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Hoy la revolución es conservadora

Haríamos bien en menos afiliarnos por reflejo y más pensar ante la identificación de los principales problemas nacionales. Si nos resistimos a caer en la trampa de los extremos discursivos, descubriremos un espacio de análisis y deliberación, libre de apegos y cadenas mentales.

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Roberto Carlos Recinos-Abularach |
12 de julio, 2023

Sí, el título de este artículo constituye una contradicción autoevidente, ya que si revolución es cambio y conservación es resistencia al cambio, ¿cómo puede ser la manutención de algo, revolucionaria? Pues, bien, dado que el mal llamado progresismo se refleja hoy en el mantenimiento de las miradas hegemónicas respecto a la inclusión forzada y diversidad artificial –peor llamada “woke culture” en inglés– entonces resulta que el conservadurismo de los principios fundamentales que sostienen a la familia y al método científico son rebelión. El progresismo ha creado una legión de idiotas que, sin entender o sin aceptar que no entienden, afirman posverdades como verdades y destruyen el hilado de las sociedades racionales. En otras palabras, la progresía nos ha llevado de vuelta a la Edad Oscura, como borrando mágicamente de la biografía humana el Siglo de las Luces. Vaya problemón. Y que conste desde ya que no invoco, en absoluto, la religión. Esos son otros veinte pesos y no nos atañe juzgar sobre ello (en todo caso, hay más parecidos entre la religión organizada y el progresismo que el conservadurismo).

En fin, el progresismo, es, pues, categórico retroceso. Nada más que un conveniente eufemismo. En ese sentido, conservar el estado de ciertas cosas no parece tan descabellado. Como sería defender, por obvio, que un hombre nace hombre, que una mujer viene al mundo cual mujer, que la autopercepción es capricho y no ius natural, que la cancelación de la disidencia es tiránica, que el hombre no es por naturaleza opresor y que el género no binario, simplemente, no existe; entre otros infortunados delirios contemporáneos, cortesía del “progresismo”.

En Canadá, negar a hijos menores un cambio de sexo es delito penado con prisión. Intentar ayudar a la descendencia que sufre disforia de género o llamarle él a un niño o ella a una niña que no lo quieren ser, se tipifica como crimen de odio. En España, similarmente, una mujer que alegue que un hombre la atacó por decirle cualquier cosa que ella considere violencia –sin carga de la prueba ni justificación ética– también es delito. Sin necesidad de ir lejos, La Ley Contra el Femicidio y Otras Formas de Violencia contra la Mujer en Guatemala criminaliza al hombre, ahí sí, por el hecho de ser hombre y habilita a cualquier mujer con ánimo abusador para aprovecharse maliciosamente de su condición de mujer y para acertar venganzas o causar detrimento infundado a su semejante masculino.

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Ojo, que no se puede negar que exista violencia contra mujeres, pero no más que la violencia que existe, tanto particular como sistémica, contra hombres en las sociedades del Siglo XXI.  Es imprescindible que nos borremos de la cabeza eso que la mujer sufre más que el hombre, que el indígena sufre más que el ladino, que el anciano sufre más que el adulto, que el trabajador sufre más que el empresario o que el homosexual sufre más que el heterosexual, porque, simple y llanamente, no es cierto. Sufrimiento es sufrimiento y nadie está exento de su alcance y tortura. Sufrir es una consecuencia de la condición humana, no de la condición alterna.

El progresismo envenena, separa, embrutece y la resistencia conservadora es la terapia.

/Campañas negras y campañas blancas/

Cierro con una oportuna reflexión. En Guatemala solemos simplificar temas de gran complejidad social a una vulgar guerra de buenos contra malos. Es nuestro código retórico nacional.

La falacia ‘si no estás a favor de (inserte causa aquí), entonces estás a favor de (inserte horror aquí)´ es muy común. Ésta niega al pensante opciones para explicar, matizar, sintetizar, comparar, integrar o justificar una postura más completa y apegada a la realidad.  La receta íntegra va más o menos así: viva en el tercer mundo, reduzca temas complejos a su mínima expresión (sí versus no, idealmente), escoja estar entre los buenos o entre los malos (porque no hay otra opción), defienda su postura a muerte (porque es absoluta y no negociable), enójese con quien razone un poco o le haga preguntas incómodas (porque es odioso y violento), cierre espacios de encuentro. Repita, ad infinitum. Pocas cosas resultan más perjudiciales que encapsularlo todo en clichés y falsas dualidades de suma cero, ya que la realidad no es negra o blanca. Es viva, rica, compleja, profunda, continua, flexible y, hoy en día, rápidamente cambiante. Tanto las campañas negras en contra de los partidos que se encaminan a la segunda vuelta como las absurdas campañas blancas que los ensalzan, resultan igual de venenosas. Ambos estilos se basan en el excesivo sentimentalismo, la ausencia de reflexión y la deshonestidad. Ambas carecen de contenido crítico vital y está claro que sin critica hay acomodo. Es allí donde radica el peligro nuclear de las campañas con guion y activismos de copy-paste: en el estancamiento intelectual, político y social.

En la decadencia.

Haríamos bien en menos afiliarnos por reflejo y más pensar ante la identificación de los principales problemas nacionales. Si nos resistimos a caer en la trampa de los extremos discursivos, descubriremos un espacio de análisis y deliberación, libre de apegos y cadenas mentales.


No es muy extenso, pero sí que esencial y está en serio peligro de extinción.