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Apuntes del concierto de Stick Men

Luis Gonzalez
22 de septiembre, 2018

Apuntes del concierto de Stick MenESTE ES EL TEMA EN EL BLOG DE HISTORIAS URBANAS DE JOSÉ VICENTE SOLÓRZANO AGUILAR.

Teatro Lux, Ciudad de Guatemala

18 de septiembre de 2018

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Antes que empiece

Será lo más cercano que veremos a King Crimson por estos rumbos: Tony Levin y Pat Mastrelotto pertenecen a la formación actual del grupo e integraron el doble trío que el profesor Robert Fripp instituyó en 1994; David Cross fue el violinista de los discos Lark’s Tongues in Aspic (1973), Starless and Bible Black (1974) y Red (1974).

¿Será que Tony Levin le pone alma a lo que toca? Sé que estaré ante música ejecutada con alto rigor técnico. ¿Se dejará arrebatar?

La próxima vez compro la entrada que me acerque al escenario.

A la par de la taquilla estaba un señor calvo y bigotudo igualito a Tony Levin.

Se agradece que ya no dejen fumar dentro de los teatros.

El bajo y el Chapman stick de Tony Levin resuenan en discos de John Lennon (Double Fantasy), David Bowie (The Next Day), el Pink Floyd al mando de David Gilmour (A Momentary Lapse of Reason), Anderson Bruford Wakeman Howe, Peter Gabriel, Liquid Tension Experiment, y así en lo sucesivo hasta rebasar los 500 títulos.

Conozco el primer disco de King Crimson. Conozco la etapa 1981-1984, cuando Tony Levin tuvo su primera residencia al lado de Fripp, Adrian Belew y Bill Bruford. Mi laguna es el período 1971-1974, que cimienta el repertorio de Stick Men. La identificaré según la reacción del público.

La muy guatemalteca costumbre de tomar cerveza antes de que empiecen los conciertos.

El telonero –el guitarrista Bryan Muralles– está por empezar y el teatro sigue medio vacío.

(Muralles toca de las 8:20 a las 8:49. Tres instrumentales, con títulos en inglés. La banda de acompañamiento –bajo, batería, teclados– se aprieta del lado izquierdo. Muralles se suelta en el tercer tema y faltó que presentara a los músicos de apoyo. A mi derecha comentaron que el baterista era Fernando Martín).

Anuncian quince minutos de receso. Me voy corriendo a sacar dinero del cajero para comprar los discos a la venta en el vestíbulo. Confío en que respeten mi lugar. Compro los títulos Prog Noir (2016) y Midori: Live in Tokyo 2015 (special limited South America edition, 2018). Ahora me arrepiento de no conseguir el disco grabado a cuatro manos entre David Cross y Robert Fripp.

Milagro: respetaron mi lugar.

Las luces vuelven a apagarse.

Un par de días después…

Vi tocar a una banda. Quise fijarme en Tony Levin, seguir sus movimientos al descifrar el diapasón del Chapman stick. Pero mis ojos se dirigieron a Markus Reuter, a cargo de la touch guitar –es el músico más joven del combo (sus compañeros bromean cuando recuerdan que era un bebé, o aún no nacía, al tocar las canciones de King Crimson del período 1971-1974)–, David Cross (estuvo desde el comienzo, pensé que tocaría pocas canciones) y Pat Mastrelotto.

Los Stick Men tocan la música compuesta por el profesor Robert Fripp como si él estuviera ahí, sentado en su rincón, listo para reprender con la mirada al primero que se equivoque al recitar la lección. A veces dan la impresión de que pintan un cuadro abstracto; en otras parten del formato tradicional del rock.

El Chapman stick amplía el menú de notas a disposición del ejecutante. Obtiene el pulso del bajo, el liderazgo de la guitarra y la percusión que puede extraerse de las teclas. El sonido es cristalino o sucio, al estilo de la fuzz guitar del año 1965, según el juego de pedales.

Pensé que Pat Mastrelotto tocaba los teclados mientras David Cross sacaba lustre a su violín. Lo confundí con Markus Reuter. Después lo vi salir detrás de la figura alta y elástica de Tony Levin, quien se agachó, abrió un estuche dejado en el suelo y sacó el famoso Chapman stick.

A mi izquierda se sentaron un par de cotorros parlantes. Se saludaron como si tuvieran tiempos de no verse. Pagaron cuatrocientos quetzales (¿será que les regalaron las entradas?) para sentarse a consultar sus redes sociales y platicar con voz a punto de sonar recia cuando la banda en escena presentaba las canciones. La calma se restableció en el tercio final cuando el cotorro parlante más cercano tomó su mochila y se fue.

Me afligen los asientos vacíos entre el público. Guatemala podrá ser el país más poblado de América Central (estimaciones antes del censo 2018 preveían 16 millones de personas), pero no se refleja en la cantidad necesaria de espectadores para convencer a empresarios y promotores de que se arriesguen a traer a las bandas y solistas que muchos ansiamos ver. La represión estatal, la marcha a Estados Unidos, el cese de las aficiones de juventud, el intercambio a sectas religiosas, la erosión de la clase media y la ida del campo a la ciudad, con otros gustos y preferencias: todo eso incide, a mi entender, en que Ciudad de Guatemala y Quetzaltenango queden fuera del itinerario que prosigue sus recorridos en San Salvador o San José de Costa Rica antes de bajar a Sudamérica.

“Tenía miedo de que cancelaran el concierto, por la situación del país”, me comentó Juan Pablo Roldán Mejía a la salida del teatro Lux. El posible escenario con toque de queda y cientos de soldados al trote por las calles nos hubiera alejado de tener lo más cercano a King Crimson que veremos en estas tierras tan verdes y tan baldías.

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