Ser estudiante de derecho y abogado no es empresa fácil en Guatemala, pega duro en los ánimos y moral de aquellos que aún tenemos algún tipo de vergüenza pública. En la academia se aprende del invaluable legado del derecho romano y de nuestra tradición jurídica. Conocemos la importancia de la constitución escrita y el derecho penal como los máximos protectores del ser humano, de su libertad e intimidad. Del derecho civil y del derecho mercantil obtenemos lecciones del comportamiento humano en la vida cotidiana. Quien ha logrado comprender el derecho en su verdadera dimensión sabe muy bien que la ley es la fuerza humana que dulcifica la vida en comunidad.

 

Pero basta con salir de los aposentos de la academia para chocarse con la dura realidad chapina. Aquí no se respeta la ley –vaya sorpresa– y el país ha degenerado en tierra de nadie. La clase media es presa de unos políticos que convirtieron al Estado en el trampolín para hacerse millonarios de la noche a la mañana. Se nos exige que tributemos pero ni siquiera recibimos a cambio los servicios elementales, como buenos tribunales y una policía digna. Pero la clase media al menos tiene trabajo y dinerito para comer y distraerse. Los pobres, en cambio, no tienen nada, viven en la miseria y mueren por culpa de los políticos que se hacen ricos montándose sobre sus espaldas. Esa es la vida de un estudiante de derecho de Guatemala: en los libros aprendiendo de lo hermoso de la ley y en la calle conociendo el espanto de su ausencia.

 

En 2014 me encontraba en el año más difícil como estudiante. Era el año de privados y todo abogado conoce muy bien esa incertidumbre que lo acompaña a uno cada noche cuando deja a un lado los códigos y la doctrina para descansar el cuerpo. Bueno, a mí me acompañaba una incertidumbre adicional: el caer en cuenta que había invertido seis años de mi vida en estudiar una disciplina que casi no tiene aplicación en Guatemala.

 

Cerca de finalizar el 2014, cuando se aproximaba mi segundo examen privado, se dio la elección a magistrados de la Corte Suprema de Justicia y Salas de Apelaciones. Eran los momentos más tensos de estudio y además tenía que lidiar con la frustración de ver a la justicia destruirse (si acaso ha habido justicia en nuestra historia) en Guatemala. Recibía clase con dos magistrados, uno de la CSJ y otro de la Sala, honrados y respetados, de esos que escasean en el país, y para mi sorpresa, ninguno fue electo. Seguro que para la alianza PP-Líder del Congreso la última de sus preocupaciones era que Guatemala tuviese a sus mejores hijos sentados en los palacios de justicia.

 

Haber ganado los privados fue alegre y me dio enorme alivio. Por un momento me desconecté de todo lo que sucedía en Guatemala y me fui a descansar la mente y los ánimos. Ahora ya me encuentro trabajando en la profesión y el país nuevamente es azotado por un escándalo político, pero este terremoto, a diferencia del resto, está a punto de traerse abajo un gobierno democráticamente electo, y con justa razón.

 

Aun cuando es vergonzoso reconocer que en Guatemala existen casos como La Línea o la captura del presidente del IGSS y del Banguat, también me alegra ver que la gente ha reaccionado con fuerza y ha salido a las calles a repudiar la política. Otto Pérez está acorralado, y para no caer en idealismos, hay que reconocer que esto ha sido en gran parte obra de Estados Unido que vino a somatarnos la mesa para que nos pongamos vivos y arreglemos la casa.

 

Ha sido motivo de orgullo salir a manifestar y encontrar en las calles a empresarios, a la clase media, a indígenas, ladinos, abuelos, niños, religiosos, ateos, homosexuales, heterosexuales, conservadores, hippies, socialistas y liberales, todos unidos bajo un mismo grito: ¡ya no más! Por fin entendimos que los enemigos no caminan entre nuestras filas, que el enemigo es uno y es de todos: la clase política.

 

“Lo que yo llamo virtud en la república, es el amor de la patria, es decir, el amor de la igualdad. No se trata de una virtud moral, ni de una virtud cristiana; es la virtud política; y es esta el resorte que mueve al gobierno republicano, como el honor es el resorte que mueve la monarquía”, Montesquieu.