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Rivalidades, pasiones y cicatrices que han hecho historia

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Luis Figueroa |
26 de enero, 2024
El contenido en la sección de Opinión es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la postura o la línea editorial de República.

¿Qué es lo que no puede gustar de una buena polémica? ¿O de una buena rivalidad? Sobre todo, si aquellas tienen cierta altura; y más que nada si son de relevancia histórica, y podemos aprender de ellas.

Pues bien, el escritor Roberto Ardón se dio a la labor de investigar seis rivalidades o duelos políticos que han marcado la historia de Guatemala.  Esto es porque han trascendido a sus tiempos y han permanecido controversiales por muchos años;  porque los participantes hicieron uso de todos los recursos disponibles incluidas la pluma, el púlpito, los medios masivos de comunicación, las redes sociales y las armas según fuera la tecnología disponible, y el tenor de los tiempos; porque los rivales consiguieron legiones de seguidores de todas las edades y de todos los caminos de la vida; y porque los duelistas se aseguraron lugares destacados para la posteridad hasta alcanzar niveles legendarios por decir algo.

En su libro, “Rivalidades, duelos políticos que han marcado nuestra historia”, Roberto contribuye a animar el interés de los chapines por conocer de dónde venimos, por qué somos como somos y por qué tenemos las cicatrices que tenemos. ¿Cómo? Mediante la narración, exposición e interpretación de polémicas pasadas y dignas de ser recordadas, contadas y vueltas a contar.  ¿Quién no gusta de un buen relato bien contado? ¡Y más si ese relato involucra polémica, o vehemencia viva!

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A mí, por ejemplo, siempre me ha gustado muchísimo un libro que me obsequió la querida y siempre bien recordada, doña Marina Marroquín, titulado “En el mundo de la polémica”, obra que recoge las controversias y contrapunteos entre Clemente Marroquín Rojas y personajes como Adrián Recinos, Luis Cardoza y Aragón, Enrique Muñoz Meany, Guillermo Toriello, Mario Monteforte Toledo y Ramón Blanco.  Este es un clásico de la polémica y te lo recomiendo porque es una joya en muchos niveles.

De vuelta a “Rivalidades”, soy “team” Francisco Morazán desde que terminé de entender que las guerras centroamericanas que siguieron a la desvinculación de 1821 no fueron entre países, sino entre conservadores y liberales.  Ahora, gracias a la aportación de Roberto, tengo muchas ganas de leer la polémica entre Lorenzo Montúfar y Agustín Mencos. 


De la rivalidad entre Manuel Estrada Cabrera y José Piñol y Batres -sin dejar de reconocer que el primero fue un dictador, al que había que oponerse- no extraña que la iglesia católica se organizara para combatir a la religión positivista y al humanismo clásico “peligroso”, incluso si para ello había que llamar a la acción abierta y a la sedición; e incluso si las conferencias de Piñol fueran convenientemente circuladas, de forma privada, entre miembros de la legación diplomática de los Estados Unidos de América. ¡Sorpresa!

La rivalidad entre Jacobo Árbenz y Carlos Castillo Armas es, según yo, el duelo que levanta más pasiones y enciende más sentimientos.  Hace años escribí un artículo titulado “El fuego jacobino de los linchamientos”; y por jacobinoquise aludir a la violencia del período del terror durante la Revolución Francesa. Pues bien, un lector se inflamó y me escribió: “¿De dónde sacás que los linchamientos vienen del gobierno del coronel Jacobo Arbenz Guzmán?”Árbenz es un fetiche al que hay que conocer mejor y del que,…sospecho,…vamos a oír bastante durante algún tiempo en Guatemala.

De las bien seleccionadas por Roberto, la rivalidad entre Manuel Colom y Alejandro Maldonado fue la primera que se dio durante mi vida. Yo tenía 9 años para las elecciones de 1970; pero las recuerdo por las conversaciones en casa de mis padres.  Más tarde recuerdo conversaciones sobre el debate de 1976 -en “Estudio Abierto”- encuentro elevado a categoría mitológica como una batalla intelectual portentosa. El 22 de marzo de 1979 yo estaba en clase, y mi amigo, Ivo -no sé cómo porque esto es antes de los teléfonos móviles y de las redes sociales virtuales- llegó con la novedad de que habían asesinado a Colom.  Recuerdo bien que todos estábamos consternados. 

La rivalidad entre Dionisio Gutiérrez y Sandra Torres es de especial relevancia y actualidad porque ayuda a entender buena parte del proceso electoral que -de puro chiripazo- llevó a Bernardo Arévalo a la presidencia de la república; y puso el país en manos del Movimiento Semilla.  

La rivalidad final del libro es la de Álvaro Arzú e Iván Velásquez.  Para un escritor de historia, ha de ser muy difícil abordar la narración, exposición e interpretación de acontecimientos que todavía están calientes; pero Roberto lo hizo muy bien con esta y la rivalidad anterior.  Hasta este duelo y para mí, Arzú había sido el presidente que le entregó Guatemala a la guerrilla mediante la firma de los acuerdos de apaciguamiento; pero se hizo grande cuando enfrentó al jefe de la CICIG.  Ese enfrentamiento allanó el camino para que Jimmy Morales no renovara el acuerdo de aquel engendro.

“Rivalidades” se deja leer con facilidad; pero no es un libro “lite”.  La habilidad de su autor invita a que uno quiera leer más y a que uno quiera enterarse mejor acerca de sus protagonistas y de sus tiempos.  Es una invitación generosa a explorar libros y periódicos relacionados con los rivales y con los entresijos de sus polémicas porque “el diablo está en los detalles”.  “Rivalidades” es para los que amamos la historia y para los que aman la política.  Si no eres indiferente, “Rivalidades” es un libro para ti. 


 

El autor de esta columna es Luis Figueora
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