómo debería funcionar nuestra mente para ser vitalmente exitosa. Cuando conceptualizamos, clasificamos en base a menores diferencias contrastadas con un contexto de referencias de mayores diferencias. Relacionamos existentes agrupándolos por sus similitudes, omitiendo sus diferencias específicas. Éstas, son relaciones de similitudes entre entes variados, diferentes en algunos sentidos, pero menos diferentes en el sentido relevante, en su Denominador Conceptual Común. El concepto, resultado de esta clasificación, es una unidad mental, “un todo”, una integración de información variada de los referentes del concepto. Si uno ha formado sus conceptos apropiadamente, los archivos o carpetas mentales tendrán una estructura jerárquica, lo cual ayuda al proceso de integración.  La jerarquía del conocimiento es un orden de dependencia epistémica, es una estructura lógica, de razón, y no una estructura que existe en el mundo real independiente de la acción humana.

Las relaciones de la estructura formal que identificamos como “belleza”, es de relaciones de similitudes entre entes variados, diferentes en algunos sentidos, pero menos diferentes en el sentido relevante, en su Denominador Conceptual Común. Este DCC puede ser las analogías entre formas, la similitud entre colores, similitud en las proporciones –relaciones matemáticas entre los componentes, el ritmo –similitud en la relación de medida en una secuencia de intervalos, de la sucesión de partes acentuadas con partes no acentuadas, la definición –la delimitación clara, nítida, exacta y precisa de los componentes. De hecho, todas estas características, son el DCC. El resultado de esta estructura es un “todo” integral armónico, que al igual que un concepto bien formado e identificado se comprende con claridad. Ésta, la claridad –la facultad de la forma de ser percibida y comprendida sin dificultad ni confusión es el requisito último de la estructura que denominamos “belleza”. 

El placer se da al notar la perfección de la estructura, la integración formal en una unidad sin contradicciones, en una armonía total, que muestra el proceso noético en su más pura imagen formal, de relaciones sin contenido, básicamente perceptual. El concepto que identificamos no es el resultado de la clasificación según la nousis, sino que, la nousis misma. El objeto de la nousis es la nousis. El objeto del pensamiento noético es la imagen del mismo pensamiento noético, que se percibe en la estructura de relaciones armónicas. El deleite experimentado es producto de la contemplación de ese proceso de conceptualizar en su más alto grado de perfección.

El deleite psico-epistemológico de ver la belleza, se da por contemplar, en un objeto perceptible, la perfección en el proceso de relacionar y sintetizar, es decir, de conceptualizar. Es un deleite puramente conceptual. 




 

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