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La inseguridad jurídica hace imposible la transición energética competitiva

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Daniel Lacalle |
30 de enero, 2024
El contenido en la sección de Opinión es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la postura o la línea editorial de República.
 

Esta semana, la administración de Biden ha detenido la aprobación de nuevas licencias para exportar gas natural licuado (GNL) de EE. UU., una moratoria que probablemente alterará los planes de miles de millones de dólares en proyectos, según Reuters.

Esta decisión ya va a suponer un mayor consumo de carbón en Alemania y un problema global en un mercado ya tensado como el del GNL.

Sin embargo, me gustaría citar al New York Times que nos explica el proceso extremadamente técnico e industrial que se ha utilizado para tomar semejante decisión. Cito: «Antes de la decisión, los asesores climáticos de la Casa Blanca se reunieron con activistas como Alex Haraus, un influencer de las redes sociales de Colorado de 25 años que dirigió una campaña en TikTok e Instagram destinada a instar a los votantes jóvenes a exigir que Biden rechace el proyecto». Fascinante. 

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La estulticia reina en el mundo de la energía. Vivimos un tiempo donde una panda de sectarios que no entienden nada de industria, energía y competitividad influyen sobre unos políticos populistas que deciden sin tener el más mínimo conocimiento asignando una especie de “ideología” a las fuentes de energía sin entender las complejas cadenas que facilitan la transición.

Esto es solo un ejemplo de un problema mayor. La estulticia reina en el mundo de la energía. Vivimos un tiempo donde una panda de sectarios que no entienden nada de industria, energía y competitividad influyen sobre unos políticos populistas que deciden sin tener el más mínimo conocimiento asignando una especie de “ideología” a las fuentes de energía sin entender las complejas cadenas que facilitan la transición.

Hasta en China alucinan con un Occidente que quiere energía competitiva, barata y abundante, respetuosa con el medio ambiente, pero rechaza minar tierras raras, litio, y prefiere frenar su proceso de descarbonización antes que desarrollar combustibles renovables o utilizar gas natural o nuclear, que es esencial para una transición energética competitiva. En realidad, estamos en manos de sectarios que se piensan que la energía solar y la eólica se fabrican con sueños y se instalan cantando canciones de John Lennon. No me importa si este grupo de desorientados tiene buena voluntad. El infierno está lleno de buenas intenciones. Lo que me preocupa es que los líderes políticos destruyan toda capacidad de fortalecer la industria energética desde la racionalidad. ¿Por qué lo hacen? Porque no sufren las consecuencias y porque solo utilizan la excusa del cambio climático y la transición energética para imponer restricciones a los ciudadanos y limitar la libertad de los individuos. 

Estamos en manos de sectarios que se piensan que la energía solar y la eólica se fabrican con sueños y se instalan cantando canciones de John Lennon.

La combinación de arrogancia e ignorancia nos sale cara y no acelera la inversión y el desarrollo tecnológico, sino que los frena. En vez de escuchar a las empresas e ingenieros, que son las que invierten y resuelven los problemas que acarrea el proceso de descarbonización, se las penaliza, insulta y se le da el poder de decisión a gente que considera que nuestro futuro debe ser volver a la época de los Celtas (no es broma) mientras se pasea en moto de gran cilindrada anunciando la emergencia climática.

Cualquier persona entendería que si queremos avanzar en tecnología, independencia energética y a la vez garantizar un suministro asequible y continuado, necesitamos facilitar la inversión, dotar a las empresas de una regulación, fiscalidad y marco jurídico estable y predecible, y sacar el máximo rendimiento a las inversiones realizadas mientras ponemos en marcha todas las tecnologías que nos ayuden mientras se desarrollan nuevas formas de almacenamiento, producción y transmisión.

En Estados Unidos, estas decisiones ridículas antes mencionadas tienen, sobre todo, un impacto en los países que reciben su suministro, pero la administración se cuida mucho de poner en peligro su suministro e independencia energética. En España se ataca al que invierte y crea empleo y se mantiene toda la inseguridad jurídica posible, desde un aberrante impuesto a las ventas -no a los beneficios- que se aplica incluso a negocios en pérdidas hasta una decisión suicida de cerrar las nucleares que nos llevará a importar más gas de Qatar y Rusia… eso sí, maquillando, que es lo único que sabe hacer el gobierno para decirnos que el gas si viene de la rusa Novatek, no es ruso… No es broma. Impuestos a la nuclear, cierres innecesarios, impuestos a la hidráulica, retrasos en licitaciones y proyectos que tienen que cancelarse por retraso… Y dice el gobierno en Davos que España es un paraíso para las empresas innovadoras. 

Ustedes se creerán que gracias al activismo se están haciendo avances en la transición energética. La realidad es que el activismo ha llevado a que el carbón, que casi había desaparecido de la matriz energética, vuelva en Europa, y en el camino han conseguido que las tarifas de los consumidores sean más elevadas. El socialismo siempre destruye lo que finge proteger.

 

El autor de esta columna es Daniel Lacalle (Madrid, 1967) es Doctor en Economía, profesor de Economía Global y Finanzas, además de gestor de fondos de inversión.